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Ese extraño silencio

Por Por Marvin Galeas *

Abr 10, 2013- 18:00

Durante los famosos 20 años de ARENA y antes también, hubo voces casi santas que fustigaron las malas mañas de los gobiernos de turno y de sus funcionarios. Y digo casi santas porque al hacer la crítica y la denuncia de la corrupción, grande y pequeña, de las injusticias de los poderosos contra los débiles, de las manipulaciones mediáticas, los dueños de esas voces se ubicaban en la altura moral del debate. Voces de gentes sin dobleces, adustas, valientes, incorruptibles. O al menos eso parecía.

Pero una vez hubo un cambio en la hegemonía del poder, y no sólo en el poder político como bien se ve, esas voces guardaron silencio. Un ominoso silencio porque frente a sus narices, los que hasta hace poco vivían en la modestia, por decir un estatus económico de una manera piadosa, hoy tienen vida de verdaderos potentados y hasta un poco más. Y ellos, los de la santa moralina, los implacables en la denuncia contra los gobiernos de antes asumen una opción preferencial por el silencio.

Si, frente a sus narices está ocurriendo la que puede ser la operación de corrupción política más grande de nuestra historia. Y ellos lo saben. Sé que lo saben. Pero prefieren quedarse callados o concentrarse en sus misas o cátedras o en análisis que ahora lucen tan pero tan emasculados. Y cuando los apuran un poco sacan a relucir la más cómoda de todas las posiciones “que presenten pruebas”.

Y en su pensamiento con toda seguridad dicen “preséntelas porque yo no lo las voy a ir a buscar. La etapa cuando denunciaba sin pruebas a los poderosos de antes y cuando lo hacía de oficio ya pasó. Porque resulta que los poderosos de hoy, aunque de corbata de seda y camioneta de lujo, hablan en favor de los pobres y regalan cosas”.

Así que aunque la nueva casta mienta, atropelle, compre diputados, funcionarios, entrevistadores y haga alarde de cinismo, esos santos varones guardarán silencio, alegando que “al menos estos hablan desde la orilla de los pobres”, sólo que los pobres siguen más pobres.

Mi generación se enfrentó a pecho pelado en las manifestaciones de calle contra las dictaduras militares de los años Sesenta y Setenta. Muchos de nosotros, animados por las prédicas y las cátedras incendiarias de sacerdotes y maestros comprometidos con la “justicia social”, nos fuimos a la guerra contra gobiernos que a punta de fraudes, corrupción y control de las instituciones pretendían eternizarse en el poder.

Aquellos gobiernos se acabaron y llegaron otros. Y los que llegaron, muchos de ellos montados sobre la lucha y la denuncia, hay que decirlo, comenzaron a hacer lo mismo que antes criticaron, sólo que de manera más abierta y cínica, como diciendo ¿qué miran? ¿Acaso no se hacía lo mismo antes?

Así que a las generaciones revolucionarias actuales no les toca ya desafiar a gobiernos que pretenden aferrarse para siempre al poder por medio del control de las instituciones y la corrupción de todo un sistema, sino defenderlos.

¿Y los críticos? ¿Dónde están los que hicieron de la denuncia una cruzada o quizá una profesión? Sólo el silencio responde. “Presenten pruebas”, dicen periodistas que antes investigaban. Y lo repiten los funcionarios a los que toca hacerlo de oficio. Y también allí a esas dos palabritas “presenten pruebas” se van a refugiar muchos de los que hasta hace poco, con pruebas o no, tronaban contra los poderosos, cuando los poderosos no eran sus amigos.

Probablemente este período será recordado como el del cinismo. Y también como el que cuando los que debieron denunciar o los que siempre denunciaron guardaron un extraño silencio.

* Columnista de El Diario de Hoy. marvingaleas@grupo5.com.sv

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