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Tareas pendientes de la Iglesia

Por Por Hugo Dávila*

Abr 18, 2013- 18:03

Viajé a Gran Bretaña. Año 2010. Rueda de prensa en el avión. Un periodista pregunta: “¿Se puede hacer algo para que la Iglesia, como institución, sea más creíble y atractiva para todos?” Benedicto XVI responde: “una Iglesia que busca sobre todo ser atractiva estaría ya en un camino equivocado. La Iglesia no trabaja para sí misma. Debe ser transparente para Jesucristo y las grandes verdades que ha traído a la humanidad”.

Marzo 16 del 2013. El papa Francisco está reunido con los medios de comunicación. Les da las gracias por su trabajo, y les recuerda que “Cristo es el centro, Cristo es la referencia fundamental, el corazón de la Iglesia”.

El gran reto de la Iglesia es anunciar a Cristo al hombre de hoy. Fue el tema central del Concilio Vaticano II a mediados del Siglo XX; es el objetivo del Año de la Fe, que termina en noviembre próximo, y fue el tema del último sínodo de obispos que presidió Benedicto XVI.

Hay quienes opinan diferente. La Iglesia, dicen, tiene unas “tareas pendientes”: aprobar el uso de los anticonceptivos, la abolición del celibato sacerdotal, la incorporación de mujeres al sacerdocio y el matrimonio entre personas del mismo sexo. Son propuestas válidas, con un común denominador: la sexualidad y la afectividad vaciadas de sentido y desvinculadas entre sí. Reflejan una problemática profunda en el hombre actual: carencia de amor. Nadie quiere al hombre contemporáneo, solamente se le usa y cuando ya no da de sí, se le desecha o cambia.

Viktor Frankl, neurólogo y psiquiatra austriaco, que sobrevivió a un campo de concentración, comprobó, estando en aquellas circunstancias, que quienes sobrevivían más tiempo no eran los físicamente más fuertes, sino los que lograban dar un sentido a su existencia en aquellas condiciones infrahumanas. Dar sentido a la existencia: este es el problema del hombre actual. Por aquí va, también, el reto que ha de asumir la Iglesia: dar esperanza, dar un por qué y un cómo vivir una felicidad auténtica en lo que, para muchos, sigue siendo un “valle de lágrimas” y lo que para otros es un mundo de fantasía y de color que hoy está y mañana se ha ido. Mostrar que Cristo es la respuesta a los deseos de “vida realizada” del corazón de todo hombre y toda mujer.

Las llamadas “tareas pendientes” de la Iglesia, citadas arriba, ya han sido abordadas, pero la respuesta no ha llegado a quien la necesita y, si ha llegado, ha llegado deformada.

La mujer y el hombre actual, ya no quieren ser más engañados con propuestas vitales que no llenan. Por eso, en parte, la humanidad se ha abandonado a felicidades superficiales que permiten apenas paladear la felicidad auténtica. Ya no quieren escuchar de privaciones y negaciones en vistas a un mundo mejor que finalmente termina en dictadura y absolutismo. Quieren ser escuchados, aceptados y queridos independientemente de cómo son. Necesitan un mensaje liberador. El hombre contemporáneo necesita un interlocutor auténtico, que se identifique con su mensaje. La Iglesia, de la mano del papa Francisco, habrá de esforzarse por ser cada día más ella, más transparente para Jesucristo y su mensaje de amor a los hombres, y mostrar, como dijo Juan Pablo II y repitió Benedicto XVI, que “Cristo no quita nada, nada –absolutamente nada– de lo que hace la vida hermosa y bella”. Le tocará abrirse paso en una sociedad insegura, que teme perder lo que llama “tarea pendiente de la Iglesia” porque no conoce otra vía de felicidad.

Quizá, más que hablar de los retos de la Iglesia, habría que hablar de retos que la Iglesia propone al mundo con su mensaje: Cristo.

*Sacerdote. Dr. en Teología Histórica

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