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Feminismo de acción

Por Por Cristina López G.*

Abr 20, 2013- 18:00

De un siglo a acá, la causa feminista ha avanzado muchísimo: desde el derecho a la propiedad y al voto, se han conquistado una gran cantidad de batallas legales y logrado más respeto a los derechos individuales. Sin embargo, a pesar de todas las conquistas aún quedan retos importantes, que tristemente están siendo descuidados por el ala radical del feminismo retórico, que se empeña en buscar una igualdad artificial a través de batallas semánticas o de proteger a las mujeres de sus propias decisiones como si fueran indefensas criaturas, o de criticarlas cuando no se adhieren a su ideal colectivista, que asume que las mujeres solo valen como colectivo, negándoles sus diferencias e individualidad.

Por suerte muchas mujeres han dejado del lado el feminismo retórico y han hecho más por la causa con sus acciones. Sheryl Sandberg, vicepresidente de operaciones de Facebook, en su libro “Lean In”, aconseja a otras para que también se animen a terminar de romper el techo de cristal (algunas veces auto-impuesto), para lograr más presencia en la fuerza laboral. Recomienda “sentarse a la mesa”, o participar activamente, como quien se lo merece y no como alguien a quien simplemente se lo han permitido. Diferentes estadísticas demuestran que las mujeres sistemáticamente tienden a subestimar sus propias habilidades, mientras que los hombres se sobreestiman. De ahí puede explicarse por qué las mujeres negocian menos que los hombres en el ámbito salarial y contractual, y aceptan condiciones como dadas, como si al contratarlas les estuvieran haciendo un favor.

Lo anterior importa muchísimo, porque nadie llega a la posición de junta directiva conformándose a tomar sólo lo que le ofrecen. Es también un dato probado que en el contexto de las percepciones, la simpatía y el éxito se correlacionan de manera positiva para los hombres y de manera negativa para las mujeres: es decir, levanta más simpatía un hombre exitoso y más antipatía una mujer exitosa, aunque sus méritos sean los mismos. Muestra comprobable es el caso de Margaret Thatcher, considerada como la política más competente y en la misma encuesta, como la menos querida.

¡Qué responsabilidad la de esta generación de no inculcarles estos equivocados criterios a las niñas que serán las mujeres del mañana! Qué responsabilidad también guiar a los niños, para que se conviertan en hombres que sepan ver talento y mérito antes que género y que pierdan el prejuicio de considerar la ambición o el éxito en una mujer una amenaza o una señal de menos feminidad o menos valor.

Hay muchas mujeres que probablemente nunca se identificaron con la causa feminista, pero han hecho mucho más por la mujer al inspirar a millones de niñas, que ya no ven límites para alcanzar ambiciones y sueños que jamás se habrían planteado niñas de siglos pasados. Mujeres que hicieron estallar el techo de cristal al empujarlo a base de méritos, como Ada Lovelace, la primera programadora informática, o Clare Boothe Luce, congresista, escritora, empresaria y diplomática estadounidense; o Marie Curie, mamá de dos niñas, contribuyente a la tabla periódica y ganadora de dos premios Nobel en las ramas de física y química.

Y no, “la verdadera feminista” no necesariamente es la que consigue tanto los premios Nobel como la familia, sino la que entiende que el mejor tipo de feminismo tiene dos caras, el de tener ambiciones y saber que los méritos para alcanzarlas son más útiles que cualquier cuota, y la cara del respeto que se le debe a los demás individuos, mujeres o hombres: de respetar las decisiones libres que tomen en pos de estas ambiciones y sueños, sin condescendencias, juicios de valor o victimizaciones.

*Lic. en Derecho.

Columnista de El Diario de Hoy.

@crislopezg

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