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Hijo de la degradación política

Por Por Luis Mario Rodríguez R.*

Mar 09, 2013- 18:02

Hugo Chávez será embalsamado. Así lo anunció el ungido, el heredero. De esta manera prolongan la leyenda, intentan hacerla eterna. Cuanto más extiendan el sentimentalismo de la partida, mayores serán las probabilidades de una victoria en las urnas. La competencia, como se ha dicho, será entre “el mito de Chávez” y el líder de la oposición política, Henrique Capriles.

El designado por el comandante el 8 de diciembre de 2012, está blindado. Siendo el predilecto y el recomendado, le deben respetar incluso quienes dentro del régimen creían ser los nuevos redentores de Venezuela. La campaña electoral del sucesor debe centrarse en la figura del “libertador” desaparecido. Por ahora le protege una coraza tejida por el enorme afecto que millones de venezolanos expresan ante los restos del presidente fallecido. Cualquier epíteto despectivo para la figura del líder bolivariano acarrearía para sus adversarios los calificativos de detestables e infames.

Tras Nicolás Maduro caminan los personajes que controlan la institucionalidad en Venezuela. Todos han expresado su lealtad al chavismo. Así lo hicieron la titular de la Corte Suprema de Justicia, la Fiscal General de la República y el Ministro de Defensa. Este último se apresuró a calificar a la Fuerza Armada de “revolucionaria, antiimperialista, socialista y chavista”. También se suman a la fila los dirigentes extranjeros que necesitan asegurar la continuidad de los proyectos del ALBA. Son cientos de millones de dólares distribuidos en catorce años a través del negocio de los hidrocarburos. Varios programas de asistencialismo social serían afectados de anularse los convenios que facilitan el pago en un plazo de veinticinco años de la deuda adquirida por los Estados o las empresas según el caso. A los pobres que se benefician de las becas y la entrega de bienes y servicios de forma gratuita, se agregarían como perjudicados quienes administran los negocios millonarios, reciben una remuneración por ese servicio y probablemente financian los gastos de las campañas electorales.

Sobre Hugo Chávez prácticamente ya se dijo todo. Los análisis han exaltado sus virtudes, sus extravagancias y sus anhelos bolivarianos. No ha faltado el énfasis sobre las consecuencias que produjo para el sistema político la concentración del poder y la evidente manipulación de la institucionalidad democrática. Sobran quienes aseguran que el mito perdurará por varios años más y que no será fácil ni cosa de pocos meses desmontar el proyecto político que anuló el republicanismo afectando la división de poderes.

Por esta razón convendría que la oposición se mantenga replegada esperando la posible implosión del gobierno desde sus entrañas cuando los diferentes liderazgos reclamen cuotas de poder y fragmenten un sistema que Chávez tenía muy bien cohesionado. ¿Qué más puede advertir Capriles diferente a lo expresado durante la campaña de 2012 que finalmente le dejó a diez puntos del ganador? Los más de seis millones que apoyaron al joven gobernador de Miranda probablemente tengan que esperar otro sexenio antes que se presente un cambio en el mando del país.

Chávez, el mito, es hijo de la degradación política. Recogió los pedazos de un sistema que ya se había roto desde dentro. El “Pacto de Punto Fijo”, aquel cuyo objetivo era “conseguir la sostenibilidad de la recién instaurada democracia mediante la participación de todos los partidos políticos en el gabinete Ejecutivo del partido triunfador” terminó por desgastarse. No logró sostener por más tiempo las ventajas que desde 1958 le otorgó a la democracia venezolana. Aprovechándose del desprestigio de los partidos, el comandante centró la atención en sus proyectos personales y desplazó al final de la cola a las moribundas organizaciones políticas. Su ejemplo fue imitado por otros en el continente que de manera similar invalidaron la principal expresión de la democracia representativa, reformaron la Constitución para reelegirse indefinidamente como presidentes y consolidaron el poder absoluto.

Al fundador del socialismo del siglo XXI lo alimentó la irresponsabilidad de la clase política, la corrupción desde las entrañas del Estado y las necesidades insatisfechas de millones de habitantes. En su mensaje arropó el rechazo de la gente a los partidos demostrándoles que estos últimos no son indispensables y por el contrario eran la causa de la precaria situación económica de sus familias. El resultado fue la destrucción de los más elementales principios de toda sociedad libre.

El mito de Chávez y sus consecuencias para el sistema político venezolano, nos muestran con meridiana claridad los efectos que se producen cuando a los partidos los sustituyen las personas y no se hace nada por transformarlos en instituciones transparentes y democráticas con el objetivo que cumplan su rol como instrumentos privilegiados e idóneos para representar los anhelos ciudadanos.

*Columnista de El Diario de Hoy.

@LMRRelsalvador

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