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Pobres en dinero, millonarias en amor

Por Por Luis Fernández Cuervo*

Feb 24, 2013- 18:00

Quiero escribir algo más sobre Benedicto XVI, que lo que escribí el pasado lunes, y creo que lo haré pronto pero en el blog que he comenzado hace poco. Su nombre es: alicantoymaradentro.wordpress.com, en cambio hoy prefiero comentar mi sorpresa emocionada cuando en un artículo (sinsida@gmail.com) me encontré con la alegre sonrisa, las palabras y los hechos de Rose Busingye, fundadora y directora de la ONG Meeting Point International en Kampala, donde lleva más de 20 años trabajando como enfermera en los barrios más pobres de Kampala, pero de manera especial con sus doscientas mujeres seropositivas para el virus del Sida.

“Hoy” –decía ese artículo– “lo único que se contagia en Meeting Point es la esperanza de la fe católica de Rose, para quien las siglas VIH no son algo ajeno e indeseable, sino su labor cotidiana: más de mil enfermos de Sida bajo su cuidado; mil quinientos huérfanos escolarizados, medio centenar de personas cuidando los enfermos, una casa con un centenar de niños con varias mamás, dos médicos, cuatro enfermeras y veinte voluntarios”.

El “milagro de Uganda”, su descenso espectacular de contagios de Sida a base de abstinencia sexual de los solteros y de fidelidad de los casados, yo ya lo conocía hace años y escribí sobre ello. Lo que ahora me conmovió fue la sabiduría de Rose y también la humildad y generosidad de muchas de las mujeres contagiadas de VIH.

Rose no cree en el preservativo. Dice que es una falsa seguridad, es una trampa. Hay que preguntarse –dice– ¿qué valor tiene la vida, el amor? Y si alguien contesta que ninguno, “se engaña y trata a los demás como si fueran cosas”.

Lean estas palabras de Rose –son oro y diamantes de sabiduría–, cómo un cambio de vida no se puede imponer, sino sólo acogerlo libremente a través del ejemplo: Yo no propongo este modo de pensar. Simplemente lo vivo y ellos lo ven en mí. Educar significa llevar a la persona al conocimiento de sí mismo. Lo mío no es un sermón, es algo que se ve viviéndolo. Cuando se hace este camino, uno se da cuenta de que responder únicamente a una necesidad (como puede ser el sexo), olvidándose de la totalidad de la persona, te deja insatisfecho. Porque el corazón es deseo de infinito.

Las otras organizaciones contra el Sida, cuando ven la alegría contagiosa que reina en el Meeting Point creen que reciben medicamentos especiales o que esa gente tan pobre y tan alegre no está realmente enferma, pero se equivocan. Rose explica que cuando uno vive para cuidar a los demás, se siente mejor y que de ahí nace algo muy hermoso y es que todos se empeñan en prevenir más infecciones y luchan por proteger la vida de los otros porque saben que la vida tiene un valor. “A eso me refiero con lo de vivir y dar ejemplo. Esto es un efecto que no puede obtener el preservativo”.

Y de hecho el milagro de Uganda, no es sólo un no al Sida sino un Sí muy grande de lo beneficiosas que son las virtudes de la castidad y el amor al prójimo.

Mi admiración por esta enfermera se completa con la admiración por esas pobres enfermas de Sida, que sólo comen una vez al día y que ganan algo de dinero partiendo piedras y vendiéndoselas a los constructores. Cuando supieron del huracán Katrina de EE.UU., rezaron y enviaron dos mil dólares para las víctimas. “Sabemos lo que es vivir sin casa y sin comer –dijeron–, si pertenecen a Dios también nos pertenecen a nosotras”. También enviaron dos mil euros para las víctimas del terremoto en L’Aquila, en Italia –obtenidos con su trabajo de picapedreras– porque eran del país del Papa: “Son nuestros amigos, es más, son nuestra tribu”. Y una de ellas sentenció: “El corazón del hombre es internacional, no conoce razas, ni colores, y se conmueve siempre”.

*Dr. en Medicina. Columnista de El Diario de Hoy.

luchofcuervo@gmail.com

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