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¡Misión cumplida, Joseph Ratzinger!

Por Por Mario González*

Feb 23, 2013- 18:00

Casí estaba oscureciendo y el humo gris comenzó a salir de la chimenea de la sala del cónclave ante el rumor de la multitud que, a diferencia de otros días, no sólo había colmado la Plaza de San Pedro, sino también la ancha Vía de la Conziliacione.

Reinaba la incertidumbre, pero había algo que hacía presentir que ese miércoles algo pasaría y entre el barullo alguien gritó: “¡Fumata bianca!”.

El humo blanco, la señal que todos esperaban, comenzó a alzarse y las campanas del Vaticano empezaron a sonar a rebato.

Los minutos se hacían eternidad para los que afuera esperábamos saber quién era el elegido. En seguida salió el Camarlengo por el balcón del Palacio Papal y anunció: “Habemus Papam!” (“¡Tenemos Papa!”) y en seguida el nombre: Joseph Cardenal Ratzinger, Benedicto XVI, y la muchedumbre estalló en júbilo.

Ese 19 de abril de 2005, tras dos semanas de llorar la partida del inolvidable Juan Pablo II, Roma celebraba.

El cardenal Ratzinger, aunque alemán, no resultaba un extraño, como pudo serlo en un primer momento Juan Pablo II cuando fue electo Papa en 1978. El nuevo Pontífice había sido la mano derecha del Papa polaco y su guardián de la ortodoxia católica.

Unos días antes, el domingo antes del inicio del Cónclave, le pregunté al Cardenal Óscar Rodríguez Maradiaga, en su parroquia suburcaria de Santa María de la Esperanza en Roma, si ya tenían un candidato fuerte al Solio de San Pedro. Él sonrió y me dijo: “Ya hay alguien allí en quien hemos pensado, pero el Espíritu Santo tiene la última palabra”.

La edición de un libro especial dedicado al nuevo Pontífice me llevó a conocer su pueblo natal en Baviera, incluso la pila en la que fue bautizado, así como el seminario y la Catedral de Nuestra Señora en Munich, donde fue párroco.

En Munich, muy latina porque hasta allí llegaron los romanos, conocían a monseñor Ratzinger tanto católicos como luteranos, ricos y pobres, propios y extraños. Sabían de la profundidad de su pensamiento y de su participación activa en el Concilio Vaticano II, a pesar de que había pasado en Roma en los últimos años.

Desde entonces se decía que Joseph Ratzinger sería “un Papa de transición”, pero todos nos preguntamos, ¿transición hacia qué? Un Pontífice entre el modelo de apertura pero al mismo tiempo de defensa de la tradición católica de Juan Pablo II y el estilo de un nuevo Pontífice que pudiera acumular las virtudes de sus antecesores contemporáneos, el Vaticano II y el Magisterio de la Iglesia. La duda, sin embargo, se le dejaba al tiempo que es el que se encarga de resolverlas, como tendrá que ser ahora cuando el colegio de cardenales elija al nuevo Sucesor de Pedro en el Cónclave.

Ahora pienso que si me lo hubieran dicho en esa ocasión, no lo habría creído: un febrero de 2013 Joseph Ratzinger, el mismo que yo había visto esa tarde elevarse como un gigante en el Balcón Papal, anunciaría que dejará el cargo y con humildad confesaría que es porque le faltan las fuerzas.

Es de titanes decir, como Juan Pablo II, que no renunciaría una misión hasta el final, porque Cristo tampoco renunció en la Cruz, como también es de titanes reconocer las debilidades y retirarse con gallardía, con serenidad, con la satisfacción del deber cumplido. Eso verán nuestros ojos ahora.

¡Misión cumplida, Joseph Ratzinger!

*Editor subjefe de El Diario de Hoy.

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