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En el año preelectoral

Por Por Marvin Galeas*

Feb 06, 2013- 18:00

Llevamos ya varios años de socialismo del Siglo XXI en el escenario y la experiencia ha sido más bien decepcionante. En todos los países socios de la también llamada revolución bolivariana la democracia ha sido la gran perdedora. Poco a poco la institucionalidad democrática ha ido muriendo allí para dar lugar a un nuevo modelo totalitario.

Pero hay que apuntar que los gobiernos satélites de Caracas, no son productos de revoluciones violentas, sino de elecciones. ¿Es que acaso los latinoamericanos nunca aprendemos de nuestra propia historia? En mi opinión gran parte de la responsabilidad del boom populista la tienen aquellos que tuvieron la oportunidad de consolidar la democracia en nuestra región y fracasaron.

Y fracasaron porque les tembló el pulso a la hora de profundizar en las reformas económicas que aseguraran una verdadera economía de mercado; porque no hicieron lo suficiente para fortalecer las instituciones y, lo que es peor, muchos de ellos fueron corruptos. Lógicamente los pueblos se desencantaron de la democracia, porque nunca percibieron que era sinónimo de bienestar económico.

Perú es uno de los casos más dramáticos. Los peruanos han probado casi de todo: políticos tradicionales como Belaúnde Terry, militares nacionalistas como Velasco Alvarado, fogosos populistas como Alan García, autoritarios como Fujimori, mediocres como Toledo, y otra vez Alan García, quien en su primer gobierno dejó sumido al país en el caos económico y la violencia. Todo ello con un concierto de sangre ejecutado por Sendero Luminoso.

La gran lección de la historia latinoamericana es que cuando los demócratas no hacen bien su tarea, dejan el espacio a toda una suerte de encantadores de serpientes, vendedores de ilusiones, militares nacionalistas y populistas de todo signo. ¿Pero qué implica para los demócratas hacer bien la tarea? La respuesta está en aquellos países donde la democracia y la prosperidad avanzan juntos por el mismo carril.

En TODOS los países desarrollados, es decir allí donde hay menos pobres y más ricos, a donde toda la gente quiere emigrar funcionan las reglas del juego democrático, se respeta el Estado de Derecho y las instituciones funcionan de manera razonable. En esos países los gobiernos se limitan a hacer que se respeten las leyes y a facilitar un clima ideal para que sea la sociedad civil, en el sentido correcto del término, la gran protagonista de los cambios sociales, políticos y económicos.

Es claro que entre mayor es el número de empresas extranjeras y nacionales en un país determinado, hay más gente con empleo y por lógica hay menos pobres. Pero las empresas, sobre todo las grandes, las que pagan mejor y ofrecen condiciones laborales cómodas y estables, prefieren establecerse en países donde funciona la democracia, existe una eficiente infraestructura, las reglas del juego son claras y hay un clima razonable de seguridad.

La inversión nacional o extranjera huye o evita los países gobernados por ignorantes rodeados de otros ignorantes, que creen que gobernar es vivir hablando de programas sociales. A ellos se suman las erráticas prédicas de supuestos intelectuales que desde las universidades criminalizan el éxito empresarial. Ningún país en el mundo, en ningún momento de la historia, ha logrado prosperidad anatemizando contra la iniciativa privada. Todo lo contrario.

El próximo año, los salvadoreños iremos otra vez a las urnas. La novedad es que ya probamos la alternancia. Ya no es un misterio. Ya sabemos cómo gobiernan los que antes estuvieron en la oposición. Ya sabemos que la fábricas de empleo no surgen de la nada, que la retórica de los programas sociales sólo han servido como pantalla para narcisistas incorregibles, pero que no han solucionado los problemas.

Habrá que ser muy acuciosos a la hora de analizar las ofertas electorales. Hay que tener presente que los que menos fantasías ofrezcan, construirán mejores realidades. Ya lo sabemos.

*Columnista de El Diario de Hoy.

marvingaleas@grupo5.com.sv

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