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La pasión política

Por Por Marvin Galeas *

Feb 27, 2013- 18:04

En los últimos meses he recibido varias invitaciones y recurrentes sugerencias por las redes sociales, para que debata a través de un medio de comunicación con, o más bien contra, mi hermano Geovani. Lo agradezco, pero eso no va a pasar. Considero que es mucho más importante el debate entre candidatos y líderes políticos, que entre mi hermano menor y yo.

En todo el mundo es enorme el peso de la política, pero no tan abrumador e invasivamente morboso, como por estas tierras. Pareciera que no queda espacio para nada más. Las reacciones a mis opiniones políticas no se hacen esperar. Cuando lo hago sobre otros temas, por ejemplo la literatura, la respuesta es poca.

Igual pasa en Tuiter. Una opinión política desencadena todo tipo de respuestas. Una sobre literatura, en cambio, se queda solitaria, abandonada, incomprensible; como escrita, por alguien que llegó, según decía José Alfredo Jiménez, de un mundo raro.

La pasión política sobrepasa continuamente los límites del debate para llegar de manera intempestiva a los dominios del odio y la sinrazón. Y no es que a nadie le interese la literatura, pero sospecho que para muchos escritores y apasionados de las letras, tuitear es como faltarle el respeto a la cadencia de las palabras.

Hay en el ciberespacio foros y blogs sobre ciencia, tecnología, música, literatura y otros interesantes tópicos. Pero en El Salvador son muy poquitos. En cambio los blogs y los tuiteros políticos son fenómeno de conejera. En cada uno hay un analista político inmortal.

Quizá por esa razón, la existencia de un tercer hermano Galeas, es casi desconocida, incluso por amigos de Geovani y míos. Maynor, el menor de los tres, sostiene y dirige desde hace varios años un extraordinario portal, con impacto continental, sobre literatura (poetastrabajando.com), que cuenta con colaboradores de alta calidad de prácticamente todos los países de América, incluyendo Estados Unidos y Canadá.

Pero el caso es que un debate, entre dos hermanos, sobre la influencia que tiene, digamos, William Faulkner sobre García Márquez y otros escritores latinoamericanos, no generaría el mismo interés que un debate con esos mismos dos hermanos con opiniones diferentes en política. No es la primera vez que con Geovani tenemos diferencias. Sin embargo, son muchas más las cosas que nos unen, aparte del ADN y la pasión por la literatura.

Hace 21 años, en el último día de la guerra, me prometí que nunca más volvería a participar en nada violento ni que generara odio, y mucho menos si ello tenía su origen en cuestiones políticas. La guerra y lo que ocurrió después con los líderes de las organizaciones guerrilleras, me enseñaron que una de las peores cosas que uno puede hacer en la vida, es asumir que las organizaciones políticas son logias cuasi religiosas en donde la fe y la pureza ideológica prevalecen sobre los razonamientos.

Los partidos políticos, todos, son meros instrumentos en la lucha por el poder. Pero, ¿poder para qué? Esa es una cuestión aparentemente simple pero requiere de mucho razonamiento objetivo y frío, dar con la respuesta. Visto así, el hecho de que yo no esté de acuerdo para nada con las últimas posturas políticas de Ana Guadalupe Martínez por ejemplo, no afecta en lo más mínimo el cariño que le tengo por las intensas experiencias compartidas en el pasado.

Con mi hermano ya hemos tenido, desde los tiempos del Café Bella Nápoles, intensos debates sobre literatura, filosofía, política y temas más triviales como el fútbol. Las diferencias de opinión dentro de una familia es de lo más común. Pero el hecho que en la actualidad ambos seamos columnistas con cierta exposición mediática, y habida cuenta esta pasión política en el país, tan sedienta de camorra, un debate en medios de comunicación, entre nosotros, tendría más el atractivo morboso del Show de Cristina, que el de un diálogo intelectual.

El debate es una cosa y me gusta. Pero no me tienta el espectáculo y mucho menos la exhibición de vanidades.

* Columnista de El Diario de Hoy.

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