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Las razones del Papa

Por Por Carlos Mayora Re*

Feb 22, 2013- 18:02

Todavía recuerdo abril del 2005, cuando justo después de haber sido elegido, muchos periodistas se referían a Benedicto XVI como el “panzer kardinal”, y bajo la etiqueta de archiconservador se auguraba un pontificado rígido e impositivo. Se equivocaron. Y no porque Joseph Ratzinger hubiera cambiado, sino porque no lo conocían en absoluto, y al endilgarle el mote no hacían más que proyectar sus prejuicios.

Son los mismos que ocho años después, no terminan de creerse que las razones de su renuncia sean las que él clara y francamente expuso en su momento; las mismas con las que en el año 2010 había respondido a un periodista que le preguntaba por los motivos que podrían llevar a un Sumo Pontífice a renunciar.

Es sabido que un buen periodista no cree ni a sus propios ojos, y piensa que su oficio es buscarle tres pies al gato… Quizá por eso los reporteros y analistas intentan, a como dé lugar, encontrar pistas que expliquen por qué Benedicto renuncia.

Tiene su lógica, si se considera la Iglesia como una macro organización con fines políticos o de poder: ante la imposibilidad de seguirla “controlando”, por su avanzada edad y sus condiciones de salud, o al constatar que las riendas se le escapan de las manos, es comprensible que Benedicto renuncie. Una especie de “ya no puedo más, no puedo cambiar las cosas, que venga otro más joven, con más fuerzas, que haga mejor las cosas”.

Pero no. La primera en dar un mentís a esos periodistas alcanzativos es la vida misma del Papa, pues como escribió en 1998 el cardenal Scola: “la ascesis, la ética y el gobierno no son en él fines, sino medios”. Y a lo largo de estos ocho años de pontificado, lo ha confirmado con creces.

La renuncia, a ojos de extraños, tiene todas las características de un acto de debilidad. Pero desde la perspectiva de la fe, es, patentemente, un acto de fortaleza.

En una persona como Benedicto XVI, que no improvisa nada, es verdaderamente difícil creer que renuncia por un suceso particular, por un escándalo, por la pérdida de la confianza en quienes le rodean, por haber constatado las divisiones humanas que rasgan la unidad en la Iglesia, o por presiones de un grupo particular. Motivos que podrían explicar la dimisión de un cargo burocrático, pero no la renuncia a seguir ejerciendo el ministerio de Pedro.

En estos días leía a una periodista, buena prosista, que hace unas consideraciones con respecto a un biografiado suyo, y se pregunta: “¿Qué es más importante?, ¿Qué es más valioso en la vida de un hombre santo?: ¿Lo que él hace por Dios o lo que Dios hace por él?”

Continúa: “un santo es un avaricioso que va llenándose de Dios, a fuerza de vaciarse de sí. Un santo es un pobre que hace su fortuna desvalijando las arcas de Dios. Un santo es un débil que se amuralla en Dios y en Él construye su fortaleza. Un santo es un imbécil del mundo que se ilustra y se doctora con la sabiduría de Dios. Un santo es un rebelde que a sí mismo se amarra con las cadenas de la libertad de Dios (…) Un santo es un hombre que todo lo toma de Dios: un ladrón que le roba a Dios hasta el amor con que poder amarle. Y Dios se deja saquear por sus santos. Ese es el gozo de Dios. Y ese, el secreto negocio de los santos”.

Tengo para mí, que por aquí se encuentra una clave para comprender mejor, las razones de Benedicto.

* Columnista de El Diario de Hoy.

carlos@mayora.org

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