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Inicio de la misión pública de Jesús

Por Por Oscar Rodríguez Blanco, s, d, b.*

Ene 11, 2013- 19:00

Mañana domingo finaliza el tiempo de Navidad con la celebración del Bautismo del Señor. Esta fiesta dará paso al tiempo ordinario, que precede al periodo litúrgico de la cuaresma, que nos conduce a la celebración de la pascua, fiesta cumbre del cristianismo.

Con el bautismo de Jesús, se inicia su misión pública, la confirmación oficial de su mesianismo. Deja la vida silenciosa y tranquila de Nazaret para ser investido como el mesías de Dios en las aguas del rio Jordán. De niño pasa a ser profeta y maestro para hacer brillar la justicia con un estilo propio de vida: “No gritará, no clamará, no hará oír su voz por las calles; no romperá la caña resquebrajada, ni apagará la mecha que aún humea” (Is.42, 1-3). Su estilo no es con gritos o violencia, es el del amor y la misericordia.

Durante varios días estuvimos contemplando al mesías en un pesebre. Desde la humilde cuna nos habló de amor, humildad y pobreza. Ahora, lo contemplamos en su plena madurez. Poco a poco fue descubriendo su identidad de Mesías y se preparó para hacer cercano al hombre el Reino de Dios. Jesús había estado viviendo con María su madre y se desempeñaba como carpintero.

El escritor Charles de Péguy, narrando la vida cotidiana de Jesús dice: “¡Cuánto había amado él este oficio de la madera, el oficio de las cunas y de los ataúdes, el oficio de las mesas y de las camas! ¡Cuánto había amado el trabajo bien hecho, la obra bien hecha! Había sido generalmente bien estimado. Todo el mundo le quería bien hasta el día que comenzó su misión”.

Su hora había llegado, tenía que iniciar la misión que se le había confiado. Viene desde Galilea buscando a su primo Juan que predicaba un bautismo de penitencia. Cristo, ¿tenía que recibir un bautismo de penitencia? Hizo cola con los pecadores para ser bautizado. No es que Cristo fuera pecador o tuviera necesidad de ese bautismo, lo hizo para dar una muestra de solidaridad y de cercanía con los más débiles, los pecadores y los que estaban marginados en la sociedad. Fue la actitud que mostró durante toda su vida. Juan se resiste a bautizarlo: “Soy yo el que necesito que me bautices, ¿y tu acudes a mí? (Mt.3, 14) y Jesús le contestó: “Déjalo ahora. Está bien que cumplamos ahora toda justicia. Entonces Juan lo permitió “(3, 15).

Juan bautizaba a toda persona que estuviera dispuesta a cambiar de vida. Exigía un cambio, una nueva actitud en la vida, una conversión a Dios. Su bautismo era sólo en el agua. Nosotros, al ser bautizados renacemos por el agua y el espíritu y llegamos a ser hijos de Dios. Nos convertimos en sus seguidores con el derecho a participar de su reino.

Termina la Navidad. Es necesario, que de ahora en adelante, desarrollemos la gracia de nuestro bautismo y de nuestra fe siguiendo los pasos de Cristo que pasó por este mundo haciendo el bien. El curó a los enfermos y consoló a los atribulados, perdonó a los pecadores. Siempre tuvo tiempo para los sencillos, los pobres, los niños y los enfermos. Abrió los ojos del ciego, hizo caminar a los paralíticos y oír a los sordos, proclamando a todos el Reino de Dios. El es el profeta, el maestro y el enviado de Dios, hay que escucharlo.

*Sacerdote salesiano.

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