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Carta a Miguel Peñalba

Jun 10, 2013- 19:00

Mi querido amigo:

Se van de regreso a España, tú y Cristina y sus hijas, luego de ocho años de vivir entre nosotros. Ocho años en un país extraño pueden ser un episodio que no deja mayor huella, o pueden ser un capítulo de tu vida que te marca para siempre. Depende de qué pasa en estos ocho años y en qué etapa de tu vida sales de tu patria, de tu rutina, de tu carrera predecible…

Ustedes pasaron en El Salvador ocho años verdaderamente intensos y movidos. De pareja joven e independiente, se convirtieron en padres de familia. Tú de ejecutivo en misión internacional te convertiste en empresario. No llegaste simplemente a administrar la empresa Calvo El Salvador, llegaste a construir la fábrica de atún en La Unión y la flota pesquera del Pacífico; así como a crear toda la operación centroamericana. Llegaste a transformar la sucursal de una empresa española en una empresa salvadoreña.

Tú Cristina, de la esposa que acompañaba a su marido, te convertiste en empresaria de turismo y empezaste una carrera artística y de fotógrafa que te cambió profundamente…

Cuando todas estas transformaciones personales y profesionales transcurren durante la estadía de uno en un país extraño, este país al rato deja de ser extraño. Hablo de propia experiencia. Yo llegué a El Salvador en 1981. Y cuando habían pasado ocho años, en 1989, me di cuenta de que tenía dos patrias: una donde nací y crecí, que se transformó profundamente, pero sin que yo haya estado involucrado, y otra que la vi transformarse ante mis ojos y con mi humilde participación. No entendí lo del Muro de Berlín, pero entendí perfectamente lo que significaba la ofensiva guerrillera sobre San Salvador y el asesinato de los jesuitas: la transición de la guerra a la paz.

Por esto les dije, Cristina y Miguel: o se regresan a su primera patria ahora, cuando todavía pueden, o al rato este país ya no los dejaría salir. En la despedida, la otra noche, vi a ambos tratando retener las lágrimas. Cuesta abandonar un país que te ha visto madurar, superarte y transformarte. Yo nunca lo pude hacer. Lo que también tiene su costo, real y emocional, porque la otra patria, la que te vio crecer, tampoco te libera del amor y de la lealtad.

Ocho años y todo el trabajo y las amistades que hicieron aquí son suficientes para que, aunque nunca regresen, siempre serán parte de esta nueva patria que los adoptó y que ustedes abrazaron. Por supuesto que van a regresar. Y por supuesto que los vamos a ir a ver en Galicia. Al fin tengo un buen pretexto para regresar a esta tierra gallega, donde pasé los meses más felices de mi vida aprendiendo español, enamorado de la ciudad de Santiago de Compostela, y de una de sus ciudadanas en particular.

No conozco a nadie que, en ocho años, haya hecho tantas amistades como ustedes, con tanta gente tan diferente, artistas y empresarios, ricos y pobres. Esto solo es posible cuando alguien hace amigos trabajando, y también vagando. Solo el tiempo libre no es suficiente para forjar y mantener tanta amistad. Ustedes tienen este don. Por esto nos harán falta.

Suerte les deseo a ti y a tu bella esposa Cristina. Cuiden a sus hijas y sigan viviendo esta locura de amar dos patrias. Su amigo Paolo Lüers

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