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Carta a María Teresa Simán Siri

Abr 19, 2013- 16:00

Estimada amiga:

Publicaste el jueves una carta abierta a Beatriz, la mujer en el ojo del huracán del pleito universal sobre el aborto. Ella, me imagino, tiene otros problemas más vitales que andarte contestando esta carta en la cuál le imploras: “¡Beatriz, no lo mates!”. Te contesto yo.

Lo bueno de tu carta es que no te vas por la parte jurídica, sino por el dilema humano en que se encuentra Beatriz: el peligro de su propia vida versus el derecho a la vida de un feto que está creciendo en su vientre, pero sin cerebro.

Voy a hacer lo mismo: hablar del drama humano detrás de esta noticia y de este pleito entre ideólogos de dos campos enfrentados: los que luchan contra el aborto, y los que luchan por el derecho de la mujer de decidir sobre su cuerpo. El lado legal, que lo definan los jueces. Los diagnósticos, que los hagan los médicos. Hablemos del drama humano.

Yo respeto tus convicciones. Si tu conciencia te obliga a no abortar un embarazo jamás, ni siquiera cuando mantenerlo puede poner en peligro tu propia vida; y tampoco cuando los médicos te dicen que tu niño nacería sin cerebro – esta es una posición de principios valiente, consecuente, hasta admirable.

Lo que no puedo respetar es que tú -o cualquiera- se arrogue el derecho de exigir (e incluso imponer) que cualquier otra mujer que se encuentre en estas circunstancias dramáticas, tome la misma decisión – o sea obligada por el Estado a mantener el embarazo.

Me espanta e indigna cómo Beatriz, enfrentada al drama más profundo y existencial de su vida, es usada por los radicales en las cruzadas en pro y en contra del aborto. No me gusta cómo los que abogan por el derecho al aborto usan el caso de Beatriz. Y no me explico de dónde ustedes sacan el valor y la prepotencia de hablar de esta manera a una mujer que no conocen, por tanto no pueden entender. “¡No lo mates!” es un imperativo categórico. Así solo puede hablar un dios, pero no una persona humana a otra…

No sé qué debe hacer Beatriz. Sólo ella y los médicos de su confianza pueden decidirlo. Todo lo demás es barbarie. Poner a otros médicos que no son de confianza de la paciente, que ni siquiera la conocen, a dar diagnósticos y recetas en medios de comunicación, es inhumano. Poner a diputados y jueces a decidir desde sus oficinas, es inhumano.

No sé cómo van a salir los magistrados de la Sala de este reto que les han lanzado. No hay solución jurídica a este dilema humano.

Lo indignante es que las únicas que quedan atrapadas (y posiblemente destruidas) en este tipo de dilemas, son las mujeres con escasa educación y escasos recursos. Y los fanáticos de ambos lados de la batalla sobre el aborto suelen venir de familias que resuelven este dilema lejos de las clínicas públicas nacionales, que necesitan un fallo judicial para efectuar un aborto – lo resuelven en clínicas privadas en países con legislación más liberal.

Hay una frase en tu carta que tengo que reclamarte: “La vida es un don, un gran regalo que no depende de ser rico o pobre.” Discúlpame, pero esto sólo lo puede decir a una mujer que no es pobre. Teológicamente puede ser cierto, pero por efectos de la vida real de Beatriz, es una mentira. No te conozco, María Teresa, pero conociendo a tu familia estoy seguro que no es cinismo que te movió a escribir esta carta tan categórica, sino tu profunda convicción religiosa.

Pero por favor, cuando ores, no cierres tus ojos a la realidad de otras mujeres.

Con todo respeto, Paolo Lüers

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