Semana Santa en El Salvador

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El Diario de Hoy
Viernes Santo: día de angustia
Por José Antonio Zarraluqui,
Escritor cubano

Dios, en su infinita bondad, creó al hombre a su imagen y semejanza para que poblara la tierra y, sin olvidar a quien debía, fuera capaz de toda clase de hazañas y creciera de lo ínfimo a lo excelso.


El Via Crucis, que tiene lugar el Viernes Santo,
es el punto más solemne de las celebraciones religiosas.

Como el hombre se supo a imagen y semejanza de Dios, por eso mismo se infatuó y dejó de rendir la pleitesía a que su condición lo obligaba. Acontecieron, pues, todos los males que desde el pecado original se han sucedido. Y se llegó al punto en que Dios Padre envió a su hijo para que remediara a los mortales.

En el mundo de la gente corriente y moliente, ¿se puede concebir mayor honor que el de ser entronizado y el de que le pongan a uno en la cabeza una corona? ¿Pero es concebible, a la vez, mayor baldón que el de ser proclamado rey de un conglomerado hostil de ánimo homicida? ¿Y que la corona de ese grupo perverso no coloque, sino encaje, resulte no pesada por su condición preciosa, sino pesada y encima sangrante porque son ramas de zarza enroscadas, erizadas de púas en todas direcciones, pinchantes como quiera que se pongan?


Las representaciones en vivo de la pasión y muerte
de Jesús forman parte del ideario religioso salvadoreño.

¿Celebración o meditación?

Sería cosa de interrogarse en torno a esta aparente contradicción. Si se celebra la Pascua (pascua es una palabra de origen semita cuyo significado es el de paso, pasaje, tránsito) como la resurrección de Cristo, ¿cómo puede celebrarse también su muerte, algo que tuvo lugar con apenas un par de días entre una fecha y la otra?

En realidad, la celebración de los nacimientos era una práctica del todo pagana que, en la medida en que el cristianismo se fue afianzando como religión dominante en el mundo occidental, fue perdiendo vigencia.

Día de fiesta no debía considerarse aquel en que o rememorara el día el que una criatura llegaba a este valle de lágrimas. Sino, justamente, ese otro en que se liberaba de los sufrimientos terrenales y, aunque acabara su existencia en esta vida material, accedía a esa otra paradisíaca y perdurable.

Incluso cuando en el año 245 de nuestra era se quiso empezar a celebrar el aniversario del nacimiento de Cristo, las autoridades eclesiásticas dijeron rotundamente que no, que Cristo no era un faraón ni cosa que se le pareciera.

Sería preciso llegar al siglo IV después de Cristo para que las costumbres se empezaran a modificar; a partir de entonces tuvieron igual valor las remembranzas de las fechas luctuosas como de las festivas.

Y si es incuestionable que la fecha mayor de la cristiandad es aquella en que Cristo, tras ser aniquilado, resucitó de entre los muertos, también es justo que se rememore aquella otra cuando, tres días antes, fue objeto de las mayores afrentas, torturado hasta extremos difícilmente concebibles en la actualidad y, por fin, suspendido en una cruz, debilitado como estaba, a la intemperie, para que se agotara hasta perecer.


El Santo Entierro en Sonsonate es el más reconocido
del país por el despliegue de personajes, recursos y fervor religioso
.

Continúa el dolor

Y no pareciéndole suficiente a algún soldado, fue asaeteado con una lanza por el costado; y no pareciéndole suficiente a otro canalla, le acercó, cuando ya perecía de sed y necesitaba un sorbo de agua, una esponja para que chupara y se saciara, sólo que empapada de vinagre.

"Eran las tres de la tarde...". Tal hora en el Viernes Santo, está comprobado que es la mejor para evocar el padecer de Cristo, para llegar a identificarse con él.

No es un día para recibir la Comunión, salvo para quien esté en artículo mortis. Es un día doloroso, de angustia, de identificación con la pena desmedida que Cristo padeció para redimir al género humano.

Él fue arrancado de la tierra de los vivos, triturado en su sufrimiento, sepultado a la hora de sepultar a los malhechores. Y él, que era la vida, consintió en morir; él, que era amor, se sometió a la tortura del odio; él, que estaba tocado por la gracia, se dejó enterrar, no importa en cuáles condiciones, porque su destino era el de resucitar al tercer día.

El sacrificio de la cruz que Cristo protagonizó es el mayor, más llamativo y más hermoso ejemplo para quienes creemos en él.

Cada Viernes Santo puede resultar una ocasión útil para cada ser humano. Cuántas penas debió sufrir Jesús: ofensas, desnudeces, caídas en su marcha, el calvario, el que le clavaran y dejaran que se secara como una pasa, al sol, el que le pusieran carteles sarcásticos encima de su cabeza asaeteada de espinas, deberían servirnos de reflexión acerca del gran dolor que Cristo padeció por nosotros, incluso de su disposición antes de morir en la cruz.





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