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El anarquista francés que vivió y murió en El Salvador

En la mitad del siglo XIX, El Salvador recibió a varios personajes del sector político de Francia, en especial exiliados contrarios al emperador Napoleón III. Uno fue el anarquista Anselme Bellegarrigue.

Por Carlos Cañas Dinarte

Nov 18, 2017- 19:51

Nacido en Toulouse, el 23 de marzo de 1813, no dejó mayor rastro de su niñez y adolescencia en sus escritos, por lo que su biografía arranca a partir de la década de 1830, cuando está inscrito como alumno regular en el Lycée d’Auch. Después, se marchó por dos años hacia el este y sur de Estados Unidos y a algunas de las islas del Caribe. En Nueva York y Boston sostuvo reuniones con demócratas de corte liberal como Henry David Thoreau y Josiah Warren, mientras se empapaba de los documentos fundacionales de la democracia vigente en esa nación.

Retornado a suelo francés en febrero de 1848, se involucró de lleno en el movimiento rebelde contra la monarquía, que logró su derrocamiento en julio y que vio cómo sus propósitos se torcían mediante la designación de un gobierno provisional dentro de la Segunda República, el cual no contaba con el apoyo popular o el de la mayor parte de intelectuales franceses. Para continuar con su crítica militante, Bellegarrigue se incorporó a la Société Républicaine Centrale, cuyos lineamientos -cercanos al socialismo y anarquismo- se centraban en la demolición absoluta de cualquier tipo de gobierno establecido en aquel mundo tocado por la revolución industrial.

Es por entonces cuando comienza a decantarse por el rechazo directo a las imposiciones sociales y políticas, centradas en el dominio del Estado y la sociedad sobre los individuos y sus existencias egoístas y hermanadas en la libertad. Para evitar cualquier tipo de esclavitud o tiranía social, Bellegarrigue proponía soluciones radicales: “La anarquía es el orden. El gobierno es la guerra civil”.

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Para Bellegarrigue, los seres humanos debían buscar la edificación de una democracia comunitaria, desprovista de un poder centralizado y gobernante, donde la soberanía fuera de carácter individual, el bien común sería una sumatoria de intereses individuales y donde cada ciudadano debería de poder optar, de forma voluntaria, a participar en la administración local al más puro estilo de las ciudades estado de la Grecia antigua.

Para ampliar la difusión de esas ideas, en 1849 fundó en Meulan la Association des Libres Penseurs (Asociación de Librepensadores). En esa organización panfletaria involucró a varios de sus antiguos amigos. Sus actividades de difusión fueron reprimidas y aplastadas por las autoridades y finalizaron con la detención policial de Bellegarrigue y algunos de sus más colaboradores más allegados.

Involucrado en la formación de un periodismo libertario para poder difundir mejor su ideario anarquista, fundó y dirigió “Anarchie. Journal de l’Ordre”, en cuyo primer número publicó el “Manifiesto de la anarquía” (reeditado en lengua castellana en 2011), considerado ahora el primer manifiesto anarquista del mundo contemporáneo y que resumía mucho de su ideario sociopolítico.

Entre 1851 y 1854 se dedicó a redactar su novela por entregas “Le Baron de Camebrac, en tournée sur le Mississipi” y su ensayo “Les femmes d’Amérique”, al igual que sus “Almanaque de la vil multitud” y “Almanaque del anarquismo”. De esta última obra no pudo ver hecha la publicación, pues se vio involucrado en los hechos políticos que desembocarían en el establecimiento del Segundo Imperio, presidido por Napoleón III, tras lo que debió abandonar territorio francés con rumbo al exilio.

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Junto con el escritor francés Víctor Hugo, un personaje que tuvo mucha capacidad de maniobra para salvar vidas y posibilitar exilios fue el pintor salvadoreño Juan Francisco Wenceslao Cisneros Guerrero (1823-1878), quien sostenía reuniones periódicas con los grupos rebeldes y antimonárquicos, pero que también mantenía fuertes vínculos con la monarquía. Fue gracias a esos lazos con ambos extremos políticos que el propio Cisneros Guerrero se salvó de una deportación segura hacia el islote penitenciario de Cayena, por lo que pudo radicarse los últimos 25 años de su vida en La Habana.

Tras un largo viaje en barco, Bellegarrigue desembarcó en territorio hondureño, donde se dedicó a la docencia. Después, la situación política inestable provocó que se trasladara a la ciudad de San Salvador, capital de El Salvador, donde fue contratado para enseñar lengua francesa en instituciones privadas. En esos momentos, aprender francés era crucial para aquellos atraídos por la carrera de Medicina, pues la mayor parte de textos médicos eran publicados por casas editoriales parisinas. Además, los tratados y demás documentos diplomáticos también se redactaban en francés, por lo que era grande su necesidad de conocimiento entre funcionarios y colaboradores del gobierno.

Reconocido como una persona de amplio bagaje cultural, la Universidad de El Salvador lo contrató como catedrático de Filosofía, Derecho público y Economía política. Por ese motivo, era frecuente verlo en los pasillos y salones de aquel edificio de madera y lámina ubicado al costado poniente del templo y convento de Santo Domingo. Para esos momentos, Bellegarrigue ya había fundado una familia y tenía obligaciones económicas puntuales. Pero su salud también se había resentido, quizá por las condiciones predominantes en el ambiente tropical salvadoreño.

Después de tres años de residir y trabajar en San Salvador, Bellegarrigue, su esposa e hijos abandonaron la capital y se marcharon a Teotepeque, en busca de un clima más templado y marino que le repusiera su salud dañada. Poco duró aquella estancia, pues hubo que regresar a San Salvador en busca de apoyo médico. El antiguo anarquista y catedrático universitario falleció en la noche del 31 de enero de 1869. Su muerte fue lamentada por El Constitucional, el medio impreso del gobierno salvadoreño, así como por algunos otros periódicos nacionales y de la región centroamericana.

El 1 de febrero, sus restos mortales fueron inhumados en el cementerio de San Salvador, luego de que su cadáver pasara por la solemne misa funeraria en la nave central del templo de Santo Domingo, cuyo predio hoy es ocupado por la tercera Catedral de San Salvador. Después, una pesada losa de olvido cayó sobre sus despojos y su legado intelectual.

Tags Carlos Cañas Cultura

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