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Relato de víctima:

Mara Salvatrucha vuelve a mujeres esclavas sexuales

Su identidad ha sido resguardada con el seudónimo de “Elena”. Por un año, entre 2014 y 2015, la joven fue esclava sexual de una clica de la MS en Santa Ana.  En ese mismo período, 2,117 casos de violencia contra mujeres fueron procesados en todo el país por la PNC. 

Víctima de pandillas
Foto Por EDH

Por Karla Arévalo

Dic 27, 2016- 21:00

La amistad con pandilleros le costó la libertad a Elena. Ella era joven cuando El Gato empezó a desearla. Él es un pandillero de la clica ZCS Zapotitanes Criminales Salvatruchos de la MS, quien frecuentaba el cantón Tinteral, municipio de Coatepeque, donde vivía Elena. “Al principio solo hablábamos por teléfono”. Pero eso no le sirvió para que la relación con la mara no avanzara.

Una mañana de diciembre de 2014, Elena se dirigía a su trabajo cuando Gil, un pandillero, le salió al paso: “El Gato te manda a traer” le dijo. “Si no te venís conmigo, la mara se va a meter con toda tu familia”. Ese día inició el calvario para Elena, quien solo tenía dos opciones: obedecer o poner en riesgo a su familia. Entre ellos, un agente de la Policía Nacional Civil, primo de Elena.

El pandillero le ordenó dejarle a su familia una nota que justificara su ausencia. “Voy camino a la frontera. No me busquen. Estaré bien”. Y salió solo con la ropa que llevaba puesta.


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En la orilla de la carretera los esperaban dos jóvenes, quienes no conocían a Gil pero lo identificaron por su vestimenta y sus gestos. “¿Ustedes se la llevarán?”, les preguntó Gil. “Simón”, respondieron. Elena y los jóvenes abordaron un bus que los llevaría a Ciudad Real.

Doce pandilleros esperaban a Elena. En el lugar vivían dos mujeres más. Carolina, de 28 años de edad, quien recogía la extorsión de los negocios en Zapotitán y Ciudad Real, “picaba marihuana” y llevaba la droga al penal de Ciudad Barrios y Flor, hija de Carolina y mujer del “Depravado de Victorias”, pandillero preso en dicho penal. 

No pasó mucho tiempo cuando Elena recibió la primera advertencia: “No intentés huir porque la única manera que hay para escapar es picada y en una bolsa negra”, le dijo El Temible, un joven de 25 años, fornido y de cabello ondulado. Elena lo aceptó resignada. Era obligación suya limpiar la casa, cocinar y ser la mujer de El Gato y de otro pandillero, alias Oscuro. Entonces su miedo creció, pues pensó que todos querrían violarla.


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Elena no sólo fue testigo de los crímenes de la mara. También relató a la Fiscalía que la clica Seven y Leven de la Mara Salvatrucha le dio a la clica ZCS uniformes de policía, que les servían para “patrullar y pegar (matar)”. Esos asesinatos eran celebrados entre  risas y marihuana. A ella también la obligaban a fumar.

 Elena relata que los pandilleros no salían de la casa sin armas. Además hablaban por teléfono todo el día, sobre movimientos de droga, dinero y armas de fuego. El saldo en los celulares se los daban los negocios que le hacían “los paros” a la mara.

Pasaron quince días cuando hubo una división en la casa destroyer. Elena y la mitad de los pandilleros se trasladaron a otra vivienda más grande en San Sebastián Salitrillo. 

El Largo, palabrero y ejecutor de las instrucciones de los MS recluidos en el penal de Ciudad Barrios y Chalatenango, daba las órdenes a la clica y también castigaba la desobediencia de los pandilleros. Si estos se equivocaban, él los golpeaba con un bate durante trece segundos.
En una ocasión Elena le escuchó decir: “Venimos de hacer una pegada”, el Temible había asesinado a Geovanny Fuentes Trujillo, un policía que andaba repartiendo gas propano, como parte de un negocio familiar. 

El Largo ordenó comprar marihuana y hacer “una gran quemazón” para celebrar la muerte del agente. Sin embargo, a su lista de víctimas le faltaba “el punto rojo”. “Ya solo nos falta uno. Por ahora hay que celebrar ”.

A los días balearon a un joven en Zapotitán. Él se convirtió en la víctima que les faltaba. Elena escuchó a El Largo decir: “No se murió el hijueputa. Está en un hospital, pero ya andamos buscando la dirección para matarlo”. No fue necesario. El joven murió en el hospital. 

De la esclavitud a la libertad 
Elena debía servir a los intereses de la mara; uno de ellos era que la joven asesinara a su padre. “A tu tata le vas a poner. Hace ratos le llevamos hambre y si no lo matás, nosotros te vamos a matar a vos”. Elena calló.

Al mediodía los pandilleros planeaban bañarse en las pozas de Mulunga en Santa Ana. El paseo se les frustró. Tres policías detuvieron a los pandilleros a una cuadra de la casa destroyer. Cuando el resto de miembros se enteró de lo sucedido, Elena los escuchó decir: “Vamos a detonar a esos perros”. Los pandilleros corrieron con un fusil AK-47 dispuestos a asesinar a los policías y liberar a El Largo y a los demás miembros de la mara, quienes se encontraban arrodillados en el asfalto.

Elena se asustó. Mientras que Carolina, la mujer de El Largo, corrió a uno de los cuartos y sacó una libreta con las cuentas del dinero ilícito que manejaba el pandillero.

La oportunidad de escapar llegó en ese momento para Elena, quien no dudó en huir junto con otra rehén recién llegada a la casa.
La Policía, luego del arresto de los pandilleros, se dirigió hacia la casa destroyer, donde aún estaba Carolina. De los nervios, botó la libreta que guardaba con tanto celo. Ese fue el motivo para su detención.

La pandilla no pudo salvar a El Largo. Él fue condenado a 150 años de prisión por homicidio, evasión, robo agravado, tenencia y portación ilegal de armas de fuego. Carolina fue condenada a 94 años de prisión. Otros pandilleros fueron condenados a menos años, según una resolución judicial emitida en 2016.

La violencia y esclavitud a las que fue sometida Elena ocurrieron entre 2014 y 2015. En ese periodo, la Policía procesó 2,117 casos de violencia contra las mujeres. Hasta noviembre de 2016, 299 mujeres fueron asesinadas.  El Instituto Salvadoreño para el Desarrollo de la Mujer (ISDEMU) detalla: “Cada quince horasuna mujer ha sido asesinada”.

Elena es una excepción y un milagro. Ahora sabe que relacionarse con la mara, aunque sea por teléfono, es el primer paso para poner en riesgo la libertad y la vida. Además de ser un peligro difícil de librar bien.

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