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Crónica

9 minutos en el Sitramss

El periodista de El Diario de Hoy, Luis Andrés Marroquín, preparó una crónica de los nueve minutos que lo separaban del centro de San Salvador hasta Soyapango. Esta fue parte de su experiencia.

/ Foto Por elsalvadorcom

Por Luis Andrés Marroquín

Ago 22, 2015- 11:15

Tipo 5:45 de la tarde me decidí a dejar el carro en el parqueo de la oficina y probar de una vez por todas lo que era viajar en el tan controvertido Sitramss. Pedí prestada una tarjeta por si no alcanzaba a comprarla y caminé hasta la terminal del parque Centenario.

Cuatro soldados encapuchados y bien armados a la entrada no solo me inspiraron confianza de sacar mi teléfono y hacer videos, sino que también me sentí seguro.

En eso pasaba un bus de la ruta 7 que normalmente me llevaría a casa por tan solo $0.20, sin usar otro transporte y caminar lo mínimo; pero ya había pagado el dólar de mi propia tarjeta y usado $0.33 de la que llevaba.

“Usar el Sitramss significa que renuncie a la Coca Cola”, me había dicho temprano un amigo, aludiendo a que él gasta de pasaje a penas $0.40 para ir y venir de casa a su trabajo.

Subí al bus a las 6:05 de la tarde. Iba lleno, pero noté a la gente a gusto, tranquila y relajada tanto los que estaban sentados como los que iban parados. Una de las dos pantallas adentro proyectaban un video con la canción “El Cóndor Pasa”.

Iba en ruta a la terminal de Soyapango y cuando entramos al bulevar del Ejército no sé si me dieron ganas de reír o llorar al ver la trabazón que se estaba formando en el carril derecho. Un carril que suelo usar amargado.

Llegamos a las 6:14 de la tarde. En 9 minutos desde que me subí en el parque hasta Plaza Mundo, mi dulce experiencia había terminado.

La parada del centro comercial, las pasarelas de la zona y el tráfico explotaban. Pasé del cielo al infierno. Y como la ruta 7 no pasaba por el bulevar, caminé hasta el centro de Soyapango. A eso de las 7 de la noche cuando me disponía a caminar a casa, venía al fin mi bus y subí.

Guardé el celular, me invadió la inseguridad y el bullicio me hizo despertar de mi sueño. El motorista llevaba un reguetón pegajoso, aunque se le notaba exhausto.

“Casi 3 horas llevo en este viaje desde que salí del punto. Como que para San Miguel fuera. Para San Miguel me tardo 2 horas no más”, se quejó conmigo.

Le comenté que el nuevo sistema de transporte era más directo. “A ese lo único que lo detiene son los semáforos”, me comentó. Y le creo, al Sitramss ya no lo para nadie.

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