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El zapatero de los Papas se apresta a hacer libro

Es un peruano que reparó calzado a Juan Pablo II y a Benedicto XVI

Entre las callejuelas del centro de Roma se esconde el taller de Antonio Arellano, "il Calzolaio". foto edh / reuters
Entre las callejuelas del centro de Roma se esconde el taller de Antonio Arellano, "il Calzolaio". foto edh / reuters

Por Jaime García Oriani Corresponsal en El Vaticano

Feb 24, 2013- 20:00

Las campanas suenan y anuncian una nueva visita en la pequeña zapatería. Un taller que no huele a betún ni a pegamento, sino al agradable aroma del cuero y de la madera. Y allí está Antonio, concentrado en su faena, que saluda con amabilidad y sonríe al escuchar palabras en español, su lengua materna.

En una vitrina, como presea que expone orgullosamente el ganador, se encuentran los conocidos zapatos color cereza del Pontífice, talla 42. Abre delicadamente las puertas de vidrio y comienza a contar su historia.

El entonces Cardenal Ratzinger llevaba sus zapatos a reparar donde Antonio. Como él, también lo hacían varios de la Curia Romana, monseñores y obispos, tal vez motivados por la buena fama de la que Arellano gozaba por las reparaciones hechas en el calzado de Juan Pablo II.

Con cierta frecuencia, Joseph Ratzinger solicitaba el servicio de Antonio.

“Es que el Cardenal caminaba mucho, visitaba muchos lugares, tenía muchas reuniones y por eso se le desgastaban los zapatos”, explica Arellano y añade: “Además, él es una persona humilde y, si veía que se podía hacer una reparación, prefería eso a gastar”.

Ratzinger conversaba con Antonio de las cosas de cada día, de la vida, de la fe. Arellano confiesa que tiene una fe fuerte y lo dice sin titubear, gracias a sus experiencias que dan prueba de ello: a los 14 años comenzó a fabricar zapatos en una fábrica de su natal Trujillo, en Perú, en jornadas de 12 horas y sin descanso; en 1990 migró a Italia sin saber una palabra de italiano, país en el que siguió con su oficio. Posteriormente, en 1998, recaudó los ahorros suficientes para comenzar su propio negocio, el mismo que se encuentra a pocos metros del Vaticano.

“Mi vida ha sido dura, pero soy feliz. Todo lo contaré en un libro que estoy terminando de escribir”, dice.

Un día de abril de 2005, Ratzinger visitó a Antonio, con el deseo que hiciera, lo más rápido posible, una reparación a sus zapatos. La razón: el Cardenal entraría al Cónclave que elegiría al sucesor del fallecido Papa.

Eran los días del Cónclave y Antonio, al enterarse que por fin salía humo blanco de la Capilla Sixtina, encendió su televisión y, luego de unos minutos de tensa espera, el Habemus Papam y la salida del nuevo sucesor de Pedro. “¡Es el Cardenal Ratzinger! ¡Él es mi cliente!”, recuerda.

Luego de tres meses de la elección de Benedicto XVI, Antonio recibió un regalo de parte del Papa: un rosario que conserva muy bien guardado en su hogar. Pero no fue lo único. También se le encargó hacer unos arreglos a los zapatos del Pontífice.

Una tradición

Esa fue la ocasión en la que Antonio, tan buen conocedor de los gustos de calzado de Ratzinger, tuvo la idea de hacer los tradicionales zapatos cereza para Benedicto XVI. “Pedí una audiencia con el Papa y él nos recibió muy gustosamente a mí y a mi familia. Y yo le regalé unos zapatos de diseño propio”, comenta.

A partir de entonces, “il Calzolaio” recibió el encargo de la Santa Sede de hacer más zapatos para el Papa. Arellano no sabe si seguirá haciendo zapatos para el próximo Papa.

“Veo con mucho respeto y admiración la decisión de Benedicto XVI de renunciar. Aunque ya no sea Papa, para mí siempre será Su Santidad”.

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