Domingo 13 de enero 2002



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A 1 año del terremoto...
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El recuento de las penurias

En la siguiente crónica se recuerda el momento del terremoto y los siguientes minutos y horas; la voluble condición humana ante la trágica sorpresa. Este también es un repaso de las perdidas, de lo que se volverá a hacer y lo que se perdió para siempre. El miedo, la histeria, la angustia, la desesperación, el dolor, la solidaridad y la esperanza

Oscar Tenorio
El Diario de Hoy

La primera sacudida sobrevino inmisericorde. Un feroz rugido salió de las entrañas de la tierra, como una serpiente gigante que había despertado y que quería escapar hacia el lado equivocado, hacia el montañoso norte. Eran las 11:40 de la mañana, justo cuando el sol está en su centro, entre los que se fue y lo que vendrá.

Luego de esa ínfima pero mortal estocada, sobrevinieron las oscilaciones, como los golpes del mar a la orilla de la playa. Los vidrios se movieron amenazantes, las gradas cambiaron de tamaño, los muros y tejados se derumbaron. Sobrevino el miedo. Apenas habían transcurrido dos segundos.

Las calles se agrietaron, los árboles hundieron aún más las raíces en un suelo que los quería desterrar, mientras perdían sus frutos y sus flores. Los postes del alumbrado eléctrico cayeron, así como caen los guerreros derrotados durante cualquier guerra inútil y atroz. Las casas se desplomaron. Habían pasado cuatro segundos y la muerte ya era una multitudinaria exhalación, que se perdió entre el polvo y la sorpresa. Sobrevino la histeria.

Todos corrieron a las calles, plazas y jardínes. Unos se desplomaron, hincados para implorar a la Divinidad. Palidecieron, enmudecieron. Otros se abrazaron, lloraron, pidieron perdón. Sólo entonces, cuando la vida propia estaba a salvo, asegurada por el instinto mismo, apareció la preocupación por los propios, por los indefensos, el niño que había quedado solo en la casa, el enfermo, la anciana que ya no podía dar paso alguno. Sobrevino la angustia.

Las oscilaciones no se detenían. Como el péndulo, el corazón aún se movía de un lado a otro. Y todos corrieron por las calles, en una estampida para buscar a sus familiares, por recoger al herido, por constatar una amarga verdad. Los automóviles quedaron atascados en gigantescos congestionamientos, mientras la gente se abría paso entre ese laberinto de latas y penurias. Las sirenas de las ambulancias silenciaban los gritos y los llantos. Todos se volvían a ver buscando inexistentes respuestas.

La desesperación

Ya de nada servía levantar un teléfono enmudecido, porque todo parecía que estaba muerto. Sólo quedaba el movimiento propio, el de un incontrolable temblor y un frío sudor. De aquel cielo claro sólo quedaba una turbia luz, atravesada por columnas de humo, descontrolados helicópteros y un frágil viento, que bien pudo ser el correr de las almas que recién habían abandonado sus dominios terrenales. Habían pasado ya diez minutos, cuando sobrevinó la desesperación.

La tierra seguía moviéndose y ya se sabía lo peor: una montaña, Las Colinas, había padecido una herida. Tan grave fue la estocada que parte de su cuerpo, hecho de tierra y piedras, se desmoronó y cayó sobre cientos de viviendas. La avalancha acabó con cientos de personas, hasta entonces desconocidos.

Bajo varios metros de tierra se había perdido todo. Las medallas de oro del coronel, las rubias muñecas de la mimada niña, los libros de filosofía y matématicas del esforzado joven; los perdurables recuerdos, los álbumes con las preciadas fotografías, los títulos, las bien cuidadas cartas de amor, en las que se juraban amor eterno y se remataban con una apasionada promesa "hasta que la muerte nos separe".

La muerte

De entre aquella gigantesca masa aún provenían gritos, que luego fueron gemidos, hasta que sólo se escucharon débiles latidos. Con un gran esfuerzo, decenas de voluntariosos hombres escarbaron hasta encontrar a algunos con vida. De otros huecos, sólo sacaron muertos, que tenían en su rostro tan sólo una mueca, la de la repentina y dolorosa agonía. Así, sobrevino el dolor.

Las calles adyacentes fueron utilizadas como morgues provisionales. La imagen era macabra y dolorosa: uno a la par de otro, fueron colocados los muertos, metidos en bolsas negras, hasta que la calle ya no dio abasto. Pronto, esos desconocidos tomaron forma, adquirieron un nombre y un apellido, un oficio, y una familia que, desgarrada, los reconocía y reclamaba detrás de la linea amarilla. Aún temblaba.

A decenas de kilométros, en Comasagua o en Ateos, el drama también era desconcertante. Centenares de familias caminaban por las polvosas calles en busca de un refugio, porque sus casas de adobe y bahareque se habían derrumbado. Se arrinconaban en cualquier espacio público, en una cancha, en un parque, hasta que la muchedumbre era como un rebaño sin pastor. Así, apareció el hambre.

Muchos ya estaban tranquilos, al estar a salvo con sus seres más queridos. Pero otros vagaban de un lado para otro sin encontrar a nada ni a nadie. La lista de víctimas y de pérdidas era, minuto tras minuto, cada vez más grande. Semejante dolor curaba cualquier deuda o viejas penas.

La esperanza

Alrededor de los más necesitados, de los adoloridos, se juntaron centenares de ciudadanos, muchos desconocidos, para tratar de aliviarles sus tormentos. En la noche, vino el primer contingente de ayudantes estranjeros. Y desde entonces no hizo falta el consuelo, el pan a tiempo y una cobija salvadora. Así, surgió la solidaridad.

Los días comenzaron a descontarse entre el luto, el dolor y la incertidumbre. Apenas un mes después, un segundo terremoto remató estas abatidas tierras. Cualquier respuesta posible o consuelo se esfumó ante tanto desconcierto.

Entre el drama y la miseria, inició la reconstrucción. En meses, se lavantaron casas con láminas, se quitaron los escombros y se reabrieron las calles.

Ahora, un año después de la tragedia, pocos quieren volver a ver hacia atrás, pero allí están las huellas y las cruces sembradas en cualquier lado. Los pobres y desposídos aún deambulan entre la beneficencia y el olvido. Los dolientes recuerdan con llanto a los que perdieron. Así, sobreviene la esperanza. Ya no tiembla.

 


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