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1 año del
terremoto...
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El recuento de las
penurias
En la siguiente crónica se recuerda
el momento del terremoto y los siguientes
minutos y horas; la voluble condición
humana ante la trágica sorpresa. Este
también es un repaso de las perdidas, de
lo que se volverá a hacer y lo que se
perdió para siempre. El miedo, la
histeria, la angustia, la desesperación,
el dolor, la solidaridad y la esperanza
- Oscar
Tenorio
- El Diario
de Hoy
La primera sacudida sobrevino inmisericorde.
Un feroz rugido salió de las
entrañas de la tierra, como una serpiente
gigante que había despertado y que
quería escapar hacia el lado equivocado,
hacia el montañoso norte. Eran las 11:40
de la mañana, justo cuando el sol
está en su centro, entre los que se fue y
lo que vendrá.
Luego de esa ínfima pero mortal
estocada, sobrevinieron las oscilaciones, como
los golpes del mar a la orilla de la playa. Los
vidrios se movieron amenazantes, las gradas
cambiaron de tamaño, los muros y tejados
se derumbaron. Sobrevino el miedo. Apenas
habían transcurrido dos segundos.
Las calles se agrietaron, los árboles
hundieron aún más las
raíces en un suelo que los quería
desterrar, mientras perdían sus frutos y
sus flores. Los postes del alumbrado
eléctrico cayeron, así como caen
los guerreros derrotados durante cualquier
guerra inútil y atroz. Las casas se
desplomaron. Habían pasado cuatro
segundos y la muerte ya era una multitudinaria
exhalación, que se perdió entre el
polvo y la sorpresa. Sobrevino la histeria.
Todos corrieron a las calles, plazas y
jardínes. Unos se desplomaron, hincados
para implorar a la Divinidad. Palidecieron,
enmudecieron. Otros se abrazaron, lloraron,
pidieron perdón. Sólo entonces,
cuando la vida propia estaba a salvo, asegurada
por el instinto mismo, apareció la
preocupación por los propios, por los
indefensos, el niño que había
quedado solo en la casa, el enfermo, la anciana
que ya no podía dar paso alguno.
Sobrevino la angustia.
Las oscilaciones no se detenían. Como
el péndulo, el corazón aún
se movía de un lado a otro. Y todos
corrieron por las calles, en una estampida para
buscar a sus familiares, por recoger al herido,
por constatar una amarga verdad. Los
automóviles quedaron atascados en
gigantescos congestionamientos, mientras la
gente se abría paso entre ese laberinto
de latas y penurias. Las sirenas de las
ambulancias silenciaban los gritos y los
llantos. Todos se volvían a ver buscando
inexistentes respuestas.
La desesperación
Ya de nada servía levantar un
teléfono enmudecido, porque todo
parecía que estaba muerto. Sólo
quedaba el movimiento propio, el de un
incontrolable temblor y un frío sudor. De
aquel cielo claro sólo quedaba una turbia
luz, atravesada por columnas de humo,
descontrolados helicópteros y un
frágil viento, que bien pudo ser el
correr de las almas que recién
habían abandonado sus dominios
terrenales. Habían pasado ya diez
minutos, cuando sobrevinó la
desesperación.
La tierra seguía moviéndose y
ya se sabía lo peor: una montaña,
Las Colinas, había padecido una herida.
Tan grave fue la estocada que parte de su
cuerpo, hecho de tierra y piedras, se
desmoronó y cayó sobre cientos de
viviendas. La avalancha acabó con cientos
de personas, hasta entonces desconocidos.
Bajo varios metros de tierra se había
perdido todo. Las medallas de oro del coronel,
las rubias muñecas de la mimada
niña, los libros de filosofía y
matématicas del esforzado joven; los
perdurables recuerdos, los álbumes con
las preciadas fotografías, los
títulos, las bien cuidadas cartas de
amor, en las que se juraban amor eterno y se
remataban con una apasionada promesa "hasta que
la muerte nos separe".
La muerte
De entre aquella gigantesca masa aún
provenían gritos, que luego fueron
gemidos, hasta que sólo se escucharon
débiles latidos. Con un gran esfuerzo,
decenas de voluntariosos hombres escarbaron
hasta encontrar a algunos con vida. De otros
huecos, sólo sacaron muertos, que
tenían en su rostro tan sólo una
mueca, la de la repentina y dolorosa
agonía. Así, sobrevino el
dolor.
Las calles adyacentes fueron utilizadas como
morgues provisionales. La imagen era macabra y
dolorosa: uno a la par de otro, fueron colocados
los muertos, metidos en bolsas negras, hasta que
la calle ya no dio abasto. Pronto, esos
desconocidos tomaron forma, adquirieron un
nombre y un apellido, un oficio, y una familia
que, desgarrada, los reconocía y
reclamaba detrás de la linea amarilla.
Aún temblaba.
A decenas de kilométros, en Comasagua
o en Ateos, el drama también era
desconcertante. Centenares de familias caminaban
por las polvosas calles en busca de un refugio,
porque sus casas de adobe y bahareque se
habían derrumbado. Se arrinconaban en
cualquier espacio público, en una cancha,
en un parque, hasta que la muchedumbre era como
un rebaño sin pastor. Así,
apareció el hambre.
Muchos ya estaban tranquilos, al estar a
salvo con sus seres más queridos. Pero
otros vagaban de un lado para otro sin encontrar
a nada ni a nadie. La lista de víctimas y
de pérdidas era, minuto tras minuto, cada
vez más grande. Semejante dolor curaba
cualquier deuda o viejas penas.
La esperanza
Alrededor de los más necesitados, de
los adoloridos, se juntaron centenares de
ciudadanos, muchos desconocidos, para tratar de
aliviarles sus tormentos. En la noche, vino el
primer contingente de ayudantes estranjeros. Y
desde entonces no hizo falta el consuelo, el pan
a tiempo y una cobija salvadora. Así,
surgió la solidaridad.
Los días comenzaron a descontarse
entre el luto, el dolor y la incertidumbre.
Apenas un mes después, un segundo
terremoto remató estas abatidas tierras.
Cualquier respuesta posible o consuelo se
esfumó ante tanto desconcierto.
Entre el drama y la miseria, inició la
reconstrucción. En meses, se lavantaron
casas con láminas, se quitaron los
escombros y se reabrieron las calles.
Ahora, un año después de la
tragedia, pocos quieren volver a ver hacia
atrás, pero allí están las
huellas y las cruces sembradas en cualquier
lado. Los pobres y desposídos aún
deambulan entre la beneficencia y el olvido. Los
dolientes recuerdan con llanto a los que
perdieron. Así, sobreviene la esperanza.
Ya no tiembla.
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Refuerzan
vigilancia de la actividad
sísmica
La
comunidad internacional prevé
dar más apoyo al país con
el fin de ampliar las redes
sismológica y
vulcanológica para mejorar la
investigación
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El
fatídico 13 de enero y
febrero
Ese
sábado quedó marcado en
los libros de historia nacional como
uno de los peores días para los
salvadoreños.
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Una
lección
aprendida
Con la
creación del Servicio Nacional
de Estudios Territoriales (SNET), el
gobierno busca tener una mejor
capacidad para la prevención de
riesgos
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Sin
daños por terremotos
Aumenta
interés por restaurar
edificios
Son
pocos los edificios con valor
histórico que aún quedan
en el centro capitalino, pero algunos
representativos ya fueron recuperados o
restaurados
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Preámbulo
de un día de
memorias
Ayer
por la tarde, vecinos de la colonia Las
Colinas, en Santa Tecla, preparaban un
acto religioso que expresa su dolor, su
fuerza y su esperanza de
reconstrucción
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Iglesias
realizan oficios
Los
salvadoreños recordarán
hoy a los compatriotas que murieron a
raíz de los terremotos. Los
oficios religiosos fúnebres
serán numerosos.
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Un
milagro de
Jesús
Haciendo
alusión a su nombre, Milagro de
Jesús, de 5 meses de edad, es
hija de una sobreviviente de la colonia
La Colina, arrasada por un alud de
tierra el 13 de enero de
2001
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Desastre
natural en el país
En una
estación de radio local, un
joven locutor hablaba que era un
maravilloso día propicio para
visitar las playas del litoral
Pacífico, de fondo, se escuchaba
la música del grupo mexicano
Maná (pan caído del
cielo).
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El
recuento de las
penurias
En la
siguiente crónica se recuerda el
momento del terremoto y los siguientes
minutos y horas; la voluble
condición humana ante la
trágica sorpresa.
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Ahijado
del presidente venezolano
cumplirá un año en El
Salvador
La
tierra tremió y los cerros
sepultaron las humildes viviendas de
esta pequeña comunidad hace un
año, pero entre el dolor y la
desesperación nació Hugo
Rafael.
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Prevención
la mejor
lección.
Cruz
Roja y Comandos de Salvamento coinciden
en hay que aprender a convivir con el
riesgo en este país
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Sin
financiamiento para 481
escuelas
Educación
necesita 90 millones de colones para
reconstruir 148 escuelas dañadas
por los terremotos
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Salvadoreños
bajo techo temporal
Aunque
el Gobierno señala los avances
en la vivivienda, miles de familias van
a cumplir su primer año bajo un
techo que se construyó para ser
temporal
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Ley
reduciría efectos de
desastres
Una ley
de prevención y
mitigación de desastres y
riesgos reduciría las
posibilidades de tragedias como las
ocasionadas por "Mitch" y los
terremotos
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Obras
de mitigación
entrampadas
Existe
un estudio integral que indica las
obras de mitigación a realizar
en la zona alta de La Colina; sin
embargo, la ejecución
está entrampada por la falta de
un lugar que sirva como botadero de
tierra.
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El
dolor revive en la
colina
Recordar
el 13 de enero de 2001 es despertar el
sufrimiento de muchas personas que
perdieron a sus familias. David Varela
Chávez, de 51 años,
perdió a su esposa Carmen, de
52, y a su hija Adriana, de
11.
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MOP
respondió a
emergencia
Los
terremotos destruyeron la red vial en
unos 29 puntos del país. La
más afectada fue la
Panamericana
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Inversión
millonaria
El
Ministerio de Obras Públicas
invertirá 370 millones de
dólares durante este año
para la modernización de la red
vial nacional.
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Cuando
la tierra se
acomodó
La
alegría de un nuevo milenio con
nueva moneda en el bolsillo duró
muy poco. Dos tragedias sin
parangón obligaron al gobierno y
a todas las instituciones a virar el
timón para enfrentar una
catástrofe humana
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Avanza
la
reconstrucción
A casi
un año de ocurrido el primer
terremoto, los resultados más
sobresalientes en materia de
reconstrucción se registran en
carreteras, viviendas y
escuelas.
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