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EDICIÓN ESPECIAL ENADE 2017

Un llamado al optimismo

Carmen Aída Lazo, Decana de Economía y Negocios de La Esen.

Por Carmen Aída Lazo

Nov 13, 2017- 04:00

Si usted, al igual que yo, ha asistido a foros y debates donde se discuten las causas del persistente bajo crecimiento económico del país, seguramente está familiarizado con los temas que salen a
colación.

Con el riesgo de ser excesivamente simplista, a continuación me permito resumir algunos de los elementos que más se suelen citar en dichas discusiones.

Los sospechosos de siempre del bajo crecimiento
• Se enfatiza que El Salvador ha venido creciendo en la última década a la mitad de la tasa promedio de la región centroamericana, pero que el bajo crecimiento es un fenómeno estructural, no limitado a los últimos años.

• Se suele mencionar a la baja tasa de inversión como una de las razones directas del bajo crecimiento. En el país se invierte cerca del 14 % del PIB cuando estudios indican que sería necesario que esta tasa fuese de al menos 20 %. Asociado a las bajas tasas de inversión, se señala que el país también adolece de bajas tasas de ahorro para financiar dicha inversión.

• Se destaca que el país está a la zaga en la atracción de inversión extranjera directa en la región.

• Se suelen citar otros rasgos del país que dificultan el crecimiento, particularmente: los altos niveles de inseguridad y violencia y sus efectos en el clima de negocios; el bajo nivel de capital humano, que dificulta el surgimiento de industrias más sofisticadas; los altos costos de hacer negocios en el país (incluyendo la tramitología); la ausencia de un conjunto de incentivos para el aumento de la productividad y la innovación; la polarización política y su impacto negativo en las decisiones de inversión; la fragilidad fiscal que se ha acentuado en los últimos años; el impacto de la entrada de remesas en una estructura productiva orientada al consumo.

Por lo general, cuando el ponente termina de presentar las causas del bajo crecimiento, queda una sensación en la audiencia que estos desafíos son demasiado complejos, demasiado estructurales, y que los márgenes de maniobra para lograr cambios en el rumbo de la economía son sumamente estrechos. Muchos de estos debates se convierten pues en catarsis colectivas con pocos elementos propositivos para pasar a la acción.

Comencemos por cambiar de actitud

Y esta actitud derrotista la podemos y debemos cambiar, y este puede ser un primer paso importante para recuperar el optimismo por un El Salvador más próspero. Ello sin obviar los importantes retos que enfrentamos.

Y para ello propongo que comencemos a incluir en el análisis no solo los obstáculos que enfrenta el país, sino también sus fortalezas. Y hay mucho de positivo que podemos destacar de El Salvador: nos hemos ido convirtiendo en un país con una institucionalidad democrática cada vez más sólida; somos reconocidos como gente laboriosa; contamos con un sistema financiero robusto; gozamos de una excelente ubicación geográfica; somos un país abierto al mundo; a pesar de nuestras diferencias, somos capaces de ponernos de acuerdo en temas clave de nación; en la posguerra, hemos tenido avances sustanciales en la reducción de la pobreza y el acceso de la población a servicios básicos; hemos mantenido un liderazgo importante en la región centroamericana en diferentes sectores; estamos gozando del bono demográfico y de una población joven más educada que las generaciones previas. Estos y otros son elementos que no debemos omitir a la hora de discutir las oportunidades reales que tenemos para finalmente dejar atrás los años de bajo crecimiento económico.

Si pasamos de la catarsis en las que hemos caído a un análisis más integral, estoy segura que pronto estaremos imaginando estrategias audaces y pragmáticas para dinamizar la economía.

Nunca subestimar la importancia de las expectativas

En su primer discurso inaugural, y cuando Estados Unidos estaba sumido en la Gran Depresión de los años 30s, el Presidente Franklin Delano Roosevelt dijo una frase que trascendió: “lo único que debemos temer es el temor mismo; ese terror anónimo, irracional, injustificado que paraliza los esfuerzos necesarios para pasar de la retirada al avance”. Esa frase es vigente para el caso de El Salvador: las expectativas y actitudes son clave para reactivar el crecimiento económico, pues en la medida que el pesimismo prevalezca, se desalienta la inversión y el gasto, lo cual termina confirmando las expectativas
negativas.

El Salvador indudablemente enfrenta desafíos al crecimiento, pero la decisión individual de cada actor de qué actitud asumirá ante estos desafíos, puede marcar la diferencia. Y hay muy buenas razones para seguirle apostando al país.
Esta edición estará siendo leída por empresarios, analistas que inciden en el país. Mi interés era aprovechar esta oportunidad para hacer un llamado a recuperar el optimismo.

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