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MENSAJE
PRESIDENTE DE LA REPÚBLICA FRANCISCO FLORES
X ANIVERSARIO DE LA FIRMA DE LOS ACUERDOS DE PAZ
MIÉRCOLES 16 DE ENERO / 2002
En algunas ocasiones anteriores, cuando me ha tocado tomar
la palabra
después de uno de los alumnos brillantes, de nuestro
sistema educativo,
generalmente me he sentido que debo corresponder a ellos,
cerrando mi
discurso escrito y pudiéndoles entonces corresponder
con una oratoria
más espontánea, que saliera del corazón.
Hoy sin embargo, me declaro,
absolutamente derrotado.
Quisiera antes de empezar mi discurso, felicitarte Cristian,
no sólo por
tus palabras, pero por el enorme carisma que emana de ti.
No tengo dudas
de que te ganarás esa beca y ciertamente, todos los
que están acá,
signatarios de esa finalización de ese período
tan crudo, que tu
mencionaste, se deben sentir enormemente orgullosos de que
un niño como
tu, pueda educarse en Perquín; sólo por eso,
valió la pena todo el
esfuerzo.
La historia del mundo en general, está formada por
las grandes
decisiones de los pueblos y el 16 de enero de 1992, hace diez
años, los
salvadoreños decidimos hacer historia.
La historia del mundo en general, está formada por
las grandes
decisiones de los pueblos, y el 16 de enero de 1992, hace
diez años, los
salvadoreños decidimos hacer historia.
Convencidos de que éramos dignos de un mejor futuro,
hace una década
resolvimos que íbamos a transitar por el camino de
la paz, la
reconciliación y el perdón. Admitimos que la
violencia es el argumento
de los débiles. Nos rehusamos a creer que la democracia,
la libertad y
la justicia necesitaban ser defendidas con balas y violencia.
Reconocimos, en fin, que una guerra entre hermanos es y será
siempre una
derrota.
En este décimo aniversario de la firma de los Acuerdos
de Paz,
recordando el día en que pusimos fin al conflicto más
agudo y trágico de
nuestra historia, de algo podemos estar seguros los salvadoreños,
es que
nunca tuvimos tanta razón, como aquel día.
Hace diez años nos comprometimos con algo más
grande que el fin de una
guerra. Aquel día nos comprometimos con el futuro,
con el país que
deseábamos construir.
Esta mañana quiero que me acompañen a ver al
pasado, primero para honrar
a quienes debemos el legado de la paz, y luego para contemplar
el país
que todos juntos hemos construido desde entonces.
Deseo, en nombre de la Patria agradecida, hacer un reconocimiento
a los
signatarios de los Acuerdos de Paz, a los hombres y mujeres
que
estamparon su firma en el documento histórico que sienta
las bases de
nuestro presente y nuestro futuro como nación.
Ese reconocimiento quiero hacerlo a Oscar Alfredo Santamaría,
Schafick
Handal, Juan Martínez Varela, Francisco Jovel, Mauricio
Ernesto Vargas,
Salvador Sánchez Cerén, David Escobar Galindo,
Eduardo Sancho, Abelardo
Torres (quien recordamos con mucho afecto), Joaquín
Villalobos, Rafael
Hernán Contreras, Salvador Samayoa, Ana Guadalupe Martínez,
María Marta
Valladares, Roberto Cañas y Dagoberto Gutiérrez.
A estos hombres y mujeres, encabezados por el Presidente de
la Paz,
licenciado Alfredo Cristiani, quien con profunda convicción,
valentía y
patriotismo, sostuvo en sus manos el timón del proceso,
debemos el paso
más importante que los salvadoreños hemos dado
en nuestra historia
reciente para edificar un país más justo, democrático
e incluyente.
El acto histórico de Chapultepec puso el destino de
El Salvador en las
manos de los salvadoreños. Con el paso del tiempo,
de aquellos acuerdos
se desprendió una dinámica de cambio que ha
creado el fundamento de
nuestro sistema de libertades:
Iniciamos el proceso de democratización del país
y creamos una nueva
institucionalidad, cuyos más notables ejemplos encontramos
ahora en una
Policía Nacional Civil respetuosa y al servicio de
la ciudadanía y en
ese nuevo papel histórico que con valentía y
responsabilidad ejerce
nuestra querida Fuerza Armada.
Fue durante la administración del Presidente de la
Reconstrucción,
doctor Armando Calderón Sol, que los salvadoreños
asumimos el arduo
desafío de ejecutar los Acuerdos de Paz. Gracias a
su gestión, unida a
la cooperación de la comunidad internacional, el país
logró enfrentar
con éxito este nuevo periodo.
Vigilante del proceso, la Organización de las Naciones
Unidas aportó un
liderazgo moral de consecuencias muy positivas para nosotros.
El señor
Diego García Sayán, entonces funcionario de
las Naciones Unidas y hoy
canciller del Perú, quien nos compaña esta mañana,
fue parte del equipo
de trabajo que verificó el cumplimiento de los Acuerdos
de Paz en su
primera etapa. Mientras que los países amigos, encabezados
por México,
Colombia, Venezuela, España y Estados Unidos, acompañaron
este período
con su amistad y colaboración permanente.
A ellos y a todos los países que cooperaron brindando
recursos para la
reconstrucción de El Salvador, nuestro emocionado reconocimiento
y
eterna gratitud.
También debemos mencionar a nuestros partidos políticos,
porque ellos
asumieron la misión histórica de aprobar las
reformas legales que
generaron los Acuerdos de Paz, siendo entonces los primeros
en proceder
a cumplirlos.
Especial reconocimiento merecen los medios de comunicación
de nuestro
país, que hicieron conciencia de la brutalidad de la
guerra, acompañaron
con visión crítica y constructiva el proceso
de paz y ayudaron a
edificar una cultura de reconciliación.
Sólo a alguien, sin embargo, puede corresponderle la
honra más grande y
el mayor mérito de la paz. Ese alguien es el salvadoreño,
el hombre y la
mujer a los que ninguna circunstancia histórica, por
dura que fuera,
pudo doblegar.
Esta mañana quiero honrar con especial orgullo a los
salvadoreños,
quienes siempre fueron los verdaderos protagonistas de la
paz, porque no
se dejaron vencer por la guerra y jamás perdieron su
espíritu de trabajo
y su esperanza en un mejor mañana.
Tanto los que se quedaron resistiendo la violencia, en esta
tierra, como
aquellos que fueron a buscar nuevas oportunidades en el extranjero,
demostraron que la mayor riqueza que tiene El Salvador es
su gente. Y a
esa riqueza, a ese capital humano que nos hace grandes y únicos
en el
mundo, esta mañana quiero dirigirles un mensaje de
reflexión.
Como lo hemos venido haciendo a lo largo de diez años,
hoy también vamos
a renovar nuestro compromiso con la paz; pero lo vamos a hacer
a partir
de su más hondo significado.
Hasta hace algunos años, nuestro planeta no estaba
sometido a cambios
tan vertiginosos y constantes como los que vivimos hoy. Las
naciones
funcionaban de acuerdo a una forma más tradicional,
de concebir el
mundo, y pasaron todas sus acciones en realidades sujetas
a esa
concepción.
Ahora el mundo avanza con una rapidez tan grande, que ha terminado
rebasando esos esquemas, y ha reducido drásticamente,
en muchos países,
las opciones de adaptación a esos cambios.
El Salvador, por el contrario, ha sabido reconstruirse con
visión de
futuro, sobre un sistema de libertades que ha demostrado tener
mucha
capacidad de adaptación frente a las más drásticas
transformaciones. En
El Salvador se han consolidado cambios de mentalidad que no
han tenido
lugar en otros países del mundo. Esta es la ventaja
más importante con
que cuenta nuestro país ante las nuevas realidades.
El mundo ha llegado a un momento en el que los grandes factores
productivos, que hasta hace algunos años hacían
la diferencia entre las
naciones, como el capital y las materias primas, han sido
sustituidos,
por otras formas de riqueza y por otras maneras de aprovechar
las
destrezas de los individuos.
Hoy, el conocimiento, es el nuevo capital, y las diferentes
aplicaciones
de ese conocimiento son las nuevas materias primas.
En el siglo XXI, el desarrollo de las naciones dependerá,
de qué tan
exitosamente pongan estas ventajas al alcance del mayor número
de
futuros ciudadanos. Y ese proceso, clave del desarrollo, comenzó
en El
Salvador cuando suspendimos la guerra y nos decidimos por
la paz.
Nosotros no sólo hemos abandonado la pretensión
de que podemos resistir
a los grandes cambios globales, sino que hemos entrado en
una dinámica
de cambios que amplía nuestras oportunidades de integración
con el mundo
y nos brinda una posición privilegiada con respecto
a otros países.
A diez años de los Acuerdos de Paz, El Salvador es
un país diferente,
determinado por una nueva realidad. La transición de
la guerra a la paz
ha terminado, y ha llegado la hora de enfrentar una nueva
etapa
histórica, con nuevos retos y nuevas perspectivas.
El segundo paso es así, al cruzar el umbral de nuestras
escuelas e
institutos, aquí es donde comienza una nueva vida para
nuestros niños y
jóvenes, y en consecuencia, donde cambia el destino
del país.
Hoy estamos inaugurando un año escolar, marcado por
la inversión en
educación más alta de nuestra historia. En 1990,
por ejemplo, la guerra
nos obligaba a gastar el 20% del Presupuesto Nacional en defensa,
mientras que en educación apenas lográbamos
invertir 700 millones de
colones. Este año, la inversión en educación
es de 4 mil 123 millones de
colones, es decir, cien veces más de lo que invertíamos
hace doce años.
Hoy hemos venido al Instituto Nacional de Perquín,
a decirle a estos
niños y jóvenes, que la paz es su herencia más
valiosa, y que también de
ellos depende que sus frutos sean sostenibles en el tiempo.
Estamos aquí para decirles, que no basta celebrar la
paz en una fecha
especial, si no hemos aprendido a vivirla diariamente, escribiendo
una
nueva historia, asumiendo actitudes constructivas, siendo
solidarios con
los demás, estudiando y trabajando con entusiasmo.
El valor más grande de la paz, no se halla en la ausencia
de la guerra.
La utilidad de la paz está ligada a las grandes oportunidades
de
crecimiento que nos brinda en todas las áreas del desarrollo
humano,
desde el momento en que la educación deja de ser un
privilegio y se
convierte en una promesa cotidiana.
La paz tiene su expresión más alta, a las puertas
de un centro educativo
como éste, porque es aquí donde comienza la
equidad, donde les decimos a
nuestros niños y jóvenes que todos merecen las
mismas oportunidades de
superación, por el sólo hecho de haber nacido
salvadoreños, libre en un
país democrático.
Pero también aquí, brindándoles las mismas
herramientas para construir
su futuro, les estamos enseñando que entre ellos, van
y pueden existir
diferencias. Que la paz es únicamente la búsqueda
del esfuerzo y el
deseo de aprender.
La decisión que tomamos hace diez años, fue
el primer paso hacia una
nueva etapa histórica. Ese día, dejamos de retroceder,
y desde entonces
nunca hemos dejado de avanzar.
Ninguna victoria es más completa, ni más decisiva,
para el ser humano
que aquella que ha ganado en nombre de la paz, porque la paz
es la
primera condición del desarrollo.
Un Estado acorralado por la violencia, no puede asegurarle
a un niño que
su esfuerzo estudiantil será recompensado en el tiempo,
garantizándole
oportunidades para aplicar sus conocimientos y su capacidad.
La paz en cambio, nos permite decirle a un niño, aquí
en Perquín, que
prepararse sí vale la pena, porque vive en un país
en el que la
violencia ya no amenaza sus deseos de superarse.
El 16 de enero de 1992, los salvadoreños dimos el primer
paso, en la
construcción de un nuevo país. Hoy, debemos
hacer honor a aquel
acontecimiento, comprometiéndonos con ese El Salvador
que todos
deseamos, con ese país que sólo nosotros, con
la misma determinación que
mostramos hace diez años, podemos construir.
Muchas gracias.
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