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Hacedores
de la paz
Salvador Samayoa
Como suele ocurrir en los procesos sociales de los pueblos,
la memoria colectiva tiende a distorsionarse o a desdibujarse
con el paso del tiempo. Tal vez por ello, falta ahora unanimidad
o conciencia profunda para reconocer que los Acuerdos de Paz,
firmados el 16 de enero de 1992, fueron el hecho político
más relevante de la historia reciente de El salvador.
Han pasado exactamente 10 años sólo 10 años
desde que Alfredo Cristiani tomó posesión del
cargo de Presidente de la República. En ese momento,
el país entero estaba hundido en el infierno de la
guerra. La violencia política y militar azotaba sin
piedad a la población de todos los sectores sociales
y nadie veía el final de este largo y oscuro túnel
de muerte, destrucción y amargura.
Cuando nos reunimos por primera vez, en septiembre de 1989,
con representantes del gobierno de Cristiani, era muy difícil
apostar por el éxito de las negociaciones. La mayor
parte de jefes y dirigentes de la Fuerza Armada, del partido
de gobierno y del FMLN apostaba todavía por la derrota
del adversario. En su inicio, la negociación era poco
más que táctica política en función
de tal propósito. Eso lo percibía la gente,
dentro y fura de El Salvador.
En la primera resolución fue imposible decir con claridad
que el propósito del diálogo era la negociación.
En esa ocasión, tuvimos que emplear un eufemismo sugerido
por David Escobar Galindo y hablamos de un "esfuerzo
negociador". No se podía llamar a las cosas por
su nombre. El Frente preparaba ya su ofensiva militar de noviembre.
Los representantes de Cristiani no hacían concesiones.
En octubre, en el Convento de las Monjas Clarisas, en San
José de Costa Rica, el ambiente era sombrío.
El representante del Secretario General de las Naciones Unidas
era poco más que un testigo mudo en las conversaciones.
No había voluntad política; no había
intermediario, no había en realidad, negociaciones
de paz.
La ofensiva cambió el panorama. El Frente estaba seguro
de hacerle derrotas militares decisivas al Ejército:
LA Fuerza Armada tenía información y dejó
entrar a los guerrilleros, con la idea de cercarlos y aniquilarlos
en San Salvador. Seguro de la victoria, el Alto Mando ordenó
el asesinato de los padres jesuitas. Sabían bien que,
al final de una guerra, nadie discutía a los vencedores
los medios empleados para obtener la victoria.
Al día siguiente de a masacre, los presidentes de los
Comités de Apropiaciones del Senado y de la Cámara
de Representantes de los Estados Unidos amenazaron con recortar
la ayuda militar al gobierno. El 17 de noviembre, El Salvador
era ya noticia de primera plana en todo el mundo.
Cuatro días después se produjo otro acontecimiento
de gran impacto internacional: la guerrilla incursionó
en las zonas más acomodadas y exclusivas de la ciudad
y se tomó el Hotel Sheraton, en la colonia Escalón.
En el hotel estaban 12 "boinas verdes" del Sétimo
Grupo de Fuerzas Especiales de los Estaos Unidos: La situación
estaba al rojo vivo. El presidente Bush envió de inmediato
una unidad de comandos de Fuerza Delta, entrenada para realizar
operaciones de rescate, y estuvo a punto de producir un enfrentamiento
militar de consecuencias políticas irreversibles.
Tres días después del episodio del Sheraton,
en la madrugada del sábado 25 de noviembre, la situación
pasó a otro escalón de implicaciones internacionales,
cuando se estrelló, en el oriente del país,
un avión Cessna 310 que transportaba 25 misiles antiaéreos,
la mayor parte del tipo SAM 7, de diseño soviético,
destinados a las unidades militares del FMLN. El mismo día,
otro avión con el mismo tipo de armas antiaéreas
logró aterrizar cerca de la ciudad de Zacatecoluca,
a sólo 30 kilómetros de San Salvador.
Al día siguiente, El Salvador rompió relaciones
con Nicaragua y suspendió la reunión cumbre
de presidentes centroamericanos, programada para el 18 de
diciembre.
En este contexto se produjo una reunión casi secreta,
que fue decisiva para el inicio de las negociaciones de paz.
En la mañana del 6 de diciembre, en la ciudad de Montreal,
Ana Guadalupe Martínez y Salvador Samayoa se reunieron
con Álvaro de Soto y solicitaron la intervención
de las Naciones Unidas.
Dos días después, el Secretario general solicitó
a los Estados Unidos y a la Unión Soviética
su anuencia para una intermediación diplomática
en la situación de El Salvador. Los soviéticos
respondieron de inmediato. Estados Unidos respondió
el 12 de enero del 90, esperando la conclusi´ón
de su intervención militar en Panamá.
Entre enero y abril de 1990, se realizaron intensas y complicadas
negociaciones hasta llegar a la firma, el 4 de abril, del
Acuerdo de Ginebra, que serviría de marco al proceso
de paz. En los 21 meses comprendidos entre abril de 1990 y
enero de 1992, se produjeron unas 20 rondas de negociaciones
directas entre las comisiones del gobierno y el FMLN. A la
medianoche del 31 de diciembre de 1991, en la ciudad de Nueva
York, terminamos las negociaciones. Solo quedó pendiente
el calendario de ejecución de los acuerdos y la ceremonia
oficial.
Aquellos fueron momentos de alegría, pero también
de duda y soledad. Una cierta pesadumbre por lo que se había
perdido de manera irrecuperable predominaba sobre la satisfacción
de lo que se había logrado, de manera todavía
incierta. Era el momento de saldar todas las cuentas y enfrentarse
con el resultado de doce años de intensa y sacrificada
lucha. Para los negociadores, era el momento de saber si había
valido la pena el esfuerzo. Para el país, esta es ahora
una reflexión todavía inconclusa.
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