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DECLARACION
DEL SECRETARIO GENERAL DE LAS NACIONES UNIDAS EN LA CEREMONIA
DE FIRMA DEL ACUERDO DE PAZ DE EL SALVADOR
Ciudad de México, jueves 16 de enero de 1992
Excelentísimos Señores,
Señoras y Señores,
La larga noche de El Salvador está llegando a su fin.
Los acuerdos cuya firma estamos a punto de atestiguar anuncian
una nueva era para un país profundamente perturbado,
asolado por la violencia y los sufrimientos durante más
de diez años. Es ésta una ocasión para
alegrarse y para celebrar ya que una nación desgarrada
contempla las esperanzas de paz y los retos de la reconciliación
y la reconstrucción.
Hace veinticuatro meses solicitaron a mi predecesor, Javier
Pérez de Cuéllar, quien lamentablemente no ha
podido estar con nosotros hoy, que ejerciera sus buenos oficios
para reunir al gobierno de El Salvador y el Frente Farabundo
Martí para la Liberación Nacional (FMLN), y
los asistiera en un esfuerzo de negociación continuo
e ininterrumpido. El propósito era terminar el conflicto
armado por medios políticos, fomentar la democratización
del país, garantizar un respeto ilimitado de los derechos
humanos y reunificar a la sociedad salvadoreña. El
marco del proceso de negociación que siguió
establecía un activo papel de buenos oficios para el
Secretario General y su representante, como intermediario
y como participante en las reuniones directas de las partes.
Las partes convinieron en una agenda amplia que abarcaba toda
la gama de la problemática salvadoreña.
La agenda incluía a las fuerzas armadas, los derechos
humanos, los sistemas judicial y electoral, la reforma constitucional,
las cuestiones económicas y sociales, la reintegración
en la sociedad de los miembros del FMLN y la verificación
a cargo de las Naciones Unidas. Muy pronto fue evidente que
la paz no sería posible sin haber abordado todas estas
cuestiones honradamente y con el deseo de lograr los cambios
de largo alcance necesarios para asegurar que una vez que
el conflicto armado hubiera cesado, no habría motivos
para que se reanudara.
Estas negociaciones fueron acosadas por los sectores estridentes
que se oponían a la idea misma de una solución
negociada, y abrumadas por el escepticismo de un pueblo casi
acostumbrado a la guerra. La clave de su éxito fue
precisamente la voluntad de establecer esos cambios. El acuerdo
de paz que está a punto de ser firmado es el logro
que remata ese largo y arduo camino. Ha sido un proceso difícil,
minucioso, paso a paso, en el que ambas partes, así
como las Naciones Unidas, se han esforzado por mantener informados
y, por ende, involucrados, a una variedad de partidos políticos
y otras entidades representativas.
El acuerdo de paz debe ser visto junto con los Acuerdos que
fueron alcanzados en San José, México y Nueva
York en julio de 1990, abril de 1991 y septiembre de 1991
respectivamente. No es exagerado decir que en conjunto y habida
cuenta de su amplitud y su alcance, estos acuerdos causarán
una revolución lograda por la negociación. Se
dará a las fuerzas armadas un papel claramente subordinado
a las autoridades civiles, proporcionado a sus responsabilidades
como se redefinen en la nueva Constitución. Las fuerzas
armadas se modernizarán, reformarán y reestructurarán
en consecuencia. El poder judicial será reformado y
reforzado y se fortalecerá su independencia con la
disposición de que un porcentaje del presupuesto de
la nación sea automáticamente asignado a él.
En el Tribunal Electoral participarán personas que
no estén afiliadas a ningún partido político
y el sistema será revisado para hacerlo más
confiable que antes. Se han acordado principios y directrices
en lo que respecta a las cuestiones económicas y sociales,
incluso aquellas relativas a la tierra, y se han establecido
mecanismos para el seguimiento de estos asuntos. Además,
las partes han convenido en crear la Comisión sobre
la Verdad, cuyos miembros fueron designados por mi predecesor.
Esta comisión se encargará de la tarea, esencial
para la reconciliación, de descubrir la verdad en lo
que respecta a los actos de violencia más infames de
la década pasada. El Acuerdo de Nueva York del pasado
mes de septiembre también dispuso la creación
de una Comisión Nacional para la Consolidación
de la Paz, COPAZ, la cual ya está funcionando y habrá
de desempeñar un papel prominente en la próxima
transición.
Saludo al gobierno de El Salvador y de manera particular al
Presidente Cristiani por su cordura y su clarividencia. Y
también rindo homenaje al FMLN por su imaginación
política. Un nuevo y mucho mejor El Salvador surgirá
de estos acuerdos cuya aplicación pondrá fin
al conflicto armado salvadoreño.
Para
las Naciones Unidas, la participación en esta empresa
ha sido urna experiencia que ha abierto nuevos horizontes,
no sólo porque tradicionalmente la organización
Mundial no había desempeñado un papel en esta
región sino también por la naturaleza de su
involucración. Aunque es indudable que el conflicto
armado de El Salvador tiene una dimensión internacional,
es primordial y definitivamente un conflicto interno y, por
ello, no suele ser la clase de problema en que las Naciones
Unidas intervienen. Sin embargo, la petición personal
del Presidente Cristiani, el respaldo del Consejo de Seguridad
y de la Asamblea General al proceso de paz en América
Central, y específicamente al papel de buenos oficios
del Secretario General en apoyo del mismo, arrojan una luz
nueva y diferente sobre este asunto.
Así
las Naciones Unidas, con el apoyo de sus miembros, fue invitada
a desempeñar un papel novedoso en la solución
de un conflicto, al parecer inabordable, en un Estado miembro.
Desde el comienzo de esta negociación las partes convinieron
en encomendar a las Naciones Unidas la responsabilidad de
verificar la aplicación de los acuerdos que habían
celebrado.
El
próximo período, ahora que la negociación
de fondo como tal ha llegado a su fin, será también
de innovación para las Naciones Unidas. Desde que la
ONUSAL empezó a vigilar los derechos humanos, la organización
pisó terreno virgen. Las responsabilidades ampliadas
de la ONUSAL, aprobadas en esta misma semana por el Consejo
de Seguridad, son una medida ambiciosa de la comunidad internacional
para apoyar el esfuerzo de los salvadoreños y, por
ende, de los centroamericanos en general, a fin de romper
el ciclo de pobreza y violencia y avanzar decididamente hacia
el desarrollo, la democracia y la paz. Ahora se abre ante
El Salvador una nueva era de oportunidades.
De
nuestra participación en situaciones que han provocado
conflictos internos, o problemas de derechos humanos, hemos
aprendido que a menudo hay un substrato de dificultades en
lo que respecta a la participación política
y la equidad económica. Hemos visto que las demandas
opuestas de acceso a los recursos nacionales escasos pueden
llevar a graves problemas. Hemos visto que las percepciones
diferentes de la seguridad nacional pueden fomentar disturbios
y conflictos internamente.
Lo
que esto nos enseña es que las estrategias nacionales
de gobierno deben establecerse con la participación
de diferentes sectores de la sociedad; que el objetivo central
de toda empresa gubernamental debe ser el acrecentamiento
del bienestar del pueblo en general; que debe haber cauces
para que la gente comunique sus dificultades y busque remediarlas;
y que todas las sociedades deben procurar constantemente esforzarse
por realizar los preceptos de la Declaración universal
de los Derechos Humanos.
Esta
Declaración abraza un concepto de los derechos humanos
que vincula los derechos económicos, sociales y culturales
en una relación interdependiente e indivisible con
los derechos civiles y políticos. Sólo con estas
estrategias orientadas al pueblo podemos esperar reducir las
raíces del conflicto.
La implantación de estrategias de gobierno tendientes
a acrecentar la dignidad y el bienestar de los hombres sólo
puede ocurrir en un clima de democracia genuina, imperio de
la ley y respeto de los derechos humanos. La democracia permite
identificar y destilar la voluntad del pueblo; el imperio
de la ley refrena el ejercicio arbitrario del poder; y el
respeto de los derechos humanos permite a cada cual desarrollarse
y florecer en la medida de su personalidad. Desde estos puntos
de vista, los acuerdos de hoy son una ocasión para
congratular al pueblo salvadoreño.
Cuando
vemos a una sociedad como la de El Salvador decidida conscientemente
a fortalecer sus instituciones de libertad y gobierno civil,
podemos percibir la necesidad de que la comunidad internacional
demuestre su solidaridad y su apoyo. Esto es una cuestión
de principio; pues el imperio del principio que queremos reivindicar
internamente también debe ser defendido internacionalmente.
Por imperio del principio quiero decir que todas las partes
de la comunidad mundial deben preocuparse por el bienestar
de la humanidad en conjunto; que las políticas y estrategias
que se persigan internacionalmente deben promover los intereses
de todos los países y todos los pueblos; que la comunidad
internacional no puede tolerar que continúe una situación
en la que una pequeña parte del mundo vive en la abundancia
mientras que la mayoría de la población mundial
vive en la privación; que las medidas urgentes de reajuste
estructural que son necesarias en las sociedades nacionales
también se necesitan con apremio internacionalmente.
Los
nuevos retos que plantean el establecimiento, el mantenimiento
y el fortalecimiento de la paz en nuestros tiempos hacen necesario
que demos más atención a los nexos entre los
aspectos internacionales e internos de la seguridad, al cumplimiento
de los principios de legitimidad, democracia e imperio de
la ley en el manejo de los asuntos internacionales y nacionales,
y a las interrelaciones que hay entre la paz, el desarrollo
y la libertad.
Excelentísimos
Señores,
Señoras y Señores,
Cuando las partes firmaron el acuerdo de Ginebra que estableció
el marco para este proceso, dispusieron que el Secretario
General, a su discreción, pudiera mantener relaciones
confidenciales con los gobiernos de los Estados Miembros de
las Naciones Unidas, o con grupos de ellos que pudieran contribuir
al buen éxito del proceso mediante su consejo y su
apoyo. Mi predecesor consultó con algunos gobiernos
en este marco.
Sin embargo, lo hizo de manera especial con un grupo de gobiernos
que vinieron a ser llamados "amigos del Secretario General",
a saber: los de Colombia, México, España y Venezuela.
La presencia aquí de los presidentes de esos países
es verdaderamente apropiada. Las partes decidieron proceder
a la firma formal de este acuerdo de paz en México,
país que en muchas ocasiones ha albergado y ha proporcionado
otras formas inestimables de apoyo a la negociación.
Deseo agradecer especialmente al Presidente Salinas de Gortari
su apoyo y su aliento constantes.
Tal como mi predecesor lo hizo antes, yo y mi representante
personal seguiremos contando con el consejo y el apoyo de
estos y otros amigos durante el período venidero. Además,
he comenzado a explorar, con otros gobiernos, la posibilidad
de que se involucren más en los esfuerzos para apoyar
la fase de implantación de los acuerdos y reconstrucción
que El Salvador está a punto de iniciar. El Salvador
no debe ser olvidado ahora, cuando la paz está a punto
de brotar.
Excelentísimos
Señores,
Señoras y Señores,
Invito ahora a los representantes del gobierno de El Salvador
y a los del Frente Farabundo Martí para la Liberación
Nacional a que firmen el Acuerdo de Paz.
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