Tomando
la palabra
Es cuestión de
actitud y liderazgo
Ricardo
Rivas
Dicen
los economistas que para que el país
supere el problema de la pobreza, debe crecer a
tasas de por lo menos 6% anual durante un
montón de años; por hoy, la
expectativa nos sobrepasa
y vaya si se
nota. No cabe duda de que El Salvador es un
país espectacular; sin embargo, su
pobreza abofetea a cualquiera por donde pase. Es
cierto que el país tiene una
dinámica multiforme y compleja, pero
igualmente cierto es que nada debería ser
tan prioritario en la agenda nacional, como el
compromiso por combatir esta tremenda realidad
que subyuga nuestra dignidad como nación.
Es cuestión de actitud y liderazgo.
Venimos de una sangrienta experiencia a la
que ningún salvadoreño, en su sano
juicio, quisiera regresar. Los costos de la
guerra no han sido puramente económicos.
Aparejadas a una cultura desenfrenada por el
consumismo, hoy acarreamos secuelas profundas
que parecen adormecer nuestra sensibilidad a la
desgarradora realidad que nos rodea. Y es que la
locura del conflicto no sólo
truncó muchas vidas, sueños y
esperanzas, también nos divorció
de nuestro pasado histórico y
diezmó -con la complicidad de quienes se
empeñaron en "vender" como nefasto todo
el pasado de la nación- la identidad
cívica y cultural que tanto
carácter y dignidad le imprimen a una
sociedad.
Aquí no se trata de eufemismos ni
filantropías de panfleto; tampoco de
admoniciones farisaicas ni discursos currutacos
que de poco o nada sirven. Hablamos de
situaciones concretas que requieren actitudes
igualmente concretas. Basta revisar los
indicadores sociales con los que sobreviven
muchos de nuestros compatriotas, como para
ponernos a pensar por dónde
deberían andar las prioridades de nuestro
cuerpo social.
El país tiene futuro, lo que no nos
sobra es tiempo. Tampoco tenemos un liderazgo
sólido que empuje con fuerza y con rumbo,
que contagie y comprometa; si lo existe, pocos
lo perciben. Casi a diario escuchamos que se
discuten planes y propuestas, comisiones y
estudios aparecen por doquier, programas a favor
de esto y en contra de lo otro llenan los
espacios informativos; pero de nuevo, la
capacidad de aglutinar, conducir y liderear
acciones al ritmo y con la magnitud que la
coyuntura demanda parece limitada e
insuficiente. Las negociaciones, las "puestas de
acuerdo", los debates y demás
intríngulis públicos flotan
suspendidos en la nebulosa de la burbuja
política y se divorcian de las realidades
precisas de la gente. Por todo esto, hay
pesimismo y desesperanza.
Paradójicamente, existen otras
condiciones igualmente objetivas que, aunque
circunstancialmente se perciban vagas y difusas,
en la práctica -y si se aprovechan
inteligentemente&emdash; pondrían al
país en condiciones de despegar
más rápido aún, que la
mayoría de nuestros vecinos. Y es que, a
pesar de los ciclos de bajo crecimiento que se
vienen experimentando desde 1998 como resultado
de trastornos externos e internos, aún
manejamos factores importantes que nos permiten
generar un optimismo con fundamento. El Salvador
está aumentado la demanda de sus
exportaciones, la remesa familiar crecerá
a más de US$1,500 millones para este
año y el país cuenta con reservas
internacionales netas cercanas al orden de los
US$ 2,000 millones. Además, se espera un
impacto positivo de la ICC que se traduzca en
aproximadamente 14,000 nuevos empleos anuales
(70,010 en 5 años), nuevas inversiones
por el orden de los US$ 70 millones al
año (US$ 350 millones en el quinquenio) y
un significativo aumento de nuevas exportaciones
en maquila.
Por otra parte, la sociedad como tal ha
producido insumos interesantísimos que
representan esfuerzos serios y responsables por
parte de sus gestores; dos de ellos, "El Plan de
Nación" y el documento "Lineamientos para
una estrategia de desarrollo rural", del
Comité para el Desarrollo Rural (CDR)
implican, además, importantes niveles de
consenso obtenidos gracias al aporte de personas
e instituciones que, manejando visiones
distintas pero coincidiendo en el ánimo
de construir, tuvieron la capacidad de encontrar
puntos suficientes de coincidencia como para
elaborar estos valiosos manuales de desarrollo.
Adicionalmente, las propuestas de FUSADES y
ANEP, así como el programa de "La Nueva
Alianza", completan suficientemente la
visión del país que tenemos y del
país que queremos. Hay seriedad
reconocida en los datos, las propuestas y en sus
autores. Falta ahora, el liderazgo que aglutine,
motive, concrete y dé rumbo.