- Tema para
meditar
- Una carta a don
Eduardo
- Carlos
Mayora Re*
Transcribo
una carta publicada recientemente en una revista
universitaria, me ha parecido un testimonio muy
bueno, y a pesar de ser un poco larga, deseo
compartirla con los lectores. Fue escrita por un
hombre enfermo a un médico
(también enfermo) que acababa de ser
entrevistado en un periódico
español, los dos estaban desahuciados y
esperaban la muerte. La carta dice
así:
"Amigo Eduardo Ortiz:
"Le llamo amigo aunque no nos conocemos
(
). Le escribo diciendo que no nos
conocemos porque sólo nos hemos visto una
vez, hace casi 20 años; soy uno de los
500,000 enfermos que usted dice [en la
entrevista] que ha visitado.
"Me llamo Antonio Fernández. Era
funcionario en una ciudad pequeña. Ahora
no soy nada, un jubilado por el cáncer
que, como usted, espera la muerte: en mi caso
con miedo.
"Entre los dos, hay grandes diferencias:
usted es 'religioso y apolítico', yo
'político y arreligioso'; usted habla de
la muerte sin tristeza, yo con miedo; usted dice
que ha intentado pasar por la vida haciendo el
bien que ha podido, yo he intentado pasar la
vida olvidando que se puede hacer el bien; usted
cree en el cielo, a mí, ahora, me
gustaría creer. Antes consideré
que no era cuestión mía.
"¿Por qué le escribo esta carta?
Una hermana mía, monja (
) me
mandó el diario y pude leer su 'mensaje a
los que se mueren'. Después de leerlo,
pensando en su cáncer y en el mío
(en esto nos parecemos) me entró
también un deseo grande de ir
también a un cielo en el que no creo.
"Me he confesado. Hacía 20 años
que no lo hacía. La última vez,
después de la visita al doctor Eduardo
Ortiz. Entre las medicinas que me dio estaba el
que me confesara. Como enfermo y miedoso lo
hice; pero me puse bueno y me olvidé de
todo.
"Hace una semana, después de darle
vueltas a su mensaje, llamé al cura. Me
ha dicho que estoy perdonado. Yo le he dicho que
me arrepiento para siempre (posiblemente porque
no volveré a estar bueno).
¿Qué me pasa que ya no puedo
escribir a mano y muy mal a máquina?
También le he dicho que no tengo fe, ni
creo en el cielo. Y el cura me dice que tenga
paciencia y que rece a un sacerdote que
está en el cielo, y que fue muy amigo del
doctor Eduardo Ortiz.
"Usted tiene 73 años, yo 37. La edad
no importa: a los dos nos queda poco para ir al
otro mundo: a usted se lo han dicho 'con
claridad y caridad', a mí de 'modo
confuso y sin caridad'.
"Le escribo esta carta porque me parece que
con ella hago el 'primer bien de mi vida a un
amigo'. Si yo recibiese de un enfermo esta carta
me alegraría al saber que realmente a
alguien 'he hecho bien'
, seguramente
porque yo no soy como usted; soy vanidoso.
"Doctor, si el cielo existe y usted va al
cielo, no deje que yo no vaya aunque, aún
entonces, no crea.
"Gracias, doctor por su mensaje".
La carta fue escrita el 8 de diciembre de
1983. El doctor Eduardo Ortiz de
Landázuri murió, de cáncer,
en 1985. No sabemos quién fue Antonio
Fernández, pero por lo que él
mismo nos dice, parece ser un hombre joven,
descreído, a quien se le dio a conocer un
diagnóstico que hizo añicos su
concepción de la vida (y de la
muerte).
Don Eduardo era un médico excepcional,
tanto desde el punto de vista profesional como
desde la perspectiva de su gran categoría
humana, como atestigua alguien que le
conoció: "Como médico su fama se
extendió por toda España (
).
Su ciencia, su extraordinaria experiencia
clínica y su amor por los enfermos eran
un imán poderoso para personas
diversísimas". Trabajó muchos
años en Pamplona, al norte de
España, y fue pieza clave en la
fundación y desarrollo de la Facultad de
Medicina de la Universidad de Navarra, maestro
de médicos y trabajador incansable.
Lo más impresionante de la carta, a mi
juicio, no es conocer a su destinatario, o hacer
consideraciones acerca de su modo ejemplar de
tratar a sus pacientes, sino ponderar
cómo &emdash;en la vida real&emdash;, se
puede constatar que una moral de los instintos,
de actuaciones sin reglas, sirve sólo
para el momento de la salud, del placer, del
bienestar; pero nos deja a la intemperie durante
el dolor, la desgracia y la enfermedad. Y que,
en cambio, una moral afincada en la verdad sobre
el hombre (que no descarta por principio su
dependencia de Dios ni la dimensión
trascendente de las personas), es la
única que puede explicar de algún
modo el inconmensurable misterio del dolor.