Sábado 4 de noviembre


Tema para meditar
Una carta a don Eduardo
Carlos Mayora Re*

Transcribo una carta publicada recientemente en una revista universitaria, me ha parecido un testimonio muy bueno, y a pesar de ser un poco larga, deseo compartirla con los lectores. Fue escrita por un hombre enfermo a un médico (también enfermo) que acababa de ser entrevistado en un periódico español, los dos estaban desahuciados y esperaban la muerte. La carta dice así:

"Amigo Eduardo Ortiz:

"Le llamo amigo aunque no nos conocemos (…). Le escribo diciendo que no nos conocemos porque sólo nos hemos visto una vez, hace casi 20 años; soy uno de los 500,000 enfermos que usted dice [en la entrevista] que ha visitado.

"Me llamo Antonio Fernández. Era funcionario en una ciudad pequeña. Ahora no soy nada, un jubilado por el cáncer que, como usted, espera la muerte: en mi caso con miedo.

"Entre los dos, hay grandes diferencias: usted es 'religioso y apolítico', yo 'político y arreligioso'; usted habla de la muerte sin tristeza, yo con miedo; usted dice que ha intentado pasar por la vida haciendo el bien que ha podido, yo he intentado pasar la vida olvidando que se puede hacer el bien; usted cree en el cielo, a mí, ahora, me gustaría creer. Antes consideré que no era cuestión mía.

"¿Por qué le escribo esta carta? Una hermana mía, monja (…) me mandó el diario y pude leer su 'mensaje a los que se mueren'. Después de leerlo, pensando en su cáncer y en el mío (en esto nos parecemos) me entró también un deseo grande de ir también a un cielo en el que no creo.

"Me he confesado. Hacía 20 años que no lo hacía. La última vez, después de la visita al doctor Eduardo Ortiz. Entre las medicinas que me dio estaba el que me confesara. Como enfermo y miedoso lo hice; pero me puse bueno y me olvidé de todo.

"Hace una semana, después de darle vueltas a su mensaje, llamé al cura. Me ha dicho que estoy perdonado. Yo le he dicho que me arrepiento para siempre (posiblemente porque no volveré a estar bueno). ¿Qué me pasa que ya no puedo escribir a mano y muy mal a máquina? También le he dicho que no tengo fe, ni creo en el cielo. Y el cura me dice que tenga paciencia y que rece a un sacerdote que está en el cielo, y que fue muy amigo del doctor Eduardo Ortiz.

"Usted tiene 73 años, yo 37. La edad no importa: a los dos nos queda poco para ir al otro mundo: a usted se lo han dicho 'con claridad y caridad', a mí de 'modo confuso y sin caridad'.

"Le escribo esta carta porque me parece que con ella hago el 'primer bien de mi vida a un amigo'. Si yo recibiese de un enfermo esta carta me alegraría al saber que realmente a alguien 'he hecho bien'…, seguramente porque yo no soy como usted; soy vanidoso.

"Doctor, si el cielo existe y usted va al cielo, no deje que yo no vaya aunque, aún entonces, no crea.

"Gracias, doctor por su mensaje".

La carta fue escrita el 8 de diciembre de 1983. El doctor Eduardo Ortiz de Landázuri murió, de cáncer, en 1985. No sabemos quién fue Antonio Fernández, pero por lo que él mismo nos dice, parece ser un hombre joven, descreído, a quien se le dio a conocer un diagnóstico que hizo añicos su concepción de la vida (y de la muerte).

Don Eduardo era un médico excepcional, tanto desde el punto de vista profesional como desde la perspectiva de su gran categoría humana, como atestigua alguien que le conoció: "Como médico su fama se extendió por toda España (…). Su ciencia, su extraordinaria experiencia clínica y su amor por los enfermos eran un imán poderoso para personas diversísimas". Trabajó muchos años en Pamplona, al norte de España, y fue pieza clave en la fundación y desarrollo de la Facultad de Medicina de la Universidad de Navarra, maestro de médicos y trabajador incansable.

Lo más impresionante de la carta, a mi juicio, no es conocer a su destinatario, o hacer consideraciones acerca de su modo ejemplar de tratar a sus pacientes, sino ponderar cómo &emdash;en la vida real&emdash;, se puede constatar que una moral de los instintos, de actuaciones sin reglas, sirve sólo para el momento de la salud, del placer, del bienestar; pero nos deja a la intemperie durante el dolor, la desgracia y la enfermedad. Y que, en cambio, una moral afincada en la verdad sobre el hombre (que no descarta por principio su dependencia de Dios ni la dimensión trascendente de las personas), es la única que puede explicar de algún modo el inconmensurable misterio del dolor.


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