Domingo 17 de octubre





















Evangelio para domingo

Mt. 22, 15-21

Dad al César lo que le pertenece

Los fariseos se movieron para ver juntos el modo de atrapar a Jesús en sus propias palabras. Le enviaron, pues, discípulos suyos junto con algunos partidarios de Herodes a decirle: "Maestro, sabemos que eres honrado y que enseñas con sinceridad el camino de Dios. No te preocupas por quién te escucha ni te dejas influenciar por nadie. Danos, pues, tu parecer: ¿Está contra la ley para el impuesto al César? ¿Debemos pagarlo o no?".

Jesús se dio cuenta de sus malas intenciones y les contestó: "¡Hipócritas! ¿Por qué me ponen trampas? Muéstrenme la moneda que se les cobra". Y ellos le mostraron un denario.

Entonces Jesús preguntó: "¿De quién es esta cara y el nombre que lleva escrito?".

Contestaron: "Del César".

Jesús les replicó: "Devuelvan, pues, al César las cosas del César y a Dios lo que corresponde a Dios".

Jesús: Claridad y propiedad de respuesta

"Un nuevo pasaje para meditar…"

Ahora Mateo cambia la escena: El pasaje que hoy se nos presenta está encuadrado en una serie de trampas que le pusieron a Jesús los distintos grupos religiosos de su tiempo.

Los confrontados, en las parábolas anteriores, pasan al ataque presentándole a Jesús cosas espinosas. Le introducen en un primer lugar en el terreno de la política. Buen terreno para que él resbalase y pudiese ser atacado y acusado entre las autoridades. En fin, los fariseos buscan el modo de comprometer a Jesús en sus palabras, con el fin de hallar un motivo para acusarlo…

"Sabemos que Tú dices la verdad…"

En aquel tiempo, la mayor alabanza que podía hacerse de un maestro consistía en decir que era veraz y fiel en la interpretación de la Ley y que se comportaba libremente en su trato con las personas. Sin embargo, aquí este recurso, más bien, es un medio mal intencionado que pretende hacer caer a Jesús en una trampa: Trampa porque si respondía de un modo le iría mal y si respondía de otro también…

Jesús, inmediatamente se da cuenta y no tarda en ponerlos en evidencia; les contesta iluminándolos, resolviendo la inquietud presentada; además hace que los mismos que han formulado la pregunta queden implicados en la respuesta.

La respuesta de Jesús está compuesta de ironía y poder de convicción; tiene el carácter de argumento irrefutable… ¡Se libera magistralmente de la trampa!

"A Dios lo que es de Dios…"

Diversas y a veces divergentes son las interpretaciones dadas a la célebre frase-respuesta de Jesús a aquellos que querían hacerle una mala jugada.

Jesús responde sin perder su cordura, pero con ironía, como queriéndoles decir: "sólo cuando hay que pagar impuestos sacan los problemas de su conciencia…".

Jesús habla con absoluta libertad. Como quien está por encima de esas cuestiones. No tiene el menor inconveniente en conceder a los señores terrenos lo que les pertenece. Pero, en esta cuestión, como en tantas otras conviene que las cosas queden claras y en su sitio.

La verdadera cuestión es que los interlocutores de Jesús querían escaparse de las exigencias de Dios que Jesús les predicaba. Salir de ellas trasladando el problema al terreno político para acusar a Jesús de enemistad con el César fue calificado entonces de "hipocresía". Lo fue entonces y lo será siempre. Es una buena acción de Jesús ante aquellos que pretenden buscar el "camino" de Dios cuando, en realidad, rechazan el único camino de Dios: Jesús con su evangelio.

"Y nosotros…"

Las palabras de Jesús reclaman nuestra reflexión sobre uno de los problemas más importantes y cruciales de todo aquel que hoy pretende ser su seguidor. Él vino a predicar el Reino: esta es la realidad fundamental y discriminante. De frente a este anuncio todo pasa a segundo plano.

Las palabras de Jesús no son simplemente una ingeniosa salida para no comprometerse, sino que se trata de una enseñanza que sigue siendo actual y sirve de guía en los posibles conflictos -que siempre existirán- entre lo religioso y lo político, entre lo material y lo espiritual.

Jesús se centra en el concepto justo de dependencia de Dios y, por lo mismo, de la justa libertad ante el Estado. Además, todo poder político, de aquel tiempo o de éste, no puede apropiarse derechos que sólo competen a Dios…

La fe en Jesús, vista integralmente, lejos de sugerir resignación o evasión al confrontar las tareas terrenas del ser humano, ayuda al creyente a asumir las propias responsabilidades en el alcance de los objetivos que se imponen a la conciencia moderna. No existen dos esperanzas, una terrena y otra celestial, la esperanza es una sola: mira a la realidad futura, pero, a través del empeño diario, la anticipa en la realidad terrena.

El discípulo actual de Jesús no debe marginarse de la realidad de este mundo, sino transformarlo desde dentro, cuyo fin sea la promoción de la comunidad humana en el seno de una unidad siempre fraterna.

Si queremos humanizar más nuestra reflexión podemos afirmar que hay un criterio derivado del mensaje de Jesús: "lo que tiene imagen de Dios es de Dios y merece que lo respetemos como algo sagrado"…

P. Sixto Alfonso Flores, S.d.b.


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