- Respuesta
a un académico (III)
- Nada suple al
documento
- Carlos
Sandoval
En
la nota "Un país sin historia" (EDH,
20-09-99), decía que los documentos "son
la base sobre la que el historiador inicia su
investigación y construye su relato sobre
el pasado, además de ser el criterio al
que acudirá para demostrar la verdad de
los acontecimientos y la interpretación
ofrecida en el mismo". Al tratar de refutar lo
anterior, el Dr. Jorge Arias Gómez dice
en su artículo, "Reflexiones sobre
nuestra historia", que "esto debe ser tratado
con cautela por cualquier investigador que se
repute de responsable y serio". Tras asegurar
que no se deben convertir los documentos en
fetiches, concluye con la siguiente advertencia:
"Me reduzco a recordarle que en el transcurso de
los últimos cien años, y
principalmente, desde los veinte, hay nuevas
escuelas con métodos de
investigación histórica que han
roto con los tradicionales". Yo no quisiera
interpretar estas palabras en el sentido de que
los nuevos métodos han roto con las
fuentes y pruebas documentales, porque esto
constituiría una herejía
histórica. Un académico del
prestigio del Dr. Arias Gómez no
podría cometer semejante pecado cultural.
Tal vez se trate de un simple "lapsus
cálami". O, a lo mejor, de un
malentendido de mi parte.
Pero cualquiera que sea la
interpretación a sus palabras, es
necesario insistir en que nada suple a los
documentos. Los documentos no son, ciertamente,
fetiches, pero son "reliquias", vestigios del
pasado, objetos que constituyen la materia prima
del historiador, como el cacao del chocolate, la
uva del vino y el maíz de las tortillas.
La pretensión de restarle valor a los
documentos sería tan absurda como querer
sustituir un cuadro original por una copia -por
muy buena que sea- en la historia de la pintura.
Las que sí han progresado en los
últimos años son las ciencias
auxiliares y la crítica histórica.
Ambas forman parte de la metodología de
la investigación histórica. El
fetichismo de los documentos, que tanto preocupa
al Dr. Arias Gómez, se disipa si tomamos
en cuenta a las ciencias auxiliares y la
crítica histórica previa.
Ningún documento debe verse con
veneración, pues todos están
sujetos al análisis, la evaluación
y la crítica. El historiador que crea que
tiene poderes mágicos está
descalificado de antemano para escribir relatos.
La historia es una ciencia porque se atiene a
los hechos.
Las ciencias auxiliares, según Luis
Coronas Tejada (Didáctica de la
Historia), ayudan a ampliar la visión de
las fuentes históricas. Entre estas
ciencias se pueden mencionar a la
Economía, la Sociología y la
Psicología. También tienen mucha
importancia la Paleografía, o ciencia que
estudia el conocimiento y la
interpretación de escrituras antiguas con
soporte en un material blando (pergamino, cera,
papiro, papel, etc.) y la Diplomática, o
el estudio científico de la autenticidad
de los documentos. Además están la
Epigrafía, la Numismática, la
Genealogía, la Heráldica, la
Estadística, la Demografía, la
Toponimia, la Paleontología, la
Etnología, etc. Sus nuevas
técnicas han ayudado a verificar
más certeramente la autenticidad de las
fuentes de la historia, sean escritas, orales o
plásticas. Pero las fuentes
históricas no se pueden sustituir, a no
ser que se incurra en falsificaciones e
interpolaciones. La escritura es la que
más delata las piraterías de
documentos, pero un perito en Paleografía
puede detectar fácilmente que una o
varias letras no corresponden al período
que parecía indicar el documento.
Por su parte, la crítica
histórica tiene dos aspectos: la externa
y la interna. La externa se encarga de comprobar
la autenticidad de la fuente y para ello se
sirve de las ciencias auxiliares mencionadas
anteriormente. La Paleografía y la
Filología, por ejemplo, pueden ayudar al
historiador a descubrir interpolaciones o
falsificaciones en la escritura y a identificar
palabras, expresiones, modismos que no
corresponden a la época del documento. Y
la crítica interna se encarga de
comprobar la autoridad de una fuente,
desentrañar todo su valor. Por ejemplo,
desentrañar el valor del Acta de
Independencia o comprobar si Manuel José
Arce dice toda la verdad en sus "Memorias". El
historiador analiza, compara e interpreta los
documentos.
El Dr. Arias Gómez dice que sí
tenemos documentos y que éstos
están en los archivos, bibliotecas y
museos. Claro que ahí están los
documentos, pero, lamentablemente, en nuestro
caso, permanecen inéditos. Esto dificulta
que sean accesibles a los historiadores. Nos
imaginamos el esfuerzo mayúsculo que
tendría que hacer un historiador tener
que trasladarse a España, Italia,
Inglaterra, Estados Unidos de América,
México, Guatemala, Costa Rica y otros
países para escribir sobre una
época de nuestra historia, cuando eso lo
podría hacer fácilmente por medio
de una Colección de Documentos.
También, asegura él, que nuestro
Archivo General de la Nación, del Palacio
Nacional, "dispone de fondos documentales,
debidamente clasificados que abarcan 26
colecciones" y que en los sótanos del
Palacio Nacional hay "unos 20 millones de
documentos sin clasificar, en lamentables
condiciones de deterioro". Pero me parece que
éstos no tienen mayor importancia
histórica porque, en su mayoría,
son "documentos administrativos" y lo que le
interesa al historiador son "hechos
históricos".
Por la tradición sé que el
general Maximiliano Hernández
Martínez dijo: "No creo en la Historia,
porque la hacen los hombres". O algo por el
estilo. Y, en cierto sentido, tenía
razón, porque los historiadores, en su
mayoría, no son veraces ni imparciales.
La misma naturaleza humana -egoísta,
individualista, envidiosa y vanidosa- lo
dificulta. Estamos lejos todavía, por
eso, del ideal de Leopoldo von Ranke de que el
historiador sólo debe relatar "lo que
realmente sucedió". El historiador debe
eliminar, en cuanto le sea posible, todo
subjetivismo. De lo contrario, no
tendríamos nunca una historia objetiva,
imparcial y neutral. Ha sido gracias al
perfeccionamiento de las ciencias auxiliares y
de la crítica histórica que la
Historiografía ha alcanzado un mayor
grado de veracidad e imparcialidad. Sin embargo,
todavía subsisten las aberraciones
históricas.