Guayo
Molina
A Guayo lo conocí en el cerro
"Pericón", en el norte de Morazán.
El no estaba allí. Lo que tenía
entre mis manos era un pedazo de
periódico viejo en el que estaba la
noticia de un decapitado y la columna
Guanaquiando.
Por Marvin
Galeas
Eran
los terribles ochentas. Pleno orgasmo de la
guerra fría. No había medias
tintas. Cero arco iris. Epoca de locura
contagiante, paroxismo de las ideologías.
Guerra y muerte. Tenía seis años
de no dormir en una cama y de no tomarme un buen
trago de ron. Y allí estaba esa columna
de Guayo. Un vasito de agua (al menos ).
Me morí de risa. Me había
topado con un tipo, que en medio de tanta
muerte
me enseñaba cómo sacarme un
moco de la nariz. Algunos de esos poetillas
que
nunca faltan lo habrán tildado de
torremarfilista. Los intelectuales comprometidos
lo habrán acusado de no asumir
compromisos. De vestir bien y de tomar vino
tinto sólo para humillar al proletariado
o ¿poetariado?.
Y era cierto. Es de los míos dije yo.
Tengo que salir vivo de esta babosada para
echarme un botella de vino tinto con ese loco
pensé.
La guerra, gracias a Dios, terminó.
Después de casi una década y de un
millón de peripecias en un frente,
salí vivo y coleando. Juré nunca
tocar un arma, jamás incentivar a nadie a
la violencia y de vivir el resto de mi vida con
plenitud. Fue entonces cuando conocí a
Guayo en persona. Estaba
en la barra del bar del viejo tomando una
copa de vino tinto. Minutos después
estábamos en una mesa muertos de la risa,
escanciando un casillero del diablo. Era 1992.
Primer año de la paz. Era mi
celebración particular con uno de los mas
grandes humoristas salvadoreños.
A Guayo, creo, no le importa tu fusil ni el
cañón de tu enemigo. Y no es que
no se entere que hay cosas malas en el mundo,
como los ladrones, los tiranos, las sectas
ideológicas, los buseros y un largo
etcétera. A guayo le duele en el alma los
niños sin pan y los días
tormentosos, pero él anda
siempre su propio sol, su jardín, su
humor y su botella de vino tinto.
Compartir es la palabra.
Este tipo captó al ser
salvadoreño mejor que esos especialistas
en aburrirnos: los sociólogos. Con Guayo
me he partido de la risa en el más fino
bar de Praga o París, o en el más
infame chupadero del barrio Santa Anita.
Gracias, loco, por andar por el mundo regalando
risa.
E-mail: marvingal@usa.net