Jueves 25 de noviembre


Guayo Molina

A Guayo lo conocí en el cerro "Pericón", en el norte de Morazán. El no estaba allí. Lo que tenía entre mis manos era un pedazo de periódico viejo en el que estaba la noticia de un decapitado y la columna Guanaquiando.

Por Marvin Galeas

Eran los terribles ochentas. Pleno orgasmo de la guerra fría. No había medias tintas. Cero arco iris. Epoca de locura contagiante, paroxismo de las ideologías. Guerra y muerte. Tenía seis años de no dormir en una cama y de no tomarme un buen trago de ron. Y allí estaba esa columna de Guayo. Un vasito de agua (al menos ).

Me morí de risa. Me había topado con un tipo, que en medio de tanta muerte

me enseñaba cómo sacarme un moco de la nariz. Algunos de esos poetillas que

nunca faltan lo habrán tildado de torremarfilista. Los intelectuales comprometidos lo habrán acusado de no asumir compromisos. De vestir bien y de tomar vino tinto sólo para humillar al proletariado o ¿poetariado?.

Y era cierto. Es de los míos dije yo. Tengo que salir vivo de esta babosada para echarme un botella de vino tinto con ese loco pensé.

La guerra, gracias a Dios, terminó. Después de casi una década y de un millón de peripecias en un frente, salí vivo y coleando. Juré nunca tocar un arma, jamás incentivar a nadie a la violencia y de vivir el resto de mi vida con plenitud. Fue entonces cuando conocí a Guayo en persona. Estaba

en la barra del bar del viejo tomando una copa de vino tinto. Minutos después estábamos en una mesa muertos de la risa, escanciando un casillero del diablo. Era 1992. Primer año de la paz. Era mi celebración particular con uno de los mas grandes humoristas salvadoreños.

A Guayo, creo, no le importa tu fusil ni el cañón de tu enemigo. Y no es que no se entere que hay cosas malas en el mundo, como los ladrones, los tiranos, las sectas ideológicas, los buseros y un largo etcétera. A guayo le duele en el alma los niños sin pan y los días tormentosos, pero él anda

siempre su propio sol, su jardín, su humor y su botella de vino tinto.

Compartir es la palabra.

Este tipo captó al ser salvadoreño mejor que esos especialistas en aburrirnos: los sociólogos. Con Guayo me he partido de la risa en el más fino bar de Praga o París, o en el más infame chupadero del barrio Santa Anita. Gracias, loco, por andar por el mundo regalando risa.

E-mail: marvingal@usa.net


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