Domingo 21 de noviembre


Analizando
El valor de la verdad en la historia
Por Juan José Dalton

Este es, quizás, uno de los temas más polémicos, no sólo en política, sino en toda la actividad humana. Todos creemos tener una "verdad" y la defendemos con pasión de acuerdo con nuestros intereses particulares. Pero la verdad es una sola, independientemente de nuestras creencias, y se confunde o se sintoniza con la historia, que debiera ser la médula de nuestra identidad.

La verdad es la condición de lo cierto, la materialización de una idea, la ejecución de una acción, por lo tanto, la realización o la destrucción humanas, son verdades y son historia. Es verdad una composición musical, como el incendio de una biblioteca; el nacimiento de una persona o la muerte de un soldado.

En la historia universal, y por tanto, en nuestra historia patria, existen verdades. Muchas las conocemos, otras están desfiguradas y otras, ocultas. Ello por efecto de quienes han tenido la capacidad y el poder de divulgar, escribir e investigar.

La falta de democracia ha afectado mucho al concepto verdad y al concepto historia. Por regla general, el sistema dictatorial que ha prevalecido durante el siglo impuso sus "verdades"; opuestas a ellas estaban las "verdades" de los subversivos, que también han adolecido de incertidumbres.

Así, todas las acciones para escrutar la historia tuvieron sus consecuencias graves. En el pasado, decir la verdad sobre uno u otro acontecimiento daba lugar a una condena: a la cárcel, al exilio o la muerte. Hoy todavía sufrimos las consecuencias, aunque no de aquella naturaleza. Pero ahora nos arriesgamos a la amenaza, a la demanda por difamación, a la censura. Tenemos que romper esa conducta.

Reflexionemos consciente y constructivamente, cada tendencia política, cada grupo social, cada partido, cada institución, cada individuo... Pensemos que los que vivimos la última guerra no quisiéramos que nuestros hijos, nietos ni bisnietos, sufrieran lo que nosotros sufrimos.

Aunque con orgullo pudiéramos decir que luchamos con la convicción de que queríamos algo mejor para el país, nuestras acciones lesionaron a humanos o dañaron a otros que no compartían nuestros intereses. Nuestra causa, por encima de cualquier otra, debería ser en la actualidad luchar por mayores niveles de democracia, integración, justicia, libertad, transparencia y ética. Y, además, ir al conocimiento de la verdad, que no puede buscarse de otra forma sino a través de los sujetos y protagonistas de los fenómenos sociales involucrados, sin exclusión.

Pero debemos primero sanar heridas recientes. En ese sentido, creo que necesitamos despojarnos por un momento de nuestros miserables y particulares intereses: los responsables de crímenes deben reconocer sus faltas cometidas, pedir perdón a las víctimas, enmendar y compensar el daño a las víctimas y sus familiares. Por último, propiciar un marco legal, moral y ético, para que tales horrores no se repitan.

Esta no sería una acción política, sino moral y ética, que tendría más valor, incluso, histórico, que cualquier otra. Y no necesitaríamos que otros países nos vengan a dar lecciones. De lo contrario, nos exponemos a las tendencias de juicios internacionales por sostener aquí una justicia de "segunda clase".

No podemos refundar la nación que tenemos si continuamos teniendo visiones encontradas respecto a la historia. La consecuencia de ello, por ejemplo, es que durante los aniversarios de cada acontecimiento amargo, hacemos propicio el momento para herirnos y distanciarnos, en vez de proclamar que a pesar del horror vivido, estamos superando el sufrimiento y nos encaminamos hacia nuevos estadios de convivencia.

No estoy de acuerdo con la visión de "borrón y cuenta nueva", ello es vivir en falsedad y en fragilidad histórico-social. Para que los crímenes contra monseñor Romero, los jesuitas, Peccorini, Roque Dalton, Borgonovo Pohl, los líderes del FDR, Poma, los condenados por "traidores" o las masacres campesinas, entre tantos otros, no se vuelvan en crónicas causas de división nacional. Lo mínimo de parte de sus responsables es que reconozcan la ingratitud y pidan perdón con valentía y sinceridad. Ello abonaría al robustecimiento de nuestra identidad, de nuestra historia única, que es la que prevalecerá como verdad, no digamos absoluta sino más sólida.


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