- Analizando
- El valor de la verdad
en la historia
- Por
Juan José Dalton
Este
es, quizás, uno de los temas más
polémicos, no sólo en
política, sino en toda la actividad
humana. Todos creemos tener una "verdad" y la
defendemos con pasión de acuerdo con
nuestros intereses particulares. Pero la verdad
es una sola, independientemente de nuestras
creencias, y se confunde o se sintoniza con la
historia, que debiera ser la médula de
nuestra identidad.
La verdad es la condición de lo
cierto, la materialización de una idea,
la ejecución de una acción, por lo
tanto, la realización o la
destrucción humanas, son verdades y son
historia. Es verdad una composición
musical, como el incendio de una biblioteca; el
nacimiento de una persona o la muerte de un
soldado.
En la historia universal, y por tanto, en
nuestra historia patria, existen verdades.
Muchas las conocemos, otras están
desfiguradas y otras, ocultas. Ello por efecto
de quienes han tenido la capacidad y el poder de
divulgar, escribir e investigar.
La falta de democracia ha afectado mucho al
concepto verdad y al concepto historia. Por
regla general, el sistema dictatorial que ha
prevalecido durante el siglo impuso sus
"verdades"; opuestas a ellas estaban las
"verdades" de los subversivos, que
también han adolecido de
incertidumbres.
Así, todas las acciones para escrutar
la historia tuvieron sus consecuencias graves.
En el pasado, decir la verdad sobre uno u otro
acontecimiento daba lugar a una condena: a la
cárcel, al exilio o la muerte. Hoy
todavía sufrimos las consecuencias,
aunque no de aquella naturaleza. Pero ahora nos
arriesgamos a la amenaza, a la demanda por
difamación, a la censura. Tenemos que
romper esa conducta.
Reflexionemos consciente y constructivamente,
cada tendencia política, cada grupo
social, cada partido, cada institución,
cada individuo... Pensemos que los que vivimos
la última guerra no quisiéramos
que nuestros hijos, nietos ni bisnietos,
sufrieran lo que nosotros sufrimos.
Aunque con orgullo pudiéramos decir
que luchamos con la convicción de que
queríamos algo mejor para el país,
nuestras acciones lesionaron a humanos o
dañaron a otros que no compartían
nuestros intereses. Nuestra causa, por encima de
cualquier otra, debería ser en la
actualidad luchar por mayores niveles de
democracia, integración, justicia,
libertad, transparencia y ética. Y,
además, ir al conocimiento de la verdad,
que no puede buscarse de otra forma sino a
través de los sujetos y protagonistas de
los fenómenos sociales involucrados, sin
exclusión.
Pero debemos primero sanar heridas recientes.
En ese sentido, creo que necesitamos despojarnos
por un momento de nuestros miserables y
particulares intereses: los responsables de
crímenes deben reconocer sus faltas
cometidas, pedir perdón a las
víctimas, enmendar y compensar el
daño a las víctimas y sus
familiares. Por último, propiciar un
marco legal, moral y ético, para que
tales horrores no se repitan.
Esta no sería una acción
política, sino moral y ética, que
tendría más valor, incluso,
histórico, que cualquier otra. Y no
necesitaríamos que otros países
nos vengan a dar lecciones. De lo contrario, nos
exponemos a las tendencias de juicios
internacionales por sostener aquí una
justicia de "segunda clase".
No podemos refundar la nación que
tenemos si continuamos teniendo visiones
encontradas respecto a la historia. La
consecuencia de ello, por ejemplo, es que
durante los aniversarios de cada acontecimiento
amargo, hacemos propicio el momento para
herirnos y distanciarnos, en vez de proclamar
que a pesar del horror vivido, estamos superando
el sufrimiento y nos encaminamos hacia nuevos
estadios de convivencia.
No estoy de acuerdo con la visión de
"borrón y cuenta nueva", ello es vivir en
falsedad y en fragilidad
histórico-social. Para que los
crímenes contra monseñor Romero,
los jesuitas, Peccorini, Roque Dalton, Borgonovo
Pohl, los líderes del FDR, Poma, los
condenados por "traidores" o las masacres
campesinas, entre tantos otros, no se vuelvan en
crónicas causas de división
nacional. Lo mínimo de parte de sus
responsables es que reconozcan la ingratitud y
pidan perdón con valentía y
sinceridad. Ello abonaría al
robustecimiento de nuestra identidad, de nuestra
historia única, que es la que
prevalecerá como verdad, no digamos
absoluta sino más sólida.