- Recordando
una tragedia
- Y llegaron
inesperadamente los que no habíamos
invitado
- Por
Manuel J. Aguilar Trujillo
En este mes de noviembre, unos conmemoran
jubilosos y triunfantes, otros de luto y
frustrados, el décimo aniversario del
postrer esfuerzo hecho por la guerrilla con el
fin, no de apoderarse de San Salvador, sino que
con esa demostración de fuerza de su
parte, obligar a un gobierno que había
demostrado su incapacidad de derrotarlos en el
campo militar, a sentarse a la mesa de
negociaciones, confiados que así como
habían demostrado mayor habilidad en la
lucha armada, entrenados por militares cubanos y
sandinistas, también, teniendo más
habilidad política, conseguirían,
tal como lo fue, obtener por medio del
diálogo, lo que jamás
habrían logrado por la vía de las
armas, aunque prolongando la guerra, hubiesen
dejado al país convertido en gigantesco
cementerio.
Durante los delirantes días de la
ofensiva "hasta el tope", no hubo habitante del
Gran San Salvador que no se viese afectado en
alguna u otra forma. Cientos de ellos se vieron
desplazados de sus colonias, ante el feroz
ataque de la guerrilla. Muchísimos
más o bien murieron o fueron heridos o
tuvieron mayor desgracia al ver a un ser querido
perder la vida. Todo lo anterior, visto el gran
avance que ha tenido la guerrilla, convertida,
gracias al tan traído y llevado,
discutido y elogiado Pacto de Chapultepec,
parece ha caído en el olvido y hoy, sus
principales autores, convertidos en padres y
madres de la patria, en sabihondos analistas
políticos, en estimados columnistas, se
pasean orondos en medio de una sociedad que
hasta hace muy poco, diez años no es
nada, temblaba ante sus sangrientos
desmanes.
El autor de este artículo
sufrió con su familia la presencia,
dentro de su hogar, de los subversivos, durante
esa aciaga "ofensiva hasta el tope", cuando a
tempranas horas de la noche se inició la
entrada de las columnas guerrilleras en la
colonia Escalón. Temerosos de que los
disparos de fusilería, a la que
siguió muy pronto el estruendo de las
ametralladoras, hicieran blanco en algún
miembro de la familia, yo, con mi esposa, tres
hijos y una doméstica, nos refugiamos en
el dormitorio de esta última, confiados
de que por estar lejos de la calle,
estaríamos a salvo.
A eso de la medianoche y luego de un gran
estruendo dentro de la casa, mi hijo me
informó, muy quedo, que los guerrilleros
se encontraban dentro. A poco, se comenzaron a
escuchar voces masculinas y femeninas. Los
invasores de inmediato procedieron a registrar
palmo a palmo la casa en busca de sus ocupantes.
No encontrándonos en los dormitorios
principales, se dirigieron al área del
servicio. Al encontrar la puerta del dormitorio
de la servidumbre cerrada, procedieron a tratar
de abrirla.
Al primer golpe dado con la culata de un
fusil, les grité desde adentro que no
derribaran la puerta, pues ya íbamos a
salir. Al oír esto, me preguntaron que
quién estaba en ese cuarto, a lo que
contesté: el dueño de la casa y su
familia. Salgan con las manos en alto fue la
respuesta. Al salir, con las manos en alto, yo
adelante, atrás mi hijo, luego mi esposa,
seguida de mis dos hijas adolescentes y de la
doméstica, me encontré, alineados
frente a mí, a un grupo de quince
jóvenes, doce varones y tres jovencitas,
dirigidas por otro joven un poco mayor que
ellos. Todos estaban perfectamente bien
uniformados con verde olivo y armados hasta los
dientes, uno de ellos con una ametralladora. Al
ver que sus armas no nos amenazaban, bajé
los brazos e igual hizo el resto de mi familia,
iniciándose de inmediato un
diálogo entre el jefe de la guerrilla y
el jefe de la casa invadida.
Mientras dialogaba, en forma muy civilizada,
me di cuenta que los jóvenes
indudablemente eran alumnos, si no de los
primeros cursos de alguna de las dos
universidades a los que la voz pública
señalaba como fuente de
indoctrinación marxista, lo eran de los
últimos años de bachillerato de
alguna escuela o colegio. A poco de estar
platicando también me di cuenta, lo que
me tranquilizó, de que esos
jóvenes, carne de cañón de
los altos jefes de la guerrilla, que hoy ocupan
jugosos puestos, incluso en el gobierno, no eran
terroristas, sino guerrilleros, lo que hice ver
al que hacía de jefe, pidiéndole
que no fuese a destruir mi casa. Ya tenía
la plena seguridad, vista su actitud, de que no
nos harían daño personal, a lo que
me aseguró que ellos no andaban
destruyendo nada, dándome una
pequeña charla sobre sus objetivos.
Viendo que el tiroteo arreciaba, con la
presencia incluso de helicópteros que
disparaban cohetes hacia el volcán, le
insinué a mi interlocutor la conveniencia
de retirarnos, nosotros hacia el dormitorio y
ellos, al resto de la casa, no fuese, le dije,
que una bala perdida nos hiriese o matase, a lo
accedió.
La estadía de esos guerrilleros en mi
hogar duró dos días y tres noches;
lo mismo, como es lógico, nuestra
estadía en el cuarto del servicio.
Durante ese lapso no tomamos ningún
alimento y sí unos pocos sorbos de agua,
que tuve la precaución de llevar en un
recipiente de plástico.
En la madrugada de la tercera noche, oyendo
que el estruendo de disparos había
menguado hasta convertirse en silencio, me
atreví a salir del improvisado refugio,
encontrándome que guerrilleros y
guerrilleras, en forma silenciosa se
habían marchado sin producir
ningún ruido ni desaguisado, con
excepción del portón de entrada a
la cochera al cual le habían doblado el
cerrojo y la puerta de madera de entrada a la
casa. Lo demás, es lo de menos. Al
día siguiente nos fuimos a refugiar en
casa de uno de mis yernos. Con mi hijo
regresé a ver cómo había
quedado la casa, encontrándonos con
elementos del Ejército que, habiendo
llegado al lugar, habían hecho huir a
nuestros captores.
Hoy, el pueblo, que por lo que se puede ver
tiene muy poco o ninguna memoria, ha convertido
a esos señores que tanto daño le
hicieran, en la segunda fuerza política
del país y, si no tomamos las cosas en
serio, el año dos mil, Dios no lo
permita, con buenos candidatos en vez de los que
presentó en las elecciones pasadas,
tendremos en Centroamérica una nueva
Venezuela o, quizás, otra Cuba.
Dios guarde a su tocayo El Salvador.