- Comentando
una cumbre
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periodismo
- Salvador
Samayoa
Terminó
la reunión cumbre en la ciudad de La
Habana. La resolución que firmaron los
presidentes terminó siendo una pieza de
retórica equilibrista, como suele suceder
en estos casos, para facilitar el endoso de
representaciones gubernamentales con posiciones
demasiado distantes en algunos temas. Aparte de
la creación de una oficina para la
cooperación iberoamericana, con sede en
Madrid, no se esperaban grandes resultados
prácticos de este peculiar encuentro.
A diferencia de otras cumbres, esta vez el
interés -y el morbo- de la prensa estaba
fuera del programa oficial. La atención
estaba puesta en declaraciones, gestos y
posicionamientos de los mandatarios en
relación con la situación interna
de Cuba, más que en la agenda formal o en
el contenido de la resolución final.
Este era un desafío interesante para
la prensa. La cumbre era poco más que un
pretexto. El juego consistía en proyectar
una determinada imagen de Cuba ante la
opinión pública. Algunos
países como España, por razones
obvias, desplegaron una cobertura
periodística de grandes dimensiones.
Otros, como Estados Unidos, también por
razones obvias, ignoraron el evento con escasa
consideración por el interés o por
el derecho de información de importantes
sectores.
El "New York Times" debía ocuparse de
cosas más importantes para los Estados
Unidos. Hasta cierto punto era comprensible que
las noticias de primera plana se enfocaran en el
acuerdo comercial con China, la visita del
presidente Clinton a Turquía, la paz en
Irlanda del Norte o la guerra de Yeltsin en
Chechenia. Pero después de la primera
plana, había otras 20 noticias
internacionales. Ninguna se refería a la
IX Cumbre Iberoamericana. El único
espacio dedicado al cónclave fue una
minúscula nota de AP.
La cumbre fue una radiografía de las
verdaderas motivaciones de la prensa en
cualquier parte del mundo. Esto es siempre
así. Hay un elemento -sólo uno,
pero muy importante- en el que se parece mucho
la llamada prensa "libre" y la prensa
controlada: ambas se rasgan las vestiduras por
el derecho de información, pero ambas
están siempre más interesadas en
proyectar sus propias posiciones
políticas que en informar a la gente.
En este sentido, además de desnudar
las motivaciones de la prensa, la cumbre
también fue una radiografía de su
profesionalismo, de su sentido de balance, de su
agudeza, de su proyección cultural y
hasta de su elegancia para presentar al
público los temas más
controversiales en un estilo audaz, pero
mesurado; mordiente, pero respetuoso, fino,
objetivo y sofisticado.
Con estos parámetros en mente, los
reportajes de RTV -Radio Televisión
Española- obtuvieron las más altas
calificaciones, aun cuando el tema era mucho
más espinoso para España que para
cualquier otro país presente en la
cumbre.
Para sólo citar los elementos
más relevantes, España
tenía a sus reyes en La Habana, expuestos
a la acogida, a la indiferencia y la
animadversión de los cubanos. Este era un
tema sensible. También tenía
allí al Presidente del Gobierno, jugando
su propio rol, poco agradable por cierto para el
gobierno y para grandes sectores del pueblo de
Cuba. Además, debía enfrentar de
nueva cuenta sus diferencias con Chile por la
extradición de Pinochet y debía
inaugurar un centro cultural, en el
Malecón habanero, que había
generado una larga batalla política con
el régimen cubano, por tratarse de un
centro en el que los cubanos tendrían
acceso irrestricto a la Internet y a la prensa
de todo el mundo.
Aún en este contexto, el reportaje de
RTV fue excelente. La historia contrapuesta, en
8 minutos, de dos familias cubanas normales:
una, con ingresos en pesos cubanos; otra, con
ingresos en dólares, proyectó sin
mayores palabras algo de la cruda y compleja
situación económica actual de la
Isla.
La primera administra, desde hace muchos
años, un pequeño centro de
distribución de productos que se reparten
por cartilla de racionamiento. Desde que abre, a
primera hora de la mañana, el
portón metálico, totalmente
ruinoso y desvencijado, el cuadro es claro e
impactante. La cámara se posa
después en los viejos estantes de madera
rústica, con su escasa dotación:
tres o cuatro cajetillas de cigarros fuertes,
unas cuantas botellas oscuras, leche sólo
para niños y ancianos, y unos cuantos
productos más. La imagen es realmente
impactante y la cámara se traslada a la
vivienda de estos fieles administradores.
El matrimonio devenga 400 pesos cubanos -unos
20 dólares- al mes. Sus pertenencias son
mucho más que austeras, pero su rostro
parece tranquilo y hasta feliz. Les
gustaría tener algunas otras cosas, pero
no pasan apuros. No tienen que pagar por la
vivienda, por la educación o por los
servicios médicos. Excelente
contrapunto.
La otra familia maneja un negocio privado
recientemente autorizado. Es, precisamente, el
pequeño restaurante en el barrio negro de
San Leopoldo, donde ha cenado el lunes la reina
Sofía. No pueden tener empleados y
sólo pueden admitir a doce comensales a
la vez. Tienen que pagar impuestos altos sobre
las ganancias, pero ganan en un solo día
muchísimo más que los empleados
del Estado. En su residencia tienen amplias
comodidades. Son parte del 10% de los cubanos
que comienzan a configurar una nueva clase
social.
Esta es la realidad social, en dos
pinceladas. La realidad política es mucho
más difícil de presentar. Los
reporteros entrevistan a varios disidentes,
entre ellos el periodista Raúl Rivero. El
mensaje es fuerte, pero prudente: no quieren que
las alternativas de la oposición sean el
exilio, la cárcel o la muerte. Con esto
puede estar de acuerdo cualquier persona
civilizada. Estas eran nuestras propias
alternativas en El Salvador hace muy pocos
años. Por eso resulta extraño que
algunos regímenes latinoamericanos se
hayan rasgado tanto las vestiduras en el pasado
por la falta de libertades políticas en
Cuba.
La oposición también quiere
más partidos políticos. Con esto
también puede estar de acuerdo cualquier
persona civilizada, aunque luego los partidos
sean un verdadero desastre.
Así, sin insultos, sin calenturas, sin
deformaciones, con responsabilidad y con fineza
profesional presenta las cosas un buen
periodista. Y todavía le queda tiempo
para la cultura. La Habana Vieja es patrimonio
de la humanidad y hay que mostrarlo. La hija de
Alberti lee un poema. La iglesia de Santa
María del Rosario es toda una historia.
Cuba es, después de todo, un país
bellísimo que sólo la buena prensa
puede mostrar con todos sus contrastes.