Evangelizar como
Jesús
Por
Salvador Gómez, Predicador
Católico
Nuestra misión no es otra que la de
Jesús:
"Como el Padre me envió, así
también yo los envío.
Reciban el Espíritu Santo..." ( Jn 20,
21-22)
Participamos
de la misma misión que el Padre le
encomendó al Hijo. Somos colaboradores de
la misma viña, laboramos en el mismo
campo. Para ello se nos ha dado el mismo
Espíritu que animaba la actividad
apostólica de Cristo Jesús.
Además, se nos han confiado carismas para
hacer lo mismo que hizo Jesús.
Actuar en él significa llevar a cabo
la misma obra que el Padre le encomendó:
instaurar el Reino de Dios. Estamos llamados a
ser colaboradores de la obra más grande
de la historia: la salvación de la
humanidad. Pero debemos tener en cuenta dos
cosas:
Nosotros, por nosotros mismos, no tenemos
ningún poder. Nuestra autoridad es
delegada. El Padre se la confió al Hijo,
Jesús a sus apóstoles,
éstos a sus sucesores. Se trata de una
cascada jerárquica, quien se aparta de
ella, pierde su conexión con la fuente
(Jesús) corre el peligrosísimo
riesgo de laborar, no en nombre de Cristo, sino
en nombre propio; no construir el Reino de Dios,
sino el suyo propio.
No se trata de una herencia a la que tengamos
derecho, o que adquirimos de alguna forma.
Ningún cargo o autoridad
eclesiástica se transforma en
talismán infalible que garantice la
eficacia del ministerio.
El caso de Eliseo (2 Re 2) es muy
iluminador:
Su maestro Elías había sido un
gran profeta, que realizó prodigios y
milagros. Un día, Elías fue
arrebatado al cielo y dejó caer su manto
sobre su discípulo Eliseo. Este
creyó que así heredaba el poder y
la misión de su maestro. Entonces
golpeó las aguas del Jordán para
que se abrieran, pero no logró hacerlo.
Recapacitó y cayó en cuenta que no
era por el manto de Elías, sino "por el
Dios de Elías". Volvió a golpear
las aguas, y el río Jordán se
dividió en dos.
No es imitando a otra persona, por más
grande y capaz que sea, que nuestra
predicación va a obtener frutos.
Ningún manto (objeto, técnica u
oratoria) puede suplir la acción del
Espíritu Santo.
A veces un buen predicador hace escuela y
tiene muchos que lo imitan y hasta repiten sus
frases, pero recordemos que no se trata de
recoger el manto, sino de la unción que
viene del Espíritu de Dios.
Cuerpo: variedad en la unidad
Dios, a través de su Espíritu,
forma el Cuerpo de su Hijo, uniendo los
diferentes miembros y repartiendo a cada uno un
carisma diferente. Nadie puede acaparar todos
los dones y ministerios.
Dios, en su sabiduría, ha planeado la
economía de salvación de tal
manera que nos necesitamos unos a los otros.
Así como yo necesito de otros, ellos
requieren igualmente de mí.
Existe un caso muy típico en el que
Dios descubre su plan: Eligió a
Moisés para liberar a su pueblo. Pero
Moisés se resistió, porque era
tartamudo y no estaba capacitado para hablar
bien delante del Faraón. Dios le
respondió: "Yo soy quien hace oir al
sordo y hablar al mudo": Ex 4, 11.
Lógico era que, con un sorprendente
milagro, Dios hubiera desatado la lengua de
Moisés de tal forma que hasta el mismo
Demóstenes envidiara. Pero no fue
así. Puso a su lado a su hermano
Aarón para que lo auxiliara. En el plan
de Dios nadie monopoliza todos los dones. Cada
miembro necesita de los demás.