Miércoles 17 de noviembre


Evangelizar como Jesús
Por Salvador Gómez, Predicador Católico

Nuestra misión no es otra que la de Jesús:

"Como el Padre me envió, así también yo los envío.

Reciban el Espíritu Santo..." ( Jn 20, 21-22)

Participamos de la misma misión que el Padre le encomendó al Hijo. Somos colaboradores de la misma viña, laboramos en el mismo campo. Para ello se nos ha dado el mismo Espíritu que animaba la actividad apostólica de Cristo Jesús. Además, se nos han confiado carismas para hacer lo mismo que hizo Jesús.

Actuar en él significa llevar a cabo la misma obra que el Padre le encomendó: instaurar el Reino de Dios. Estamos llamados a ser colaboradores de la obra más grande de la historia: la salvación de la humanidad. Pero debemos tener en cuenta dos cosas:

Nosotros, por nosotros mismos, no tenemos ningún poder. Nuestra autoridad es delegada. El Padre se la confió al Hijo, Jesús a sus apóstoles, éstos a sus sucesores. Se trata de una cascada jerárquica, quien se aparta de ella, pierde su conexión con la fuente (Jesús) corre el peligrosísimo riesgo de laborar, no en nombre de Cristo, sino en nombre propio; no construir el Reino de Dios, sino el suyo propio.

No se trata de una herencia a la que tengamos derecho, o que adquirimos de alguna forma. Ningún cargo o autoridad eclesiástica se transforma en talismán infalible que garantice la eficacia del ministerio.

El caso de Eliseo (2 Re 2) es muy iluminador:

Su maestro Elías había sido un gran profeta, que realizó prodigios y milagros. Un día, Elías fue arrebatado al cielo y dejó caer su manto sobre su discípulo Eliseo. Este creyó que así heredaba el poder y la misión de su maestro. Entonces golpeó las aguas del Jordán para que se abrieran, pero no logró hacerlo. Recapacitó y cayó en cuenta que no era por el manto de Elías, sino "por el Dios de Elías". Volvió a golpear las aguas, y el río Jordán se dividió en dos.

No es imitando a otra persona, por más grande y capaz que sea, que nuestra predicación va a obtener frutos. Ningún manto (objeto, técnica u oratoria) puede suplir la acción del Espíritu Santo.

A veces un buen predicador hace escuela y tiene muchos que lo imitan y hasta repiten sus frases, pero recordemos que no se trata de recoger el manto, sino de la unción que viene del Espíritu de Dios.

Cuerpo: variedad en la unidad

Dios, a través de su Espíritu, forma el Cuerpo de su Hijo, uniendo los diferentes miembros y repartiendo a cada uno un carisma diferente. Nadie puede acaparar todos los dones y ministerios.

Dios, en su sabiduría, ha planeado la economía de salvación de tal manera que nos necesitamos unos a los otros. Así como yo necesito de otros, ellos requieren igualmente de mí.

Existe un caso muy típico en el que Dios descubre su plan: Eligió a Moisés para liberar a su pueblo. Pero Moisés se resistió, porque era tartamudo y no estaba capacitado para hablar bien delante del Faraón. Dios le respondió: "Yo soy quien hace oir al sordo y hablar al mudo": Ex 4, 11.

Lógico era que, con un sorprendente milagro, Dios hubiera desatado la lengua de Moisés de tal forma que hasta el mismo Demóstenes envidiara. Pero no fue así. Puso a su lado a su hermano Aarón para que lo auxiliara. En el plan de Dios nadie monopoliza todos los dones. Cada miembro necesita de los demás.


[Nacional] [Negocios] [Deportes] [Editorial] [Espectáculos] [El País] [Chat]
[
Obituario] [Escríbanos] [Ediciones anteriores] [Otros Sitios] [Hablemos] [VIDA] [Guanaquín] [Vértice]
[
RUZ'99] [Portada]