Lunes 15 de noviembre


Morazán
La vasija puede romperse

Los adultos de Morazán no le temen tirarse al suelo para trabajar, lo duro es lo que reciben por su esfuerzo

Sandra Moreno
El Diario de Hoy

En Guatajiagüa, Marta Campos, de 47 años, está sentada en su piso de tierra. El barro negro se funde con su piel café, mientras sus manos le dan forma en cuestión de minutos a una olla. "Me lleva tres días el hacerlas, luego las vendo a dos colones", dice Marta, cuyas herramientas de trabajo son elotes, piedritas de río y cucharas de morro.

"Mis hijas no quieren aprender a hacer ollas, porque muy lodoso anda uno", dice Marta, que aprendió de su madre el oficio de alfarera de losa negra. Este es el trabajo de la mujeres. Los hombres se dedican a la agricultura, y el título de herrero único es de Vicente Portillo, de 43 años.

"Soy padre de 13 hijos y a pura herrería los he criado", comenta orgulloso Vicente, que posee tres maestrías: tenaza, martillo y no golpear al ayudante. Pero ante la merma de la demanda de cumas, Vicente optó, para sobrevivir, por la reparación de barras, azadones y piochas. "Ya no usan la cuma por el hierbicida que aplican al cultivo. Por eso, vivimos de la reparación, porque a partir de noviembre reparan las calles y hacen casitas", señala el herrero.

Los dólares que vienen de Estados Unidos es otra de las fuentes de ingreso de las personas. De ahí el porqué de los teléfonos en algunas paredes de los pueblos con el rótulo "llamadas gratis a USA, sólo marque 7. Pregunte aquí". En Sensembra, quien informara sobre el servicio es Miguel Angel Cisnero, que al final de mes recibe un dólar por cada cliente que use el teléfono de BBG Comunicación. "Hay 25 al mes", dice Cisneros.


Una ruta por modelar

Diferentes épocas de la historia de El Salvador se entrecruzan en Morazán. La precolombina vuelve a la vida a través de los artesanos que convierten el barro en hermosas tinajas, comales, ollas y, con los nuevos vientos de la modernidad, incursionan en el diseño de azucareras, tazas, platos y arroceras.

El tule que crece a la orilla de los ríos termina convertido en hermosos petates, cuya intrincada fórmula de elaboración se transmite de padres a hijos en Sensembra. La misma tradición se repite en Cacaopera y sus coloridas hamacas. El mezcal también se transforma, en el Mozote, en bolsos, maceteros o hermosas flores que cautivan a los amantes de lo natural.

Lo triste es que en estos momentos, la producción artesanal se visualiza hacia el consumo personal y el mercado local. El término artesanía aún es nuevo para las mujeres que por años han convertido el barro en valiosos enseres domésticos con un valor cultural incalculable.

Por eso, no le extrañe si al llegar a Guatajiagüa no encuentra una tienda donde se le ofrezcan la losa. Claro, la gente de la zona sabe que los turistas no se asoman por estos sitios debido al pésimo estado de las carreteras, no obstante el potencial turístico por las artesanías mileniarias que hay. A partir de ahí, no sería descabellado pensar en una ruta que termine en las cuevas de Corinto y sus petroglifos o en los bosques de pinos que esconden ríos con hermosas caídas y pozas para nadar.


[Nacional] [Negocios] [Deportes] [Editorial] [Espectáculos] [El País] [Chat] [Foros]
[
Obituario] [Escríbanos] [Ediciones anteriores] [Otros Sitios] [Hablemos] [VIDA] [Guanaquín] [Vértice]
[
RUZ'99] [Portada]