Morazán
La
vasija puede romperse
Los adultos de
Morazán no le temen tirarse al suelo para
trabajar, lo duro es lo que reciben por su
esfuerzo
- Sandra
Moreno
- El Diario
de Hoy
En
Guatajiagüa, Marta Campos, de 47
años, está sentada en su piso de
tierra. El barro negro se funde con su piel
café, mientras sus manos le dan forma en
cuestión de minutos a una olla. "Me lleva
tres días el hacerlas, luego las vendo a
dos colones", dice Marta, cuyas herramientas de
trabajo son elotes, piedritas de río y
cucharas de morro.
"Mis hijas no quieren
aprender a hacer ollas, porque muy lodoso anda
uno", dice Marta, que aprendió de su
madre el oficio de alfarera de losa negra. Este
es el trabajo de la mujeres. Los hombres se
dedican a la agricultura, y el título de
herrero único es de Vicente Portillo, de
43 años.
"Soy padre de 13 hijos
y a pura herrería los he criado", comenta
orgulloso Vicente, que posee tres
maestrías: tenaza, martillo y no golpear
al ayudante. Pero ante la merma de la demanda de
cumas, Vicente optó, para sobrevivir, por
la reparación de barras, azadones y
piochas. "Ya no usan la cuma por el hierbicida
que aplican al cultivo. Por eso, vivimos de la
reparación, porque a partir de noviembre
reparan las calles y hacen casitas",
señala el herrero.
Los dólares que
vienen de Estados Unidos es otra de las fuentes
de ingreso de las personas. De ahí el
porqué de los teléfonos en algunas
paredes de los pueblos con el rótulo
"llamadas gratis a USA, sólo marque 7.
Pregunte aquí". En Sensembra, quien
informara sobre el servicio es Miguel Angel
Cisnero, que al final de mes recibe un
dólar por cada cliente que use el
teléfono de BBG Comunicación. "Hay
25 al mes", dice Cisneros.
Una ruta por modelar
Diferentes
épocas de la historia de El Salvador se
entrecruzan en Morazán. La precolombina
vuelve a la vida a través de los
artesanos que convierten el barro en hermosas
tinajas, comales, ollas y, con los nuevos
vientos de la modernidad, incursionan en el
diseño de azucareras, tazas, platos y
arroceras.
El
tule que crece a la orilla de los ríos
termina convertido en hermosos petates, cuya
intrincada fórmula de elaboración
se transmite de padres a hijos en Sensembra. La
misma tradición se repite en Cacaopera y
sus coloridas hamacas. El mezcal también
se transforma, en el Mozote, en bolsos,
maceteros o hermosas flores que cautivan a los
amantes de lo natural.
Lo triste es que en
estos momentos, la producción artesanal
se visualiza hacia el consumo personal y el
mercado local. El término
artesanía aún es nuevo para las
mujeres que por años han convertido el
barro en valiosos enseres domésticos con
un valor cultural incalculable.
Por eso, no le
extrañe si al llegar a Guatajiagüa
no encuentra una tienda donde se le ofrezcan la
losa. Claro, la gente de la zona sabe que los
turistas no se asoman por estos sitios debido al
pésimo estado de las carreteras, no
obstante el potencial turístico por las
artesanías mileniarias que hay. A partir
de ahí, no sería descabellado
pensar en una ruta que termine en las cuevas de
Corinto y sus petroglifos o en los bosques de
pinos que esconden ríos con hermosas
caídas y pozas para nadar.