- Siempre llamados al
amor
- Por
Juan Pablo II
La
caridad constituye la esencia del "mandamiento"
nuevo que enseñó Jesús. En
efecto, la caridad es el alma de todos los
mandamientos, cuya observancia es ulteriormente
reafirmada, más aún, se convierte
en la demostración evidente del amor a
Dios: "En esto consiste el amor a
Dios: en que guardemos sus mandamientos"
(1 Jn 5, 3). Este amor, que es a la vez amor a
Jesús, representa la condición
para ser amados por el Padre: "El que recibe mis
mandamientos y los guarda, ése es el que
me ama; y el que me ame, será amado de mi
Padre; y yo lo amaré y me
manifestaré a él" (Jn 14, 21).
El amor a Dios, que resulta posible gracias
al don del Espíritu, se funda, por tanto,
en la mediación de Jesús, como
él mismo afirma en la oración
sacerdotal: "Yo les he dado a conocer tu
nombre y se lo seguiré dando a conocer,
para que el amor con que tú me has amado
esté en ellos y yo en ellos" (Jn 17, 26).
Esta mediación se concreta sobre todo en
el don que El ha hecho de su vida, don que por
una parte testimonia el amor mayor y, por otra,
exige la observancia de lo que Jesús
manda: "Nadie tiene mayor amor que el que
da su vida por sus amigos. Vosotros sois mis
amigos, si hacéis lo que yo os mando" (Jn
15, 13-14).
La caridad cristiana acude a esta fuente de
amor, que es Jesús, el Hijo de Dios
entregado por nosotros. La capacidad de amar
como Dios ama se ofrece a todo cristiano como
fruto del misterio pascual de muerte y
resurrección.
Viene de Dios
La Iglesia ha expresado esta sublime realidad
enseñando que la caridad es una virtud
teologal, es decir, una virtud que se refiere
directamente a Dios y hace que las criaturas
humanas entren en el círculo del amor
trinitario. En efecto, Dios Padre nos ama como
ama Cristo, viendo en nosotros su imagen. Esta,
por decirlo así, es dibujada en nosotros
por el Espíritu Santo, que como un
artista de iconos la realiza en el tiempo.
También es el Espíritu Santo
quien traza en lo más íntimo de
nuestra persona las líneas fundamentales
de la respuesta cristiana. El dinamismo del amor
a Dios brota de una especie de "connaturalidad"
realizada por el Espíritu Santo, que nos
"diviniza", según el lenguaje de la
tradición oriental.
El Espíritu Santo
Con la fuerza del Espíritu Santo, la
caridad anima la vida moral del cristiano,
orienta y refuerza todas las demás
virtudes, las cuales edifican en nosotros la
estructura del hombre nuevo. Como dice el
Catecismo de la Iglesia Católica,
"el ejercicio de todas las virtudes está
animado e inspirado por la caridad".
Esta es "el vínculo de la
perfección" (Col 3, 14); es la forma
de las virtudes; las articula y las ordena entre
sí; es fuente y término de su
práctica cristiana. La caridad asegura y
purifica nuestra facultad humana de amar. La
eleva a la perfección sobrenatural del
amor divino". Como cristianos, estamos siempre
llamados al amor.