La
salud no sabe de fronteras
Alberto es un
bebé hondureño, de tres meses, que
halló en El Salvador la atención
médica para investigar su probable
cardiopatía
- Javier
Ramón
- El
Diario de Hoy
Alberto
es uno de esos niños de los país
vecinos que, a menudo, pasan desapercibidos por
el Hospital Bloom. Gracias a una atención
médica que no necesita de pasaporte, pues
lo único que les identifica es que son
pobres.
"Sentía que el
niño estaba mal, como cansadito", dice
Antonia, una madre que desde que llegó a
la ciudad de San Salvador sólo piensa en
volver a su aldea.
Tras más de tres de
horas de camino junto a su marido y el
bebé en sus brazos, llegaron al
cantón Ojos de Agua, en Chalatenango.
Dejaban atrás un pequeña aldea
hondureña de doce familias, San Miguelito
Chinquín. Alberto y su enfermedad les
obligaban a conocer lugares que no imaginaban,
más allá del gran río
Sumpul.
Con su suegro, y
después de despedirse de su marido,
llegaron en bus al hospital de Chalatenango.
Allí le tuvieron con nebulizantes, unos
gases para mejorar la respiración, pero
no resultó y, dos días
después, lo recibieron en el Hospital
Bloom.
Francisco Gómez,
médico residente de Intermedios,
señalo que al niño le
diagnosticaron neumonía y una
encefalopatía, esta última causada
por el escaso oxígeno que lleva la sangre
al cerebro.
El cardiólogo le
detectó un "soplo de considerable
magnitud" y las sospechas, a falta de un
ecocardiograma que lo confirme, apuntan a una
cardiopatía congénita. Una
enfermedad que necesitaría de una
operación para cerrar la posible
comunicación interventricular y arterial
con que Alberto nació.
Ahora sólo esperan
que alguien les ayude con el pago de esa prueba.
Ellos casi no manejan el dinero, tan sólo
el escaso fruto que sobra de alimentar a una
familia de tres niños y cuatro adultos
con una manzana de tierra. Con las familias que
pueblan la aldea apenas sacaron los colones del
viaje.