Leo que
leo
Confesiones de una
ebria
Así es. Por mucho o poco que la
siguiente declaración escandalice es algo
que me divierte callar, un juego que adoro y un
vicio que consume parte de mi salario
mensual.
Por Telena
Ibarra
Mi
librera es mi bar. Aquí, donde coloco,
guardo y ordeno mis libros preferidos me detengo
todas las noches lista para escapar del mundanal
y sus preocupaciones de 24 horas de
duración. En lugar de echarme un trago o
dos, un ron o un whisky elijo uno o dos libros y
me echo una paginita de Cortázar, un
párrafo de García Márquez y
si aguanto intento algo más fuerte como
Galeano, Lispector o Tabucchi.
Lo que sea para escapar por un momento de
este mundo tan limitante, para huir de las
presiones y angustias, para olvidar lo que soy,
lo que no soy y lo que me falta por hacer. Pero
también para tomar valor y seguir con los
sueños que me mantienen viva, que
mantienen viva la humanidad a falta de una vida
bella.
Y es que a veces siento que este país
es un enorme laberinto en el que estoy atrapada,
sin posibilidades de salir. Tendré que
fabricarme mis propias alas como Dédalo e
Icaro. ¿Pero de qué material
deberán estar hechas? De valor, claro.
Porque no sólo se necesita valor para
decir no y mandar a paseo a aquellas personas
molestas, amargadas o corruptas. Sobre todo se
necesita valor para echar a andar las alas que
todos tenemos y no tener miedo de uno mismo.
Avanzar antes que morir, crecer antes que
estancarse. Como decía Tucídides:
"Recordad que el secreto de la felicidad
está en la libertad y el secreto de la
libertad está en el coraje".
Pero el valor no es cosa cualquiera. No
sé de dónde sale ni cómo se
alimenta pero sé que está en todos
los que buscan. Yo intento buscarlo en los
libros, mis amigos de papel, porque sus palabras
me infunden la gracia que solemos perder, la
belleza que dejamos de apreciar y la humanidad y
compasión que tanto necesitamos pero que
no la llevamos a la oficina ni a la
universidad.
¿Por qué no volvemos los ojos a
lo que fuimos y volvemos a empezar? Y si no
encuentra las palabras ni los argumentos escuche
lo que dijeron los que estuvieron antes, los que
escribieron millones de historias porque
creyeron que ni los relatos ni las personas
debían morir así nomás.