- Esta boca
es mía
- Cambios en la
corte
- Marcel
Orestes Posada
Vamos
a ver si los abogados somos capaces de usar con
sensatez ese privilegio, tan caro cuanto raro,
que la Constitución nos entrega cada
trienio, par que esta vez, el sábado uno
de abril próximo, podamos proclamar "He
aquí a nuestros mejores hombres y
mujeres, los magistrables de verdad, los
más dignos de sentarse en cinco "tronos"
judiciales.
Nadie resienta lo que diré. No es mi
propósito denostar, sino exhortar. Es que
hace tres años descubrí o (digo
mejor) confirmé una regla: el voto
abogadil es muy emocional, porque los hombres
"de leyes" estamos gobernados más bien
por la ley del corazón que por la del
raciocinio, que mayormente obramos empujados por
un erróneo cálculo de
interés personal o por grupal
miopía, que por la búsqueda del
mejor beneficio de la nación. En efecto,
según mis observaciones (EDH, 17 abril
97), el sufragio gremial se puede clasificar en
10 tipos, que son: por consigna, negociado, por
conveniencia, inspirado, robot, al azar, a
"mister" popularidad, a "missis"
simpatía, porque me suena y no voto. Por
supuesto, hay excepciones: pudo también
manifestarse la decisión racional de
muchos colegas, quienes apostaron al talento y
no al talante.
El Salvador necesita transformaciones
urgentes en el Órgano Judicial, huelga
repetirlo. Y que comiencen en la cúpula,
hay que insistir. Porque "los escalones no se
barren de abajo para arriba". Así los
anhelados cambios deberán caer en
cascada, por ejemplarizante gravedad hacia la
base, anquilosada por un siglo de soledad y
desamparo dentro del rígido esquema
verticalista autoritario, engendrante
histórico de esta nuestra cultura de
sumisión, a veces aduladora
famélica, calada de temores y temblores
hasta los tuétanos, por la amenaza
siempre latente, a veces patente, de insanas
represalias, (descarnado mentiz de la tan
cacareada independencia). Un sistema que permite
apretar a los de abajo, usando como soga el
limpio principio de "pronta y cumplida
justicia", que allá en las alturas afloja
y se degrada, porque se confiesa sin tapujos la
supremacía de un invento: el así
llamado "criterio de oportunidad" (no otra cosa
que guiños de conveniencia coyuntural),
sin que nadie pueda (¿o quiera?) controlar
tal desparpajo.
Pues bien, hace poco tuve el honor de cumplir
un delicado encargo que me confiara la
Asociación de Abogados de El Salvador
(AAES): preparar una "Plataforma de Principios"
como compromiso de sus precandidatos. Ahora los
resumo así:
1.- Prudencia. Virtud cardinal que no es
misticismo trashumante ni puritanismo mojigato,
sino el "justo medio" aristotélico que
respeta y hace respetar, que no ofende pero dice
la verdad y la demuestra sin miedo. Que hace al
hombre comedido, dispuesto a medir y ser
medido.
2.- Integridad. Frente a las diversas
corrientes de pensamiento político,
económico, social, religioso, ser
absolutamente probo, imparcial e independiente.
Sin inclinación hacia personas o
sectores. Comprometido sólo con la
justicia. Sometido únicamente a la
Constitución.
3.- Dignificación. Satisfacer tres
reclamos enderezados hacia el Órgano
Judicial, para hacerlo de verdad digno: a)
Extrañamiento de elementos indeseables
por corrupción, ineptitud o negligencia:
b) Capacitación continua, para elevar los
niveles de ética y eficiencia
técnica: c) Selección y
evaluación de funcionarios bajo pautas y
procedimientos objetivos y equitativos, sin
tráfico de influencias.
4.- Modernización. Planteamiento de
reformas estructurales y legales, a fin de
transferir la enorme carga de labores
administrativas hacia el CNJ, para concentrarse
exclusivamente en la función
jurisdiccional. Modificar la actual
distribución de competencias, con base en
la demanda proyectada del servicio y no
siguiendo el anacrónico criterio
territorial del resto de la
administración pública. En fin,
reestructurar la organización humana de
cada tribunal, etc.
¡Claro!, cualquiera puede decir "yo
cumpliré". Pero no todos merecerán
credibilidad (perdonen quienes se sientan
aludidos). La garantía de cumplimiento
únicamente proviene de la
tipificación del candidato en el perfil
de magistrado que la nueva centuria reclama,
alimentado desde tres fuentes: capacidad
intelectual sobresaliente; altos
estándares de conducta moral
pública y privada; desinteresada y
valiente proyección humana; no
improvisadas de boca, sino comprobadas con el
testimonio de una vida de entrega a bien.
Sólo a personas así dotadas se les
debe permitir subir. Y con un encargo: sanear y
sanar la dolida y doliente justicia, para que la
sangre transfundida fluya y se derrame como el
aceite con que se ungió a Aarón,
desde la coronilla, pasando por las barbas,
hasta alcanzar los pies; que la hagan caminar,
por fin, pronta y cumplida.