Sábado 25 de marzo


Tema para meditar
Los muebles del alma
Por Carlos Mayora Re

Se ha vuelto un tópico -una de esas verdades que nadie discute, y que se dan como ciertas "porque sí"-, afirmar que cada vez se lee menos. Si esto fuera así, la consecuencia más inmediata sería un tanto preocupante: si cada vez se lee menos, querría decir, también, que cada vez se piensa menos. Y si cada vez se piensa menos, una de las consecuencias que ese no pensar traería consigo, es que cada vez se "siente" más. Es decir, que las personas pondrían menos atención a los argumentos discursivos y basarían más sus puntos de vista en sentimientos y emociones.

Parece ser que los medios de comunicación han reparado en esto y, por ello, es notorio cómo han proliferado algunos programas de televisión y un tratamiento en las noticias en los que mucha de la información va dirigida más al sentimiento que al entendimiento de la audiencia. Los problemas de fondo tienden a ocultarse y se da primacía a lo que tiene impacto, a lo que despierta emociones, a lo que apela más a lo inmediato... Por ese camino, los contenidos de los programas de televisión se banalizan con gran facilidad, y la competencia entre los distintos productores de programas (o redactores de los medios escritos) se convierte en una carrera para ver quién puede causar más sensación con lo que publica, sin importar muchas veces el buen gusto o el respeto al público; por no hablar de los derechos de la verdad, que por este procedimiento se ven cada vez más olvidados.

Cuando la noticia está bien escrita obliga a pensar, a interpretar los datos que se nos proporcionan. Obliga, por ejemplo, a quienes redactan la información a presentar los asuntos ordenadamente, siguiendo un esquema y facilitando elementos de juicio al lector. En cambio, cuando se trata de la radio o de la televisión, medios en los cuales el tiempo, literalmente, vale oro, la reducción que se hace de la noticia termina empobreciéndola, pues no hay tiempo para hacer un marco a las imágenes que se transmiten, y los productores deben contentarse con hablar poco y mostrar mucho. Los problemas se vuelven "invisibles", y el público recibe sólo "hechos": asesinatos, violencia, disparos, incendios, manifestaciones reprimidas, etc. Pero sin saber por qué pasan esas cosas, qué problemas manifiestan, cómo pueden solucionarse, etc.

Lo preocupante del asunto es que las personas que suponemos no tienen hábito de lectura, y que vendría a ser la gran mayoría dentro de nuestra sociedad, solamente tienen como recurso para formar su cultura (para amoblar su alma, y de ahí el título de esta nota), aquello que les entrega la radio, la televisión y los periódicos; además de los datos e información que en nuestras relaciones diarias -laborales, familiares, de amistad, etc.-, nos transmitimos unos a otros; pero que a su vez están modelados, en buena parte, por los medios de comunicación.

Ponernos ahora a analizar el contenido de la información que recibe el gran público, no parece pertinente. Los medios publican, en la mayoría de los casos, lo que piensan es rentable (pues en buena parte esa es la principal motivación de su negocio), y no lo que contribuiría a formar opinión, a crear cultura, a mejorar a las personas. Y esto es algo que sí se debería intentar cambiar.

Leía hace unos días la opinión de un analista acerca de la importancia de la cultura en nuestra sociedad. Decía este autor que una de las muestras de poca cultura en las personas es que cuanto menos formación se tiene, más dinero se necesita para ser feliz, para descansar, para convivir con los demás. Su idea es que la cultura vendría a ser como los muebles del alma, que nos permiten estar cómodamente con nosotros mismos. Y añado: unos muebles que nos posibilitan tener profundidad interior y, por lo mismo, intimidad: un pensamiento propio, una opinión acerca de los asuntos, unos valores que guían nuestro proceder, unas creencias y conocimientos. De tal manera que por medio de la cultura nos es posible compartir nuestra intimidad con aquellas personas que merecen ese privilegio ( el cónyuge, los hijos, los amigos, los colegas...). Y entonces es posible conversar, se puede participar de la intimidad de los demás y nos podemos enriquecer verdaderamente en el diálogo.

Pero si tenemos el alma llena solamente con ruido, con pirotecnia vacía, con sentimientos, con emociones y lugares comunes, nunca alcanzaremos la posibilidad de compartir con los demás cosas valiosas. El alma se irá llenando de cachivaches en lugar de muebles (para continuar con la metáfora), y cada vez demandaremos más y cada vez nos llenaremos más de cosas insustanciales.

Quizá es posible vislumbrar en esto una explicación a la inconformidad que alguna vez tenemos todos con nosotros mismos, a ese no estar a gusto con uno. Quizá aquí se puede encontrar una explicación a la necesidad que muchas personas sienten de estar rodeadas siempre de ruido: la televisión, la música, las diversiones... Pues al final resulta que necesitamos tener a nuestro lado una máquina encendida, porque nosotros estamos apagados.


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