- Tema para
meditar
- Los muebles del
alma
- Por
Carlos Mayora Re
Se
ha vuelto un tópico -una de esas verdades
que nadie discute, y que se dan como ciertas
"porque sí"-, afirmar que cada vez se lee
menos. Si esto fuera así, la consecuencia
más inmediata sería un tanto
preocupante: si cada vez se lee menos,
querría decir, también, que cada
vez se piensa menos. Y si cada vez se piensa
menos, una de las consecuencias que ese no
pensar traería consigo, es que cada vez
se "siente" más. Es decir, que las
personas pondrían menos atención a
los argumentos discursivos y basarían
más sus puntos de vista en sentimientos y
emociones.
Parece ser que los medios de
comunicación han reparado en esto y, por
ello, es notorio cómo han proliferado
algunos programas de televisión y un
tratamiento en las noticias en los que mucha de
la información va dirigida más al
sentimiento que al entendimiento de la
audiencia. Los problemas de fondo tienden a
ocultarse y se da primacía a lo que tiene
impacto, a lo que despierta emociones, a lo que
apela más a lo inmediato... Por ese
camino, los contenidos de los programas de
televisión se banalizan con gran
facilidad, y la competencia entre los distintos
productores de programas (o redactores de los
medios escritos) se convierte en una carrera
para ver quién puede causar más
sensación con lo que publica, sin
importar muchas veces el buen gusto o el respeto
al público; por no hablar de los derechos
de la verdad, que por este procedimiento se ven
cada vez más olvidados.
Cuando la noticia está bien escrita
obliga a pensar, a interpretar los datos que se
nos proporcionan. Obliga, por ejemplo, a quienes
redactan la información a presentar los
asuntos ordenadamente, siguiendo un esquema y
facilitando elementos de juicio al lector. En
cambio, cuando se trata de la radio o de la
televisión, medios en los cuales el
tiempo, literalmente, vale oro, la
reducción que se hace de la noticia
termina empobreciéndola, pues no hay
tiempo para hacer un marco a las imágenes
que se transmiten, y los productores deben
contentarse con hablar poco y mostrar mucho. Los
problemas se vuelven "invisibles", y el
público recibe sólo "hechos":
asesinatos, violencia, disparos, incendios,
manifestaciones reprimidas, etc. Pero sin saber
por qué pasan esas cosas, qué
problemas manifiestan, cómo pueden
solucionarse, etc.
Lo preocupante del asunto es que las personas
que suponemos no tienen hábito de
lectura, y que vendría a ser la gran
mayoría dentro de nuestra sociedad,
solamente tienen como recurso para formar su
cultura (para amoblar su alma, y de ahí
el título de esta nota), aquello que les
entrega la radio, la televisión y los
periódicos; además de los datos e
información que en nuestras relaciones
diarias -laborales, familiares, de amistad,
etc.-, nos transmitimos unos a otros; pero que a
su vez están modelados, en buena parte,
por los medios de comunicación.
Ponernos ahora a analizar el contenido de la
información que recibe el gran
público, no parece pertinente. Los medios
publican, en la mayoría de los casos, lo
que piensan es rentable (pues en buena parte esa
es la principal motivación de su
negocio), y no lo que contribuiría a
formar opinión, a crear cultura, a
mejorar a las personas. Y esto es algo que
sí se debería intentar
cambiar.
Leía hace unos días la
opinión de un analista acerca de la
importancia de la cultura en nuestra sociedad.
Decía este autor que una de las muestras
de poca cultura en las personas es que cuanto
menos formación se tiene, más
dinero se necesita para ser feliz, para
descansar, para convivir con los demás.
Su idea es que la cultura vendría a ser
como los muebles del alma, que nos permiten
estar cómodamente con nosotros mismos. Y
añado: unos muebles que nos posibilitan
tener profundidad interior y, por lo mismo,
intimidad: un pensamiento propio, una
opinión acerca de los asuntos, unos
valores que guían nuestro proceder, unas
creencias y conocimientos. De tal manera que por
medio de la cultura nos es posible compartir
nuestra intimidad con aquellas personas que
merecen ese privilegio ( el cónyuge, los
hijos, los amigos, los colegas...). Y entonces
es posible conversar, se puede participar de la
intimidad de los demás y nos podemos
enriquecer verdaderamente en el
diálogo.
Pero si tenemos el alma llena solamente con
ruido, con pirotecnia vacía, con
sentimientos, con emociones y lugares comunes,
nunca alcanzaremos la posibilidad de compartir
con los demás cosas valiosas. El alma se
irá llenando de cachivaches en lugar de
muebles (para continuar con la metáfora),
y cada vez demandaremos más y cada vez
nos llenaremos más de cosas
insustanciales.
Quizá es posible vislumbrar en esto
una explicación a la inconformidad que
alguna vez tenemos todos con nosotros mismos, a
ese no estar a gusto con uno. Quizá
aquí se puede encontrar una
explicación a la necesidad que muchas
personas sienten de estar rodeadas siempre de
ruido: la televisión, la música,
las diversiones... Pues al final resulta que
necesitamos tener a nuestro lado una
máquina encendida, porque nosotros
estamos apagados.