- El
Salvador en perspectiva
- El sector más
abusado
- Mario
Rosenthal
- E-mail: mrelsalv@cyt.net
Los
cafetaleros se quejan de que cuando los precios
internacionales están buenos el gobierno
les explota y si están malos, no les
ayuda. El café fue la base de la poca
riqueza que El Salvador ha gozado y es el sector
que más sufrió la maldición
de la reforma agraria. Las fincas de café
que no fueron despedazados son los únicos
vestigios de áreas forestales que
protegen el país de ser un desierto de
cerros pelados y de una población rural
sin trabajo.
El café es el sector que más
contribuye a generar divisas y a dar trabajo a
mano de obra no calificada. El cultivo es
sumamente arriesgado. El capital invertido en el
café no se conserva ni produce intereses
automáticamente, como un certificado a
plazo de capital depositado en un banco. Ni
siquiera ofrece la garantía de una
inversión en mercadería, que si no
se vende se puede rematar a precio de costo. El
costo de levantar una finca de café queda
en la tierra y si se abandona se pierde todo.
Las plantaciones están expuestas a plagas
que se tienen que combatir constantemente,
requieren de abono y periódicamente se
tienen que limpiar y podar. Las plantaciones de
café están expuestas a las
incertidumbres del tiempo. Si llueve mucho, si
llueve muy poco, si no llueve, si llueve muy
temprano en el año o si se retrasan las
lluvias, todo afecta la cosecha. Los cafetales
se tienen que repoblar constantemente y cinco
largos años de cuido son necesarios entre
la siembra en el semillero, el transplante a la
finca y la primera cosecha.
El cafetalero no sólo está a la
merced de los vaivenes del tiempo, pero lo que
es una amenaza aún más allá
de su control, es el precio internacional que es
controlado por un cartel de tostadores en los
Estados Unidos, el mayor consumidor de
café del mundo. Manipulan la bolsa de
café de Nueva York, comprando grandes
cantidades de café a futuros para hacer
bajar el precio. Lógico sería que
los países productores de café
procesaran su materia prima ellos mismos, como
hicieron los productores de trigo
norteamericanos hace unas décadas y
establecieron molinos de harina contiguos a sus
siembras y se convirtieron en mayoristas de
harinas. Pero los cafetaleros dicen que el
oligopolio de los tostadores es tan fuerte que
no hay capital latinoamericano que pueda
competir con ellos. Los precios de café
en oro suben y bajan continuamente, pero los
precios al consumidor de café tostado
nunca bajan. El café en oro puede oscilar
entre un dólar y un dólar y medio
por libra, pero el café tostado nunca
baja de $4.00 a $5.00 por libra al
consumidor.
Entre 1990 y 1994, el gobierno
concedió a los cafetaleros un
crédito de $15.00 por quintal oro
producido, el reembolso se estableció con
un recargo de $4.00 por quintal oro exportado,
cobrado por medio de los beneficiadores. Esta
deuda ha sido cancelada en su mayor parte, pero
los beneficiadores siguen descontando los $4.00
por cada quintal producido, sin tomar en cuenta
que por lo menos el 10% de la cosecha se consume
en el país y no es exportada. El consumo
interno se calcula en unos 300,000 quintales por
año, que representa $1.4 millones, o sean
¢12.2 millones anuales que nadie sabe
qué se hacen.
El robo de café en las fincas ha
llegado a dimensiones escandalosas. Todo el
café en uva tiene que pasar por los
beneficios, y algunos productores sin
escrúpulos compran lo robado y lo
entregan como propio. Un cafetalero que ha sido
afectado se queja de que los beneficiadores bien
se dan cuenta si la entrega de un cafetalero
aumenta repentinamente, y que se debería
investigar, pero no lo hacen.
Para que se mantenga y aumente la
producción de café en El Salvador
hay que sembrar y replantar, pero es sabido que
el cafetalero está endeudado, y no es
sujeto de crédito y a veces no puede
hacer frente adecuado al mantenimiento de su
plantación. Es obvio que el café,
al que El Salvador debe tanto, está en
peligro de disminuir y hasta de desaparecer. El
remedio, según un grupo de cafetaleros
-movido más por amor a los cafetales que
por el lucro- son créditos a largo plazo
con bajos intereses y cinco años de
gracia.