Lunes 20 de marzo


El amor que nos compramos

Compré tu boca, el húmedo nexo a tu alma de niña efervescente. Compré tus cejas espesas, esos bosquecillos arqueados que se despeinaban en mis dedos. Compré tus gestos, esas indelebles maromas de tu cuerpo.

Por Enrique Contreras

Compré tu aroma, el condensado sudor del cortejo delicioso que deambuló en tus avenidas secretas.

Eras tú, como evaporándote, como en incienso. Tu piel expirando su dulzura. Tú, hirviendo en el aire, inmolando la tarde. Tú, desnuda en mi olfato, envolviéndome en el abrazo de una nube exquisita. Compré tus miradas negras, como de aliento nocturno, como de silencio.

Compré tus miradas negras, como de agua sin sueño, como de agua asustada, como de río descubierto.

Compré tu cintura, templo ceñido de misterio, el valle de mis pasiones cohibidas. Compré ese templo liso, insinuante y tormentoso donde mis manos bebieron tu contorno.

Compré tu sonrisa; compré tus dientes. Compré el susurro de ella, tu sonrisa. Está en el álbum de mi oído.

Compré tu entrega, compré tu insospechado instinto. Compré tu voraz conflicto interno, tu bien y tu mal, compré esa insoportable frontera.

Compré tu lado "A" y tu lado "B".

Compré la tibieza de tus piernas.

Compré el rubor de tus caderas.

Compré la fertilidad de tu tierra.

Compré el vértigo de cubrirte con mis huellas.

Compré tus dos anatomías.

Fueron mis ojos los que se sumergieron en tu piel, los que traspasaron tu rostro tembloroso. Fueron ellos los que inhalaron tu cuerpo.

Fueron mis manos hambrientas las que despertaron tu espíritu de su abstinencia. Fueron ellas quienes lo expulsaron de tu recinto corpóreo para alojarlo en mi albedrío.

Fue mi reincidente calor quien quemó tus alas; él y sus irresponsables besos.

Pero también compré un presentimiento, el aliento de la desdicha.

A ese aliento resignado que levita en mis profundidades lo reúno y te extraigo de su centro. En ese punto de vacío brota un suspiro, naces y eres un manantial que se desborda.

Por eso es que mis manos se erizan con tu ausencia. Es por eso que huelen a vacío perfumado.

Es por eso que soy víctima de la viceversa, que compra mis letras, mi papel, mi tinta, mi sangre azul, que compra las entrañas de mi sueño.


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