Lunes 20 de marzo


De "padrecito" a Chambita

Su voz salta del susurro al tono alto, tiene la fuerza de una cascada. Es como la vida del jesuita Salvador Carranza, de 64 años, en El Salvador. El llegó como novicio y quedó atrapado por el pueblo campo

Sandra Moreno

El Diario de Hoy

Nació en tiempo de guerra, en Burgos, España. Era el año 1936, y su padre estaba disparando, su madre invocó a Dios y a todos los santos. "Este tiene que ser Salvador", exclamó al ver su recién nacido. Y así Salvador Carranza recibió un nombre extraño en su patria, pero que tal vez le indicaba su destino: ser jesuita en El Salvador.

Salvador iniciaría su vida religiosa después de terminar el bachillerato y con un año y medio de vestir el hábito, lo envían al noviciado centroamericano de los jesuitas: El Carmen, en Nueva San Salvador, La Libertad.

Corría 1955. "Nos tenían bastante encerrados, pero tuvimos experiencias muy bellas de salir a ver la vida salvadoreña. Un mes de trabajo en los hospitales, ayudando en la limpieza, y otro en los pueblos, acompañando al arzobispo. Me llamaban "padrecito". Al obispo teníamos que reunirles a los niños, señoras, y a los hombres, sacarlos de las cinqueras. Eran unos hombrones medio tomados, pero nadie decía nada, había un respeto tremendo hacia nosotros", recuerda Salvador. "La idea que saqué de la gente fue demasiado romántica: buena, con muchos problemas, pero que los aguantaba bien. Me llamaba la atención, en la época de corte de café, que en los portales dormía el hombre, la esposa, los hijos, y por la mañana desaparecían. Se iban a la corta, en la noche regresaban. No esperaban mucho de la vida y se conformaban con poco, y allí estaban".

Este primer contacto con El Salvador atraparía el corazón del novicio. "Ya no pensé que mi vida sería en otra parte", revela Salvador. Sin embargo, a los dos años de su llegada, lo envían a Ecuador para integrarse a la Universidad Católica. Estudió Letras y Filosofía durante cinco años. Luego fue a Panamá, donde daría clases a jóvenes de bachillerato. Su entrenamiento duraría tres años. "Era ir probando qué tal iba a ser uno, si se defendía", explica este jesuita que terminaría después en Roma, especializándose en Teología.

"Siempre me dije: 'mi formación es para Centro América, para El Salvador'", afirma. El retornaría por fin a este tierra en 1968, el mismo año de la reunión de la Iglesia Católica Latinoamericana en Medellín, Colombia, a la cual asistió el Papa Pablo VI.

"Es la aplicación del Concilio Vaticano Segundo (celebrado de 1963 al 65) al continente americano, en éste se preguntó la iglesia cómo estaba, para dónde caminar. Yo estaba terminando mis estudios en Roma y recibo las conclusiones de Medellín. Me quedé un poco asombrado, creía que sería imposible que nuestras jerarquías, que nuestros obispos, salieran con esas conclusiones", sostiene Salvador.

-¿Qué conclusión le impactó más?

-Se dice que es el continente más católico y con más católicos, sin embargo, junto a eso había una realidad de un pueblo donde más injusticia había. Las grandes mayorías estaban injustamente tratadas. Eso, Dios no lo quiere, por tanto, la Iglesia no lo podía aprobar. Al pobrecito se le había metido que, como estaban las cosas, era voluntad de Dios, y era lo que Dios quería, era una fe conformista, dice Salvador.

Entonces Medellín dice claramente &emdash;explica Salvador&emdash;, que la religión tenía que estar al lado del necesitado, del pobre, no al lado de... por decirlo con un palabra, del patrón. "Si esto, a nivel religioso y de educación, lo metemos en nuestras circunstancias, va a ser problema, el cual viene del 68 hasta el 80". "La educación no simplemente la vamos a llenar de unas cuantas cositas, sino que vamos a darle idea y claridad de que Dios no quiere que sea pobre. Vamos a meterle que así como está, no se lo merece, y la educación le ayudará a cambiar, a transformarse".

En lo religioso, en vez de decirle eres pobre, naciste pobre y Dios quiere que seas pobre, porque esa es la voluntad de Dios, el mensaje será que Dios no quiere eso. Dios quiere que se rebele contra eso, porque es un hijo de Dios que debe trabajar para mejorar, para tener el mínimun vital.

"Si esto lo metes a nuestra gente, que es tan religiosa, va a ser una fuerza de cambio terrible", anuncia Salvador. El tendría la oportunidad de sentirlo con las reacciones que logró al trasmitir la nueva visión a los futuros curas del Seminario San José de La Montaña, en San Salvador, donde sería maestro. Y lo mismo sucedería en la Universidad Centroamericana "José Simeón Cañas" (UCA).

"El Salvador era un sitio privilegiado para nuestra misión, teníamos un colegio con fama (el Externado San José), el seminario por donde pasaban los sacerdotes del país, y la UCA, que es centroamericana, porque nuestra idea era que no fuera sólo para El Salvador", explica Salvador, quien inmediatamente se dio cuenta de que el país del 55 era otro. "Había inquietudes de tipo social, aquellas gentes sencillas que venían a trabajar a la corta sin grandes ilusiones de la vida ni protestas tenían mucha más conciencia. Quieren progresar y se han dado cuenta de que como estaban no era el ideal de vida".

En ese entonces, la Universidad Nacional era un hervidero de inquietudes, de lucha ideológica. El referente internacional del cambio era la figura de Fidel Castro, que en diciembre de 1959 asumió el poder en Cuba. "El ambiente era de concientización", recuerda Salvador. "El que algunos colegios mandaran a alfabetizar a los alumnos a las barriadas costó sangre. En el Externado hubo problemas. El Ministerio de Educación dijo que estábamos indoctrinando. Ahí se veía si realmente los planes del Ministerio querían educar o no, éstos buscaban llenarles las cabezas de cosas, darles el título, pero no preparales para la vida, para desarrollarse y para desarrollar el país".

El trabajo de Salvador y sus compañeros fue calificado de peligroso, y los obispos tomaron cartas en el asunto. Los jesuitas fueron sacados del Seminario San José de la Montaña. "Nos vino bien el cambio, porque liberamos fuerzas para comenzar a trabajar en otros sitios. Nosotros, profesores en seminarios y educar curitas sí, aquí y en otros países, pero nosotros, meternos en el pueblo, en el suburbio, ser el sacerdote, en eso no teníamos experiencia", afirma Salvador.

Su nuevo destino: Aguilares, trabajar junto al sacerdote Rutilio Grande. Van cuatro, la idea era abarcar más territorio, incidir en las comunidades y repartir el trabajo. A Salvador le tocó el campo. "Por primera vez se usó la palabra evangelización. En vez de quedarnos con el catecismo católico, pusimos en manos de nuestra gente el propio Evangelio, la Biblia. Se convirtió en un instrumento peligroso, llevabas allá unos jovencitos de bachillerato a alfabetizar, era peligroso; si iban universitarios, era peligroso, porque eran instrumentos que les abrían los ojos de inmediato", dice Salvador enfatizando cada palabra. "Les ponía conciencia".

Todo sucedería del 72 al 77. "Esos años serían el prólogo, la preparación de lo que vendrá después". ¿Y qué pasó? Los campesinos se organizan a nivel nacional en un gran eje, en FECCAS (Federación Cristiana de Campesinos Salvadoreños), que se unió después a la UTC (Unión Trabajadores del Campo) y más tarde, a las FPL (Fuerzas Populares de Liberación). "En el campo le llamábamos 'Las Felipas', van haciendo alianzas. Todo eso va a terminar en la izquierda", explica Salvador.

Y finalmente, el 12 de marzo de 1977, matan a Rutilio Grande, párroco de Aguilares. "Primer sacerdote que cae, lo primero que digo es como puede ser, un hombre que ha estado con el Evangelio, con la gente, que no tiene de político nada, le matan y a no sé cuántos del pueblo", sostiene Salvador. "Y la gente dijo: "Si hasta éste le matan, nosotros, cristianos, no podemos quedar así de brazos cruzados". Y vendrá enseguida la respuesta de la violencia, pero como respuesta...".

El día del entierro de Rutilio, Salvador estaba junto a monseñor Oscar Arnulfo Romero, y cuando él escuchó las consignas de los jóvenes que pertenecían a la organización campesina, se le puso la carne de gallina.

&emdash;El color de la sangre no se olvida&emdash;, gritaban.

&emdash;¿Y esto qué significa? ¿Que no hay perdón? ¿Qué hay que responder con la violencia?&emdash;, se preguntaba Salvador.

Y el día en que ya no fue un cura, sino monseñor Oscar Arnulfo Romero, un 24 de marzo de 1980, vino la guerra.


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