- De "padrecito" a
Chambita
Su voz salta del susurro al tono alto,
tiene la fuerza de una cascada. Es como la
vida del jesuita Salvador Carranza, de 64
años, en El Salvador. El llegó
como novicio y quedó atrapado por el
pueblo campo
Sandra
Moreno
- El Diario
de Hoy
Nació
en tiempo de guerra, en Burgos, España.
Era el año 1936, y su padre estaba
disparando, su madre invocó a Dios y a
todos los santos. "Este tiene que ser Salvador",
exclamó al ver su recién nacido. Y
así Salvador Carranza recibió un
nombre extraño en su patria, pero que tal
vez le indicaba su destino: ser jesuita en El
Salvador.
Salvador iniciaría su vida religiosa
después de terminar el bachillerato y con
un año y medio de vestir el
hábito, lo envían al noviciado
centroamericano de los jesuitas: El Carmen, en
Nueva San Salvador, La Libertad.
Corría 1955. "Nos tenían
bastante encerrados, pero tuvimos experiencias
muy bellas de salir a ver la vida
salvadoreña. Un mes de trabajo en los
hospitales, ayudando en la limpieza, y otro en
los pueblos, acompañando al arzobispo. Me
llamaban "padrecito". Al obispo teníamos
que reunirles a los niños,
señoras, y a los hombres, sacarlos de las
cinqueras. Eran unos hombrones medio tomados,
pero nadie decía nada, había un
respeto tremendo hacia nosotros", recuerda
Salvador. "La idea que saqué de la gente
fue demasiado romántica: buena, con
muchos problemas, pero que los aguantaba bien.
Me llamaba la atención, en la
época de corte de café, que en los
portales dormía el hombre, la esposa, los
hijos, y por la mañana
desaparecían. Se iban a la corta, en la
noche regresaban. No esperaban mucho de la vida
y se conformaban con poco, y allí
estaban".
Este primer contacto con El Salvador
atraparía el corazón del novicio.
"Ya no pensé que mi vida sería en
otra parte", revela Salvador. Sin embargo, a los
dos años de su llegada, lo envían
a Ecuador para integrarse a la Universidad
Católica. Estudió Letras y
Filosofía durante cinco años.
Luego fue a Panamá, donde daría
clases a jóvenes de bachillerato. Su
entrenamiento duraría tres años.
"Era ir probando qué tal iba a ser uno,
si se defendía", explica este jesuita que
terminaría después en Roma,
especializándose en Teología.
"Siempre me dije: 'mi formación es
para Centro América, para El Salvador'",
afirma. El retornaría por fin a este
tierra en 1968, el mismo año de la
reunión de la Iglesia Católica
Latinoamericana en Medellín, Colombia, a
la cual asistió el Papa Pablo VI.
"Es la aplicación del Concilio
Vaticano Segundo (celebrado de 1963 al 65) al
continente americano, en éste se
preguntó la iglesia cómo estaba,
para dónde caminar. Yo estaba terminando
mis estudios en Roma y recibo las conclusiones
de Medellín. Me quedé un poco
asombrado, creía que sería
imposible que nuestras jerarquías, que
nuestros obispos, salieran con esas
conclusiones", sostiene Salvador.
-¿Qué conclusión le
impactó más?
-Se dice que es el continente más
católico y con más
católicos, sin embargo, junto a eso
había una realidad de un pueblo donde
más injusticia había. Las grandes
mayorías estaban injustamente tratadas.
Eso, Dios no lo quiere, por tanto, la Iglesia no
lo podía aprobar. Al pobrecito se le
había metido que, como estaban las cosas,
era voluntad de Dios, y era lo que Dios
quería, era una fe conformista, dice
Salvador.
Entonces Medellín dice claramente
&emdash;explica Salvador&emdash;, que la
religión tenía que estar al lado
del necesitado, del pobre, no al lado de... por
decirlo con un palabra, del patrón. "Si
esto, a nivel religioso y de educación,
lo metemos en nuestras circunstancias, va a ser
problema, el cual viene del 68 hasta el 80". "La
educación no simplemente la vamos a
llenar de unas cuantas cositas, sino que vamos a
darle idea y claridad de que Dios no quiere que
sea pobre. Vamos a meterle que así como
está, no se lo merece, y la
educación le ayudará a cambiar, a
transformarse".
En lo religioso, en vez de decirle eres
pobre, naciste pobre y Dios quiere que seas
pobre, porque esa es la voluntad de Dios, el
mensaje será que Dios no quiere eso. Dios
quiere que se rebele contra eso, porque es un
hijo de Dios que debe trabajar para mejorar,
para tener el mínimun vital.
"Si
esto lo metes a nuestra gente, que es tan
religiosa, va a ser una fuerza de cambio
terrible", anuncia Salvador. El tendría
la oportunidad de sentirlo con las reacciones
que logró al trasmitir la nueva
visión a los futuros curas del Seminario
San José de La Montaña, en San
Salvador, donde sería maestro. Y lo mismo
sucedería en la Universidad
Centroamericana "José Simeón
Cañas" (UCA).
"El Salvador era un sitio privilegiado para
nuestra misión, teníamos un
colegio con fama (el Externado San José),
el seminario por donde pasaban los sacerdotes
del país, y la UCA, que es
centroamericana, porque nuestra idea era que no
fuera sólo para El Salvador", explica
Salvador, quien inmediatamente se dio cuenta de
que el país del 55 era otro.
"Había inquietudes de tipo social,
aquellas gentes sencillas que venían a
trabajar a la corta sin grandes ilusiones de la
vida ni protestas tenían mucha más
conciencia. Quieren progresar y se han dado
cuenta de que como estaban no era el ideal de
vida".
En ese entonces, la Universidad Nacional era
un hervidero de inquietudes, de lucha
ideológica. El referente internacional
del cambio era la figura de Fidel Castro, que en
diciembre de 1959 asumió el poder en
Cuba. "El ambiente era de
concientización", recuerda Salvador. "El
que algunos colegios mandaran a alfabetizar a
los alumnos a las barriadas costó sangre.
En el Externado hubo problemas. El Ministerio de
Educación dijo que estábamos
indoctrinando. Ahí se veía si
realmente los planes del Ministerio
querían educar o no, éstos
buscaban llenarles las cabezas de cosas, darles
el título, pero no preparales para la
vida, para desarrollarse y para desarrollar el
país".
El trabajo de Salvador y sus
compañeros fue calificado de peligroso, y
los obispos tomaron cartas en el asunto. Los
jesuitas fueron sacados del Seminario San
José de la Montaña. "Nos vino bien
el cambio, porque liberamos fuerzas para
comenzar a trabajar en otros sitios. Nosotros,
profesores en seminarios y educar curitas
sí, aquí y en otros países,
pero nosotros, meternos en el pueblo, en el
suburbio, ser el sacerdote, en eso no
teníamos experiencia", afirma
Salvador.
Su nuevo destino: Aguilares, trabajar junto
al sacerdote Rutilio Grande. Van cuatro, la idea
era abarcar más territorio, incidir en
las comunidades y repartir el trabajo. A
Salvador le tocó el campo. "Por primera
vez se usó la palabra
evangelización. En vez de quedarnos con
el catecismo católico, pusimos en manos
de nuestra gente el propio Evangelio, la Biblia.
Se convirtió en un instrumento peligroso,
llevabas allá unos jovencitos de
bachillerato a alfabetizar, era peligroso; si
iban universitarios, era peligroso, porque eran
instrumentos que les abrían los ojos de
inmediato", dice Salvador enfatizando cada
palabra. "Les ponía conciencia".
Todo sucedería del 72 al 77. "Esos
años serían el prólogo, la
preparación de lo que vendrá
después". ¿Y qué pasó?
Los campesinos se organizan a nivel nacional en
un gran eje, en FECCAS (Federación
Cristiana de Campesinos Salvadoreños),
que se unió después a la UTC
(Unión Trabajadores del Campo) y
más tarde, a las FPL (Fuerzas Populares
de Liberación). "En el campo le
llamábamos 'Las Felipas', van haciendo
alianzas. Todo eso va a terminar en la
izquierda", explica Salvador.
Y finalmente, el 12 de marzo de 1977, matan a
Rutilio Grande, párroco de Aguilares.
"Primer sacerdote que cae, lo primero que digo
es como puede ser, un hombre que ha estado con
el Evangelio, con la gente, que no tiene de
político nada, le matan y a no sé
cuántos del pueblo", sostiene Salvador.
"Y la gente dijo: "Si hasta éste le
matan, nosotros, cristianos, no podemos quedar
así de brazos cruzados". Y vendrá
enseguida la respuesta de la violencia, pero
como respuesta...".
El día del entierro de Rutilio,
Salvador estaba junto a monseñor Oscar
Arnulfo Romero, y cuando él
escuchó las consignas de los
jóvenes que pertenecían a la
organización campesina, se le puso la
carne de gallina.
&emdash;El color de la sangre no se
olvida&emdash;, gritaban.
&emdash;¿Y esto qué significa?
¿Que no hay perdón? ¿Qué
hay que responder con la violencia?&emdash;, se
preguntaba Salvador.
Y el día en que ya no fue un cura,
sino monseñor Oscar Arnulfo Romero, un 24
de marzo de 1980, vino la guerra.