Vayan y
cuéntenlo
Hay que reconocer que nos hemos devaluado
frente al periodismo internacional. Ante esta
realidad, yo me alegro. Permitan que me
explique: Durante los ochentas, nuestra
cotización en el mercado de primeras
páginas se disparaba a golpe de mina de
contacto, masacre, represión, toma de
catedral o enfrentamiento bélico.
Por Juan
Bosco Martín
Hoy,
como hemos logrado construir un país
políticamente más civilizado que
antes, no valemos un centavo a los ojos de los
carroñeros que controlan la
opinión pública internacional,
excepto cuando sobreviene un
Mitch y hacen su agosto fotografiando los
mocos del niño y los senos de la
señora que se lava en el río de
aguas negras.
Cuando escribo carroñeros no lo hago
con desdén, puesto que el periodista que
revolotea alrededor de lo podrido, que mete el
dedo en la llaga y que nos presenta las crudas
realidades a la hora del almuerzo actúa
como catalizador de la higiene social. El primer
paso para curar una herida es localizarla. Por
tanto, el carroñerismo forma parte de
nuestro oficio, les guste o no. (Creo que, con
las explicaciones pertinentes, sí les
parece bien).
Ahora bien: el periodista no es sólo
un ave de rapiña. Y es lo que parecen
haber olvidado mis queridos colegas de los
medios extranjeros. Hoy, en estas elecciones
cargadas por la normalidad, que es la mejor
noticia que puede presentarse en un país
tan violento como el nuestro, no hemos sido
presentados como nos merecemos ante los ojos del
gran público. ¿Es que tenemos que
poner una bomba en una urna para que nos presten
atención? No sé cuántos
años le pidieron la Paz en este
país, y ahora que la ha llevado a la
práctica como ninguna otra nación
en el mundo, no hay nadie que cuente sus
maravillosas consecuencias. Nadie cuenta como se
debe que, así como hace un año el
país entero se volcó por un
arenero como Francisco Flores, el domingo lo
hizo primordialmente por el FMLN sin otro
prejuicio por delante que la libertad personal,
mostrando una madurez democrática que ya
quisieran para sí otras
naciones que no han sufrido una guerra civil.
A los españoles les tomó cuarenta
años reconciliarse. A los
salvadoreños muchos menos, como
demuestran las últimas convocatorias
electorales. Les invito a que lo narren con todo
detalle. No sólo le harán un favor
al periodismo, sino a lo que es más
importante: la Verdad.