'The next best
thing'
Los mejores momentos de la película
ocurren cuando examina el estrés sobre
una amistad complicada que se vuelve
momentáneamente erótica con
consecuencias desastrosas
- Stephen
Holden
- New York
Tal vez Algo le ocurre a Madonna cuando deja
de cantar, bailar y posar y se ve obligada a
hacer un papel en la pantalla grande que habla
inglés como todo el mundo. La
extraordinaria energía que la
convirtió en una estrella famosa
mundialmente queda sofocada y la personalidad
que flota en la pantalla es la de una mujer
atractiva y seca que hasta en los momentos
más emotivos es una desabrida.
En "The Next Best Thing" Madonna se empareja
con su amigo, el actor inglés Rupert
Everett, quien rezuma otro tipo de frialdad
&endash;a veces hace pensar en un Little Lord
Fountleroy adulto al borde de una rabieta.
Aunque la química entre ellos se asemeja
más al hielo seco que al fuego, no deja
de ser genuina a su manera. Se trata de dos
narcisistas que tienen suficiente millaje como
para ser capaces de destrozar sus respectivas
ilusiones sin respingar.
En este filme, dirigido por John Schlessinger
con un guión de Thomas Ropeweleski,
Madonna y Everett interpretan dos versiones de
ellos mismos. Madonna es Abbie Reynolds, una
maestra de yoga de Los Angeles que se ha quemado
románticamente demasiadas veces con
hombres que han usado esas temibles palabras:
"Soy yo, no eres tú" para salirse de una
relación en la cual han perdido
interés. Everett es Robert Whittaker, el
mejor amigo de Abbie, un homosexual maduro y un
fiestero empedernido de Hollywood que trabaja
como jardinero en la mansión de dos
homosexuales ricos y viejos que se pasan las
tardes discutiendo si la verdadera Annie Oakley
fue Ethel Merman o BettyHutton.
En las primeras escenas, The Next Best Thing
promete ser una sofisticada y alocada comedia
sobre el amor romántico, la maternidad y
la orientación sexual en Los
Ángeles hoy día. Pero a mitad de
camino, la historia da un viraje desastroso y se
aparta de la comedia hacia a tierra de la espuma
y los lagrimones.
La trama
Los mejores momentos de la película
ocurren cuando examina el estrés sobre
una amistad complicada que se vuelve
momentáneamente erótica con
consecuencias desastrosas. Después del
funeral de un amigo mutuo que murió de
SIDA, Abbie y Robert se emborrachan salvajemente
y hacen el amor en una escena que es una parodia
excelente de las secuencias de baile de Fred
Astaire y Ginger Rogers. Aunque al otro
día experimentan algo de tensión,
el incidente se olvida enseguida. Hasta que
Abbie descubre que está embarazada.
Robert casi se desmaya cuando recibe la noticia
pero recupera el equilibrio. La pareja de amigos
decide muy entusiasmada que van a vivir juntos y
a criar al bebé.
El primer viraje equivocado de la
película ocurre cuando corta abruptamente
de Abbie dando a luz a su hijo Sam (Malcolm
Stumpf) y salta seis años más
tarde cuando Sam ya es un adorable niño
que comienza a hacerle preguntas
difíciles a sus padres. Hasta entonces
nos han hecho creer que todo ha ido de maravilla
y que los tres han vivido felices. Sam es esa
absurda fantasía de Hollywood del
niño modelo que nunca se enferma, nunca
tiene rabietas y ama a todo el mundo todo el
tiempo.
El problema surge cuando Ben (Benjamín
Bratt), un apuesto banquero de inversiones de
Nueva York, llega un día al estudio de
yoga de Abbie, toma una lección y se
enamora de ella. Robert se siente cada vez
más disgustado con Ben haciendo de
papá con Sam durante unos paseos por la
playa que parecen una tarjeta postal. Cuando
Abbie y Ben deciden casarse, el asunto del
futuro de Sam se convierte en una tema
amargamente divisorio.
Aunque sólo se pueda conjeturar
cómo fue que la película
falló, The Next Best Thing luce como una
película cuyos creadores se temieron en
algún punto que la historia fuera
demasiado insignificante y familiar y buscaron
frenéticamente otra trama más para
que la narrativa fuera más jugosa. En el
momento en que la película pierde su
espíritu liviano, pierde el contacto con
la realidad.