- Aclarando
amanece
- ¿Para qué
sirven los diputados?
- Carlos
Sandoval
El
pueblo salvadoreño concurrió ayer
domingo, 12 de marzo, a las urnas para elegir
diputados a la Asamblea Legislativa y al
Parlamento Centroamericano, así como para
renovar los Concejos Municipales de todo el
país. En ese diálogo colectivo que
son las campañas entre electores y
elegibles, entre representantes y representados,
se eligieron 168 diputados nacionales
(propietarios y suplentes), 40 del Parlacen
(propietarios y suplentes) y 262 gobiernos
locales, lo que en términos
económicos representa una gigantesca y
onerosa burocracia para un país
empobrecido, endeudado y humillado como el
nuestro. Porque El Salvador, como lo he
expresado en otras ocasiones, no es ni siquiera
un país en vías de desarrollo,
sino "en vías de subdesarrollo".
La elusiva jerga de los organismos
internacionales ha sido muy hábil y
astuta en inventar eufemismos. Cuando comenzaron
a llamar a El Salvador, junto a los demás
países del tercer mundo, "país
subdesarrollado", advirtieron con el tiempo que
la frase era irreverente e irrespetuosa, que
denigraba más a las llamadas
despectivamente repúblicas bananeras y
cafetaleras y que el sufijo "sub" indicaba
inferioridad no solamente económica, sino
también racial y cultural. Por eso se
vieron obligados a cambiar el calificativo de
"país subdesarrollado" por el de
"país en vías de desarrollo".
Creyeron, ingenuamente, que al modificar la
semántica se modificaría
también la realidad y que, por
consiguiente, dejaríamos de ser
atrasados, tercermundistas y pobres.
Lo mismo sucede en nuestra ambigua jerga
oficial pues a los funcionarios no les gusta
reconocer que hay pobres, sino solamente "grupos
económicamente débiles", como si
al hablar así se conjurase el hecho de
que hay gente pobre. Lo mejor es llamar a las
cosas por su nombre y decir que El Salvador es
un país "en vías de
subdesarrollo". Los numerosos estudios sociales
y económicos que se publican
periódicamente así lo confirman.
Somos subdesarrollados, pues, a pesar nuestro.
Esto no solamente se manifiesta en el campo
económico: bajo ingreso per
cápita, menor eficiencia productiva,
atrasada industrialización, etc.
También, no podía ser de otra
manera, en el social: pobreza, marginalidad,
inseguridad, analfabetismo, insalubridad, falta
de vivienda, deterioro del medio ambiente e
incultura. Esto último quedó
reflejado en la recién finalizada
campaña política. A la par de los
debates televisivos con corsés,
predominaron el descrédito personal, el
anonimato inmoral, las acusaciones infundadas y
los golpes bajos. Como lo hice ver en un
articulejo anterior, se confunde la propaganda
política con la publicidad comercial en
donde los programas son sustituidos por la
imagen televisiva y el discurso
democrático racional por los
eslóganes que imponen las técnicas
del "marketing". Y la consecuencia decepcionante
de esto es que las figuras de los líderes
y protagonistas se forman de la misma manera que
las de cualquier producto comercial:
cigarrillos, jabones y detergentes. Nuestros
legisladores y ediles no son el producto de la
capacidad dialéctica, la lógica
persuasiva y la argumentación racional,
sino de la contumaz y machacona publicidad
comercial.
Dentro de esta óptica es oportuno y
necesario preguntarse si la nueva Asamblea
Legislativa podrá hacer algo, no ya para
resolver nuestro subdesarrollo, sino, por lo
menos, para aminorarlo, reducirlo, achicarlo; si
los diputados tienen clara conciencia de su
papel de legisladores y si, en fin,
podrán darle un andamiaje jurídico
al país para ir saliendo de la profunda
barranca en que nos encontramos. La experiencia
histórica nos ha vuelto
escépticos, dudosos, desconfiados. En el
Salón Azul han predominado la
ineficiencia, la incapacidad, el sectarismo y la
polarización y no es lógico pensar
que la consulta del domingo 12 haya hecho el
milagro de cambiar sustancialmente el escenario.
Aunque parezca mentira, a un ex director de la
PNC se le puso como paradigma de buen
legislador.
Como se recordará, las plataformas
legislativas de los distintos partidos
políticos se concretaron a prometer un
mejor nivel de vida, reducir los impuestos, dar
más seguridad, mejorar el medio ambiente,
crear fuentes de trabajo, atender la
producción agropecuaria y dinamizar la
economía. Pero no hay ninguna duda que
ofrecieron más de lo que pueden cumplir
porque ni a la Asamblea Legislativa le
corresponde dirigir la política
económica y social del país ni los
diputados son magos. El Poder Legislativo tiene
sus serias limitantes constitucionales, a pesar
de que se le llame el Primer Órgano del
Estado y sus atribuciones sean múltiples
y variadas. Ni siquiera su función
primordial de legislar es absoluta, pues
intervienen en el proceso de elaboración
de las leyes el Presidente de la
República y la Corte Suprema de Justicia,
en algunos casos. El derecho al veto del
Mandatario es una prueba de las serias
limitaciones que tiene la Asamblea Legislativa.
Lo que no es natural dentro de juego republicano
de pesos y contrapesos.
Afortunadamente, el cuerpo político ya
no es el poder sumiso, obediente y servil a los
deseos y caprichos del Mandatario de turno, como
se practicaba en el pasado bajo los
regímenes de Hernández
Martínez, Castaneda Castro, Osorio,
Lemus, Rivera, Sánchez Hernández,
Romero y Duarte sino que ha alcanzado cierto
grado de independencia y autonomía. Pero
esta independencia no debe servir para que se
manifieste la confrontación cerril, el
sectarismo enervante, la prepotencia irracional,
la polarización estéril y el
oportunismo degradante. Este nuevo congreso,
cualquiera que sea su composición, debe
integrarse de manera consecuente con el futuro
del país para que ayude a sacarlo del
subdesarrollo en que se encuentra, para que se
consolide la democracia y para que prevalezca el
Estado de Derecho. O, por lo menos, para que
frene las posibles arbitrariedades del poder
público. ¿Servirán para esto
los nuevos diputados o solamente para levantar
la mano, viajar a costillas del erario y cobrar
jugosos sueldos?