Lunes 13 de marzo


Aclarando amanece
¿Para qué sirven los diputados?
Carlos Sandoval

El pueblo salvadoreño concurrió ayer domingo, 12 de marzo, a las urnas para elegir diputados a la Asamblea Legislativa y al Parlamento Centroamericano, así como para renovar los Concejos Municipales de todo el país. En ese diálogo colectivo que son las campañas entre electores y elegibles, entre representantes y representados, se eligieron 168 diputados nacionales (propietarios y suplentes), 40 del Parlacen (propietarios y suplentes) y 262 gobiernos locales, lo que en términos económicos representa una gigantesca y onerosa burocracia para un país empobrecido, endeudado y humillado como el nuestro. Porque El Salvador, como lo he expresado en otras ocasiones, no es ni siquiera un país en vías de desarrollo, sino "en vías de subdesarrollo".

La elusiva jerga de los organismos internacionales ha sido muy hábil y astuta en inventar eufemismos. Cuando comenzaron a llamar a El Salvador, junto a los demás países del tercer mundo, "país subdesarrollado", advirtieron con el tiempo que la frase era irreverente e irrespetuosa, que denigraba más a las llamadas despectivamente repúblicas bananeras y cafetaleras y que el sufijo "sub" indicaba inferioridad no solamente económica, sino también racial y cultural. Por eso se vieron obligados a cambiar el calificativo de "país subdesarrollado" por el de "país en vías de desarrollo". Creyeron, ingenuamente, que al modificar la semántica se modificaría también la realidad y que, por consiguiente, dejaríamos de ser atrasados, tercermundistas y pobres.

Lo mismo sucede en nuestra ambigua jerga oficial pues a los funcionarios no les gusta reconocer que hay pobres, sino solamente "grupos económicamente débiles", como si al hablar así se conjurase el hecho de que hay gente pobre. Lo mejor es llamar a las cosas por su nombre y decir que El Salvador es un país "en vías de subdesarrollo". Los numerosos estudios sociales y económicos que se publican periódicamente así lo confirman. Somos subdesarrollados, pues, a pesar nuestro. Esto no solamente se manifiesta en el campo económico: bajo ingreso per cápita, menor eficiencia productiva, atrasada industrialización, etc. También, no podía ser de otra manera, en el social: pobreza, marginalidad, inseguridad, analfabetismo, insalubridad, falta de vivienda, deterioro del medio ambiente e incultura. Esto último quedó reflejado en la recién finalizada campaña política. A la par de los debates televisivos con corsés, predominaron el descrédito personal, el anonimato inmoral, las acusaciones infundadas y los golpes bajos. Como lo hice ver en un articulejo anterior, se confunde la propaganda política con la publicidad comercial en donde los programas son sustituidos por la imagen televisiva y el discurso democrático racional por los eslóganes que imponen las técnicas del "marketing". Y la consecuencia decepcionante de esto es que las figuras de los líderes y protagonistas se forman de la misma manera que las de cualquier producto comercial: cigarrillos, jabones y detergentes. Nuestros legisladores y ediles no son el producto de la capacidad dialéctica, la lógica persuasiva y la argumentación racional, sino de la contumaz y machacona publicidad comercial.

Dentro de esta óptica es oportuno y necesario preguntarse si la nueva Asamblea Legislativa podrá hacer algo, no ya para resolver nuestro subdesarrollo, sino, por lo menos, para aminorarlo, reducirlo, achicarlo; si los diputados tienen clara conciencia de su papel de legisladores y si, en fin, podrán darle un andamiaje jurídico al país para ir saliendo de la profunda barranca en que nos encontramos. La experiencia histórica nos ha vuelto escépticos, dudosos, desconfiados. En el Salón Azul han predominado la ineficiencia, la incapacidad, el sectarismo y la polarización y no es lógico pensar que la consulta del domingo 12 haya hecho el milagro de cambiar sustancialmente el escenario. Aunque parezca mentira, a un ex director de la PNC se le puso como paradigma de buen legislador.

Como se recordará, las plataformas legislativas de los distintos partidos políticos se concretaron a prometer un mejor nivel de vida, reducir los impuestos, dar más seguridad, mejorar el medio ambiente, crear fuentes de trabajo, atender la producción agropecuaria y dinamizar la economía. Pero no hay ninguna duda que ofrecieron más de lo que pueden cumplir porque ni a la Asamblea Legislativa le corresponde dirigir la política económica y social del país ni los diputados son magos. El Poder Legislativo tiene sus serias limitantes constitucionales, a pesar de que se le llame el Primer Órgano del Estado y sus atribuciones sean múltiples y variadas. Ni siquiera su función primordial de legislar es absoluta, pues intervienen en el proceso de elaboración de las leyes el Presidente de la República y la Corte Suprema de Justicia, en algunos casos. El derecho al veto del Mandatario es una prueba de las serias limitaciones que tiene la Asamblea Legislativa. Lo que no es natural dentro de juego republicano de pesos y contrapesos.

Afortunadamente, el cuerpo político ya no es el poder sumiso, obediente y servil a los deseos y caprichos del Mandatario de turno, como se practicaba en el pasado bajo los regímenes de Hernández Martínez, Castaneda Castro, Osorio, Lemus, Rivera, Sánchez Hernández, Romero y Duarte sino que ha alcanzado cierto grado de independencia y autonomía. Pero esta independencia no debe servir para que se manifieste la confrontación cerril, el sectarismo enervante, la prepotencia irracional, la polarización estéril y el oportunismo degradante. Este nuevo congreso, cualquiera que sea su composición, debe integrarse de manera consecuente con el futuro del país para que ayude a sacarlo del subdesarrollo en que se encuentra, para que se consolide la democracia y para que prevalezca el Estado de Derecho. O, por lo menos, para que frene las posibles arbitrariedades del poder público. ¿Servirán para esto los nuevos diputados o solamente para levantar la mano, viajar a costillas del erario y cobrar jugosos sueldos?


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