Miércoles 30 de junio


Para ver llover

Intolerancia

La mejor y acaso única prueba de mi catolicismo se reduce a una estampita de María que guardo como recuerdo de mi primera comunión. Por cierto, mi recuerdo de aquel rito consta de agua, mucha agua. Fue en el invierno de 1982, cuando las noticias que venían de Montebello merecieron más de alguna lágrima y serias reflexiones -como tales, nunca escuchadas-.

Por Cristian Villalta

Cristiano soy, y no por costumbre ni lugar común, como pasa con cientos de miles de compatriotas, sino por simpatía profunda con el discurso de aquel humilde carpintero que, sobreponiéndose a su condición de ser humano, alcanzó la divinidad con el amor como consigna. Por eso Jesús continúa siendo una figura revolucionaria. Hay que ser demasiado valiente para sacrificar la vida con el corazón como único armamento.

Mi madre me enseñó a lavarme los dientes por la noche, y mis mentores escolares, a no juzgar a nadie con rigor. Las caries, que me han merecido más de alguna maldición en noches de luna llena, y el calificativo de visceral y agrio que hasta mis mejores amigos me dedican de vez en cuando son prueba de que no aprendí ninguna de las lecciones.

Empero, hago el esfuerzo, para alegría de mi dentista y tristeza de mis detractores -no os aflijáis madre, que entre ellos sólo se cuentan Beatriz y un servidor-. Lastimosamente, hay dentro de mi estómago un gusano que se alimenta de indignación. Aunque no me preocupa mucho alimentarlo, hay ciertas personas que se empeñan en darle de comer con su intolerancia.

Dicen que el miedo y la estupidez van de la mano, al igual que el niño de la niña o la flor del suspiro. Asumo que es por miedo, y no por maldad, que muchos compatriotas apelaron a la moral, al morbo insano y a la contravención de las leyes de Natura para fustigar a los homosexuales que desfilaron por las calles de San Salvador el fin de semana.

Algunos de estos moralistas, adscritos a la institucionalidad eclesial, se permitieron incluso transcribir convenientes pasajes de la Biblia para condenar a los marchistas. Los exabruptos de la mayoritaria comunidad heterosexual oscilaron desde la broma chabacana -yo de hecho me permití más de algún chascarillo con mi vecino de escritorio-, hasta el discurso apocalíptico, augurando fuego eterno para aquellos y aquellas que tienen una preferencia sexual que no entendemos.

Es fácil escribir y editorializar contra aquellos grupos que nunca tendrán un defensor público. Es cómodo respaldar nuestras posiciones, por más aberrantes que éstas sean, en el texto bíblico, tantas veces malinterpretado. Lo difícil es lavarse los dientes por la noche, cuando el sueño ya se apoderó de nuestras ganas... o la intolerancia.


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