Para
ver llover
Intolerancia
La mejor y acaso
única prueba de mi catolicismo se reduce
a una estampita de María que guardo como
recuerdo de mi primera comunión. Por
cierto, mi recuerdo de aquel rito consta de
agua, mucha agua. Fue en el invierno de 1982,
cuando las noticias que venían de
Montebello merecieron más de alguna
lágrima y serias reflexiones -como tales,
nunca escuchadas-.
Por Cristian
Villalta
Cristiano
soy, y no por costumbre ni lugar común,
como pasa con cientos de miles de compatriotas,
sino por simpatía profunda con el
discurso de aquel humilde carpintero que,
sobreponiéndose a su condición de
ser humano, alcanzó la divinidad con el
amor como consigna. Por eso Jesús
continúa siendo una figura
revolucionaria. Hay que ser demasiado valiente
para sacrificar la vida con el corazón
como único armamento.
Mi madre me
enseñó a lavarme los dientes por
la noche, y mis mentores escolares, a no juzgar
a nadie con rigor. Las caries, que me han
merecido más de alguna maldición
en noches de luna llena, y el calificativo de
visceral y agrio que hasta mis mejores amigos me
dedican de vez en cuando son prueba de que no
aprendí ninguna de las
lecciones.
Empero, hago el esfuerzo,
para alegría de mi dentista y tristeza de
mis detractores -no os aflijáis madre,
que entre ellos sólo se cuentan Beatriz y
un servidor-. Lastimosamente, hay dentro de mi
estómago un gusano que se alimenta de
indignación. Aunque no me preocupa mucho
alimentarlo, hay ciertas personas que se
empeñan en darle de comer con su
intolerancia.
Dicen que el miedo y la
estupidez van de la mano, al igual que el
niño de la niña o la flor del
suspiro. Asumo que es por miedo, y no por
maldad, que muchos compatriotas apelaron a la
moral, al morbo insano y a la
contravención de las leyes de Natura para
fustigar a los homosexuales que desfilaron por
las calles de San Salvador el fin de
semana.
Algunos de estos moralistas,
adscritos a la institucionalidad eclesial, se
permitieron incluso transcribir convenientes
pasajes de la Biblia para condenar a los
marchistas. Los exabruptos de la mayoritaria
comunidad heterosexual oscilaron desde la broma
chabacana -yo de hecho me permití
más de algún chascarillo con mi
vecino de escritorio-, hasta el discurso
apocalíptico, augurando fuego eterno para
aquellos y aquellas que tienen una preferencia
sexual que no entendemos.
Es fácil escribir y
editorializar contra aquellos grupos que nunca
tendrán un defensor público. Es
cómodo respaldar nuestras posiciones, por
más aberrantes que éstas sean, en
el texto bíblico, tantas veces
malinterpretado. Lo difícil es lavarse
los dientes por la noche, cuando el sueño
ya se apoderó de nuestras ganas... o la
intolerancia.