Miércoles 30 de junio


Tomando la palabra

La modernización y nuestro futuro

Alfredo Mena Lagos*

Es necesario concentrarse en los aspectos filosóficos sobre el tipo de sociedad que queremos construir para nuestros hijos, y en este sentido debemos incluir en el análisis el rol que debe jugar el gobierno, el rol que debe jugar el país en el contexto de un mundo cada día más globalizado, pero lo más importante, el rol del individuo en la sociedad. La libertad individual es el factor imprescindible para potenciar las fortalezas del ser humano, y siendo el recurso humano la principal fuente de riqueza de la sociedad salvadoreña, es de lógica elemental tomar esto como la piedra angular de cualquier visión de nación que nos permita implementar programas y esfuerzos nacionales para generar la prosperidad que se necesita para desarrollarse.

Debemos todos los salvadoreños trabajar en un proyecto de modernización, en el cual, a través de la desburocratización, se libere a la sociedad y la economía de los costos escondidos de una burocracia sobredimensionada, que generalmente se traduce en indiferencia, ineficiencia, y corrupción; a través de la descentralización, se libere a las comunidades para tomar sus propias decisiones y acercar a estas al libre mercado; a través de la privatización, se liberen recursos para ser invertidos en infraestructura, salud, y educación; a través de la desregulación, se libere al sector privado para satisfacer las necesidades del mercado, produciendo competitivamente la riqueza que nos permitirá eliminar la pobreza, pero aún más importante, libere a los millones de consumidores salvadoreños para gozar de los beneficios de una sana y libre competencia.

La sociedad salvadoreña se debate en la actualidad entre las visiones del pasado y la visión del futuro, entre aquellos que insisten en ver hacia atrás y mantener el status quo, y aquellos que queremos ver hacia adelante y romper las estructuras que indiscutiblemente han obstaculizado la apertura de la sociedad, siendo estas responsables de haber creado las condiciones, o por lo menos proporcionado las excusas, para el conflicto que vivimos en los ochentas.

Si visualizamos un El Salvador insertado en el proceso de globalización mundial, necesariamente estamos hablando de un El Salvador competitivo. En este sentido, no podemos basar nuestro desarrollo en ventajas comparativas que se sustentan en recursos naturales que no tenemos y en condiciones sociales que no queremos.

Debemos basar nuestro futuro en ventajas competitivas basadas en capital humano de alta calidad, educado y saludable, y en un marco legal que garantice la libertad de producir competitivamente. Esto quiere decir que no podemos basar nuestro desarrollo en salarios bajos sino sen alta productividad; no podemos basar nuestro desarrollo en una moneda débil, sino en factores macroeconómicos sólidos y fuertes.

En términos prácticos, no podemos permitir que los intereses de algunas empresas o sectores obstaculicen la competitividad del país; no podemos permitir que los intereses de las dirigencias sindicales obstaculicen la movilidad laboral que es esencial para su productividad; no podemos permitir que los intereses de la burocracia y los políticos obstaculicen la producción competitiva.

Desde que se inició el proceso de reformas en El Salvador, una de las primeras cosas que se volvieron evidentes, fue la necesidad de una modernización mental. Después de vivir tantas décadas con una economía relativamente cerrada y dirigista; con un gobierno a veces interventor y autoritario; una burocracia acostumbrada a gastar sin medir costos; una clase política forjada en el clientelismo; un gremialismo diseñado para buscar y mantener privilegios; un aparato judicial entregado a los intereses políticos; y una sociedad conforme con la frustración de no poder cambiar estructuras aparentemente inamovibles, nos hace darnos cuenta de que el proceso de modernización debe comenzar por la mentalidad del país.

Aquellas personas, de todos los sectores y niveles, que se oponen en forma sistemática a la apertura de la economía hacia las fuerzas del mercado, deben entender que el esquema es insostenible ante el proceso de globalización que está cobrando cada día más velocidad e inercia en el mundo. Aquellas economías que no se abran y se vuelvan competitivas, van a quedar relegadas, sumiendo a sus sociedades en el subdesarrollo y la pobreza. Es necesario comprender que proteger únicamente nuestros propios intereses, es la receta para el aislamiento y el desastre; cuando debemos luchar por los intereses del país en un contexto general, que nos permita la legítima búsqueda de prosperidad en el progreso de nuestra sociedad.

Es necesario que nuestros gobernantes, en todos los poderes y niveles, que en algunos casos buscan sostener estructuras arcaicas, ineficientes, y a veces corruptas, entiendan que la prosperidad y el desarrollo de nuestro pueblo está en devolver la libertad que nuestros ciudadanos se merecen y necesitan.

Es necesario redefinir el rol del Estado y su dimensión adecuada, hacia la subsidiariedad y la facilitación de los procesos productivos, reestructurándolo para que sea efectivo en las funciones que sí le son legítimas. Estas funciones se deben limitar a la seguridad, la administración de la justicia, salud y educación básicas, y a asegurar que el mercado sea lo más libre posible, evitando abusos y distorsiones que tanto daño nos han causado en el pasado cuando no se le ha permitido al consumidor gozar de los beneficios de una sana y libre competencia.

No sólo se debe racionalizar el gasto público, también se debe racionalizar la recaudación tributaria. El presente esquema que permite esconder el despilfarro y escuda a la burocracia de su responsabilidad, debe ser sustituido por un sistema transparente que le permita a nuestra sociedad deducir responsabilidades y verdaderamente asignar los costos reales del gobierno.

El sistema tributario debe ser rediseñado hacia la justicia, neutralidad y eficiencia, evitando las distorsiones en los procesos de decisión que los actuales sistemas fomentan, la evasión que estos permiten y los costos de recaudación que generan. Debemos todos los salvadoreños darnos cuenta de que en esta vida no hay almuerzo gratis, y que la verdadera justicia se alcanza únicamente a través de la transparencia. La tributación debe ser orientada hacia fomentar el ahorro y la inversión, acelerando la creación de fuentes de trabajo y riqueza, que es lo único que nos va a permitir alcanzar el desarrollo y la prosperidad.

Nuestra clase política debe comprender que la lucha por alcanzar la justicia y la prosperidad no se puede basar únicamente en el clientelismo que busca proteger intereses personales, gremiales y sectoriales. Los políticos deben comprender que el bienestar del país va más allá del consenso de intereses, que en la mayoría de veces desemboca en algo en que nadie cree, pero nadie se opone. Es necesario despolitizar el proceso de reformas, y enfocarse en el aspecto técnico, basado lógicamente en las experiencias de otros países, pues no se trata de reinventar la rueda sino de alcanzar el éxito.

El sector político tiene que meditar muy profundamente sobre su rol en la creación de esa visión de nación y en la construcción del tipo de sociedad que le queremos heredar a nuestros hijos. Los partidos políticos tienen la opción de ser instituciones que defienden principios o defienden intereses. Los políticos tienen la opción de ser forjadores de nación o mercaderes de privilegios. Todos los salvadoreños tenemos que escoger entre un El Salvador de libertades o un El Salvador de privilegios.

*Columnista de El Diario de Hoy.


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