Miércoles 30 de junio


La economía del próximo milenio

Pablo Peyrolón*

¿Es la era digital una nueva revolución para la economía como lo fue la revolución industrial? ¿Cuáles serán los efectos de Internet sobre el sistema económico tal y como hoy se entiende? ¿Puede el cambio de la tecnología llevar a un cambio de los principios económicos? ¿Cuáles son los efectos de Internet sobre el consumo, el trabajo o el tiempo de ocio? ¿Son esos potenciales efectos tan importantes en magnitud como para que afecten a todo el sistema económico? El debate sobre la supuesta revolución que la era digital está suponiendo, lleva algún tiempo abierto y, aunque todavía no hay conclusiones definitivas, ya se empiezan a observar los primeros efectos.

El tema es muy complicado porque estamos todavía inmersos en él y porque sus efectos a nivel mundial se están repartiendo de manera muy desigual. Para empezar, ya existe desacuerdo en el nombre que debería recibir la "nueva economía": se trata de la economía digital, de la economía de la información, la economía cibernética o la economía de red -"network economy"-.

Parece ser que el nombre de "network economy" es el que mas se está extendiendo, por lo menos si se atiende al enorme numero de documentos y publicaciones científicas que utilizan el término. Hay un aspecto en el que sí existe consenso: la era digital está modificando el comportamiento -en sentido amplio-, tanto de trabajadores o empleados como de consumidores, los dos pilares de toda economía. Modificado el comportamiento de los consumidores y empleados, a las empresas no les queda más remedio que adaptar sus estrategias a esos nuevos comportamientos; las estrategias del próximo milenio.

¿En qué sentido modifica la era de Internet al comportamiento de los consumidores? El consumidor adquiere nueva información y, además, el coste de esta nueva información es mínimo, tanto en tiempo como en dinero; un consumidor informado tomará mejores decisiones en todos los sentidos.

Ya no se fijará tan sólo en el precio, sino que podrá centrar su atención en variables como la calidad del producto que adquiere, la rapidez con que se lo reparten, la garantía incluida y el servicio de atención al cliente, entre otras. Por lo tanto, un consumidor informado fomenta la competencia y lo hace en un mayor grado del que lo pudiera hacer cualquier plan de desarrollo o fomento diseñado por el gobierno. Por ejemplo, aquellos que todavía no hayan empezado sus vacaciones pronto lo harán y lo mejor que pueden hacer es acudir a Internet para organizarlas.

El turista que organice sus vacaciones por Internet se encontrará con muchas facilidades: con sólo poner lugar de origen y destino del viaje junto con las fechas, se encontrarán con cientos de páginas que incluyen información sobre alojamiento, vuelos, restaurantes, espectáculos, museos y hasta teléfonos de emergencia para cualquier situación imprevista. Y lo mejor de todo: aparece el espectro completo de precios en su pantalla; la búsqueda del vuelo más barato de Madrid a Nueva York no lleva más de cinco minutos, y los costes para obtener tan valiosa información no pasan de una llamada local. No sólo se minimiza el coste de una mejor información, sino que se reduce notablemente el coste de tiempo de compra o reserva de los productos al no ser necesario ningún desplazamiento. Si la mayoría de los consumidores reservaran sus vacaciones mediante Internet, las empresas de servicios turísticos tendrían que modificar sustancialmente sus estrategias de ventas; lo harán en el futuro.

También el trabajador o empleado ve modificado su comportamiento debido a Internet. No sólo se deben tener en cuenta las nuevas profesiones que aparecen con la era digital y aquellas de las que se prescinde, sino que hay que prestar especial atención a cómo se modifican las profesiones existentes. Médicos que dirigen intervenciones quirúrgicas a miles de kilómetros de distancia, programadores informáticos con sede en Bombay que trabajan para un banco en Ginebra, profesores y académicos que publican sus investigaciones en Internet, permitiendo un acceso a toda la comunidad científica de manera simultanea y barata; el espacio ha dejado de ser una variable importante a tener en cuenta. Las nuevas tecnologías permiten, en muchas profesiones, total independencia entre localización geográfica y prestación del servicio.

El empleado pasa a ser más independiente, más eficiente y sus servicios son más competitivos porque el mercado se ha ampliado. Esta mejora en la eficiencia del empleado debería repercutir de manera positiva en el funcionamiento de la empresa y se debería traducir en productos de mayor calidad y menor precio, así como en mayores alegrías -dividendos- para los accionistas. Y nadie negará que los mercados están hoy en día más desarrollados que hace 60 años. Siempre habrá nostálgicos que afirmen que en el pasado se vivía mejor; su opinión es quizás válida para una situación personal y concreta, pero basta con comparar ciertos datos básicos -educación, salud, higiene, mortalidad infantil-, para darse cuenta de que el desarrollo tecnológico favorece a la población mundial. Eso sí, a algunos antes que a otros y no a todos por igual.

No todo son virtudes en la era digital o "network economy". Preocupa especialmente el aislamiento que las nuevas tecnologías están produciendo. Por un lado, el correo electrónico permite comunicarse de manera rápida y barata con personas situadas en la otra punta del mundo; por el otro, hay un menor contacto directo y personal entre los individuos. Esto sucede ya con demasiada frecuencia en las empresas en las que el correo electrónico se ha convertido en la primera vía de comunicación entre los trabajadores. Todo se hace y dice por correo electrónico, perdiéndose por completo la comunicación interpersonal directa. Un efecto similar tuvo la aparición del teléfono -por no hablar del teléfono móvil- y, finalmente, fueron las relaciones interpersonales las que se adaptaron a la tecnología. La economía del próximo milenio también redefinirá las relaciones entre las personas.

*Columnista de El Diario de Hoy.


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