La economía
del próximo milenio
Pablo
Peyrolón*
¿Es la era digital una
nueva revolución para la economía
como lo fue la revolución industrial?
¿Cuáles serán los efectos de
Internet sobre el sistema económico tal y
como hoy se entiende? ¿Puede el cambio de
la tecnología llevar a un cambio de los
principios económicos?
¿Cuáles son los efectos de Internet
sobre el consumo, el trabajo o el tiempo de
ocio? ¿Son esos potenciales efectos tan
importantes en magnitud como para que afecten a
todo el sistema económico? El debate
sobre la supuesta revolución que la era
digital está suponiendo, lleva
algún tiempo abierto y, aunque
todavía no hay conclusiones definitivas,
ya se empiezan a observar los primeros
efectos.
El tema es muy complicado
porque estamos todavía inmersos en
él y porque sus efectos a nivel mundial
se están repartiendo de manera muy
desigual. Para empezar, ya existe desacuerdo en
el nombre que debería recibir la "nueva
economía": se trata de la economía
digital, de la economía de la
información, la economía
cibernética o la economía de red
-"network economy"-.
Parece ser que el nombre de
"network economy" es el que mas se está
extendiendo, por lo menos si se atiende al
enorme numero de documentos y publicaciones
científicas que utilizan el
término. Hay un aspecto en el que
sí existe consenso: la era digital
está modificando el comportamiento -en
sentido amplio-, tanto de trabajadores o
empleados como de consumidores, los dos pilares
de toda economía. Modificado el
comportamiento de los consumidores y empleados,
a las empresas no les queda más remedio
que adaptar sus estrategias a esos nuevos
comportamientos; las estrategias del
próximo milenio.
¿En qué sentido
modifica la era de Internet al comportamiento de
los consumidores? El consumidor adquiere nueva
información y, además, el coste de
esta nueva información es mínimo,
tanto en tiempo como en dinero; un consumidor
informado tomará mejores decisiones en
todos los sentidos.
Ya no se fijará tan
sólo en el precio, sino que podrá
centrar su atención en variables como la
calidad del producto que adquiere, la rapidez
con que se lo reparten, la garantía
incluida y el servicio de atención al
cliente, entre otras. Por lo tanto, un
consumidor informado fomenta la competencia y lo
hace en un mayor grado del que lo pudiera hacer
cualquier plan de desarrollo o fomento
diseñado por el gobierno. Por ejemplo,
aquellos que todavía no hayan empezado
sus vacaciones pronto lo harán y lo mejor
que pueden hacer es acudir a Internet para
organizarlas.
El turista que organice sus
vacaciones por Internet se encontrará con
muchas facilidades: con sólo poner lugar
de origen y destino del viaje junto con las
fechas, se encontrarán con cientos de
páginas que incluyen información
sobre alojamiento, vuelos, restaurantes,
espectáculos, museos y hasta
teléfonos de emergencia para cualquier
situación imprevista. Y lo mejor de todo:
aparece el espectro completo de precios en su
pantalla; la búsqueda del vuelo
más barato de Madrid a Nueva York no
lleva más de cinco minutos, y los costes
para obtener tan valiosa información no
pasan de una llamada local. No sólo se
minimiza el coste de una mejor
información, sino que se reduce
notablemente el coste de tiempo de compra o
reserva de los productos al no ser necesario
ningún desplazamiento. Si la
mayoría de los consumidores reservaran
sus vacaciones mediante Internet, las empresas
de servicios turísticos tendrían
que modificar sustancialmente sus estrategias de
ventas; lo harán en el futuro.
También el trabajador
o empleado ve modificado su comportamiento
debido a Internet. No sólo se deben tener
en cuenta las nuevas profesiones que aparecen
con la era digital y aquellas de las que se
prescinde, sino que hay que prestar especial
atención a cómo se modifican las
profesiones existentes. Médicos que
dirigen intervenciones quirúrgicas a
miles de kilómetros de distancia,
programadores informáticos con sede en
Bombay que trabajan para un banco en Ginebra,
profesores y académicos que publican sus
investigaciones en Internet, permitiendo un
acceso a toda la comunidad científica de
manera simultanea y barata; el espacio ha dejado
de ser una variable importante a tener en
cuenta. Las nuevas tecnologías permiten,
en muchas profesiones, total independencia entre
localización geográfica y
prestación del servicio.
El empleado pasa a ser
más independiente, más eficiente y
sus servicios son más competitivos porque
el mercado se ha ampliado. Esta mejora en la
eficiencia del empleado debería
repercutir de manera positiva en el
funcionamiento de la empresa y se debería
traducir en productos de mayor calidad y menor
precio, así como en mayores
alegrías -dividendos- para los
accionistas. Y nadie negará que los
mercados están hoy en día
más desarrollados que hace 60
años. Siempre habrá
nostálgicos que afirmen que en el pasado
se vivía mejor; su opinión es
quizás válida para una
situación personal y concreta, pero basta
con comparar ciertos datos básicos
-educación, salud, higiene, mortalidad
infantil-, para darse cuenta de que el
desarrollo tecnológico favorece a la
población mundial. Eso sí, a
algunos antes que a otros y no a todos por
igual.
No todo son virtudes en la
era digital o "network economy". Preocupa
especialmente el aislamiento que las nuevas
tecnologías están produciendo. Por
un lado, el correo electrónico permite
comunicarse de manera rápida y barata con
personas situadas en la otra punta del mundo;
por el otro, hay un menor contacto directo y
personal entre los individuos. Esto sucede ya
con demasiada frecuencia en las empresas en las
que el correo electrónico se ha
convertido en la primera vía de
comunicación entre los trabajadores. Todo
se hace y dice por correo electrónico,
perdiéndose por completo la
comunicación interpersonal directa. Un
efecto similar tuvo la aparición del
teléfono -por no hablar del
teléfono móvil- y, finalmente,
fueron las relaciones interpersonales las que se
adaptaron a la tecnología. La
economía del próximo milenio
también redefinirá las relaciones
entre las personas.
*Columnista de El Diario
de Hoy.