Miércoles 30 de junio


Dedicado a Monseñor Giacinto Berlocco, Nuncio de Su Santidad.

El Papa está viejo

Ernesto Trigueros Alcaine*

El Papa continúa su peregrinar. Su recia voluntad, el hondo sentido de su misión, pueden más que los achaques de la edad. Qué lección tan admirable nos está dejando en su etapa inevitablemente postrera este Papa extraordinario, que ya tiene un puesto bien ganado en la historia.

Durante los últimos años, las cámaras procuran no ahorrarnos el más leve signo de cansancio del amado Pontífice. El temblor de sus manos. Sus andares titubeantes. Sus vacilaciones evidentes al leer los maravillosos textos que lleva preparados para cada acto o ritual en que interviene. Todos sus movimientos son seguidos por teleobjetivos implacables, que siempre buscan transmitirnos el mismo mensaje: el Papa está viejo.

El otro mensaje, el que transmite esa voz cansada de timbre casi heroico, se recoge con cuentagotas. Durante la emotiva gira por su Polonia natal, el Pontífice ha lanzado, en términos generales, un mensaje de reconciliación, esperanza y optimismo de cara al nuevo milenio. Y ha ido regando por toda la geografía de su patria de origen, cual pétalos de la rosa que lleva en su corazón, sabias palabras sobre el respeto al medio ambiente, sobre las exigencias de la fe, los peligros del consumismo y la falta de respeto a los derechos humanos. No todo ha sido lágrimas y emociones.

Aceptemos, junto a los mensajes verdaderos, el que trata de transmitirnos la televisión: el Papa está viejo. ¡Qué maravilla! La aceptación de esta verdad transforma en alegría el impacto de la triste realidad: el Papa está viejo. Toda su inmensa labor de pronto se enaltece, se multiplica, cobra vida y dimensión cuando penetra en nuestra conciencia esta gran verdad: el Papa está viejo. Precisamente porque le estamos debiendo tanto a este pobre viejo que cambia la comodidad que podría rodearle por un áspero camino de sacrificio y de esfuerzo sobrehumano, es que nos impacta más la realidad. Qué hermosa manera de remachar, con su último aliento, un claro mensaje de amor, de fe y de esperanza.

Estamos hablando del Pontífice que, a lo largo de la dilatada vida de la Iglesia Católica, más ha influido en la preservación de los valores cristianos. El único Papa que desde el Concilio de Trento ha tenido que enfrentar la más peligrosa herejía. Nacida al margen de la teología tradicional, amenazaba con transformar al mundo en una fría cárcel materialista, donde no tuvieran sitio ni la libertad ni la razón ni el amor a Dios. Esto era el comunismo, la amenaza más grande que ha mantenido en peligro a la humanidad durante la mayor parte del siglo que hoy termina. Su derrota total e irreversible se la debemos a Su Santidad Juan Pablo II.

Gracias a este viejo que nos ilumina a diario con su ejemplo, que a los jóvenes les insufla entusiasmo para esforzarse en mejorar el mundo en que vivimos y a los mayores nos cambia en orgullo la tristeza de ser viejos. Con su ejemplo y abnegación, los jóvenes y brillantes tecnócratas, los amos de la política y del futuro de los pueblos, se ven obligados a sumergirse en un baño de humildad. Y los viejos como él, carentes de su grandeza pero purificados por su ejemplo, dejamos de sentirnos desechables para pasar a sentirnos útiles todavía, portadores también de los mismos valores eternos que el Papa proclama con su ejemplo, con su coraje, con su esfuerzo sobrehumano y con su fe inquebrantable.

Qué bella es la última lección que con el realismo impactante de sus achaques seniles, magnificados a toda hora por la televisión, nos va dejando Juan Pablo II tras su vacilante caminar.

Es verdad, señores, el Papa está viejo.

* Abogado y diplomático. Ha sido embajador ante la Santa Sede y en varios países.


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