Dedicado
a Monseñor Giacinto Berlocco, Nuncio de
Su Santidad.
El Papa está
viejo
Ernesto
Trigueros Alcaine*
El Papa continúa su
peregrinar. Su recia voluntad, el hondo sentido
de su misión, pueden más que los
achaques de la edad. Qué lección
tan admirable nos está dejando en su
etapa inevitablemente postrera este Papa
extraordinario, que ya tiene un puesto bien
ganado en la historia.
Durante los últimos
años, las cámaras procuran no
ahorrarnos el más leve signo de cansancio
del amado Pontífice. El temblor de sus
manos. Sus andares titubeantes. Sus vacilaciones
evidentes al leer los maravillosos textos que
lleva preparados para cada acto o ritual en que
interviene. Todos sus movimientos son seguidos
por teleobjetivos implacables, que siempre
buscan transmitirnos el mismo mensaje: el Papa
está viejo.
El otro mensaje, el que
transmite esa voz cansada de timbre casi
heroico, se recoge con cuentagotas. Durante la
emotiva gira por su Polonia natal, el
Pontífice ha lanzado, en términos
generales, un mensaje de reconciliación,
esperanza y optimismo de cara al nuevo milenio.
Y ha ido regando por toda la geografía de
su patria de origen, cual pétalos de la
rosa que lleva en su corazón, sabias
palabras sobre el respeto al medio ambiente,
sobre las exigencias de la fe, los peligros del
consumismo y la falta de respeto a los derechos
humanos. No todo ha sido lágrimas y
emociones.
Aceptemos, junto a los
mensajes verdaderos, el que trata de
transmitirnos la televisión: el Papa
está viejo. ¡Qué maravilla!
La aceptación de esta verdad transforma
en alegría el impacto de la triste
realidad: el Papa está viejo. Toda su
inmensa labor de pronto se enaltece, se
multiplica, cobra vida y dimensión cuando
penetra en nuestra conciencia esta gran verdad:
el Papa está viejo. Precisamente porque
le estamos debiendo tanto a este pobre viejo que
cambia la comodidad que podría rodearle
por un áspero camino de sacrificio y de
esfuerzo sobrehumano, es que nos impacta
más la realidad. Qué hermosa
manera de remachar, con su último
aliento, un claro mensaje de amor, de fe y de
esperanza.
Estamos hablando del
Pontífice que, a lo largo de la dilatada
vida de la Iglesia Católica, más
ha influido en la preservación de los
valores cristianos. El único Papa que
desde el Concilio de Trento ha tenido que
enfrentar la más peligrosa
herejía. Nacida al margen de la
teología tradicional, amenazaba con
transformar al mundo en una fría
cárcel materialista, donde no tuvieran
sitio ni la libertad ni la razón ni el
amor a Dios. Esto era el comunismo, la amenaza
más grande que ha mantenido en peligro a
la humanidad durante la mayor parte del siglo
que hoy termina. Su derrota total e irreversible
se la debemos a Su Santidad Juan Pablo
II.
Gracias a este viejo que nos
ilumina a diario con su ejemplo, que a los
jóvenes les insufla entusiasmo para
esforzarse en mejorar el mundo en que vivimos y
a los mayores nos cambia en orgullo la tristeza
de ser viejos. Con su ejemplo y
abnegación, los jóvenes y
brillantes tecnócratas, los amos de la
política y del futuro de los pueblos, se
ven obligados a sumergirse en un baño de
humildad. Y los viejos como él, carentes
de su grandeza pero purificados por su ejemplo,
dejamos de sentirnos desechables para pasar a
sentirnos útiles todavía,
portadores también de los mismos valores
eternos que el Papa proclama con su ejemplo, con
su coraje, con su esfuerzo sobrehumano y con su
fe inquebrantable.
Qué bella es la
última lección que con el realismo
impactante de sus achaques seniles, magnificados
a toda hora por la televisión, nos va
dejando Juan Pablo II tras su vacilante
caminar.
Es verdad, señores, el
Papa está viejo.
* Abogado y
diplomático. Ha sido embajador ante la
Santa Sede y en varios
países.