Tomando
la palabra
La modernización y
nuestro futuro
Alfredo
Mena Lagos*
Es necesario concentrarse en
los aspectos filosóficos sobre el tipo de
sociedad que queremos construir para nuestros
hijos, y en este sentido debemos incluir en el
análisis el rol que debe jugar el
gobierno, el rol que debe jugar el país
en el contexto de un mundo cada día
más globalizado, pero lo más
importante, el rol del individuo en la sociedad.
La libertad individual es el factor
imprescindible para potenciar las fortalezas del
ser humano, y siendo el recurso humano la
principal fuente de riqueza de la sociedad
salvadoreña, es de lógica
elemental tomar esto como la piedra angular de
cualquier visión de nación que nos
permita implementar programas y esfuerzos
nacionales para generar la prosperidad que se
necesita para desarrollarse.
Debemos todos los
salvadoreños trabajar en un proyecto de
modernización, en el cual, a
través de la desburocratización,
se libere a la sociedad y la economía de
los costos escondidos de una burocracia
sobredimensionada, que generalmente se traduce
en indiferencia, ineficiencia, y
corrupción; a través de la
descentralización, se libere a las
comunidades para tomar sus propias decisiones y
acercar a estas al libre mercado; a
través de la privatización, se
liberen recursos para ser invertidos en
infraestructura, salud, y educación; a
través de la desregulación, se
libere al sector privado para satisfacer las
necesidades del mercado, produciendo
competitivamente la riqueza que nos
permitirá eliminar la pobreza, pero
aún más importante, libere a los
millones de consumidores salvadoreños
para gozar de los beneficios de una sana y libre
competencia.
La sociedad
salvadoreña se debate en la actualidad
entre las visiones del pasado y la visión
del futuro, entre aquellos que insisten en ver
hacia atrás y mantener el status quo, y
aquellos que queremos ver hacia adelante y
romper las estructuras que indiscutiblemente han
obstaculizado la apertura de la sociedad, siendo
estas responsables de haber creado las
condiciones, o por lo menos proporcionado las
excusas, para el conflicto que vivimos en los
ochentas.
Si visualizamos un El
Salvador insertado en el proceso de
globalización mundial, necesariamente
estamos hablando de un El Salvador competitivo.
En este sentido, no podemos basar nuestro
desarrollo en ventajas comparativas que se
sustentan en recursos naturales que no tenemos y
en condiciones sociales que no queremos.
Debemos basar nuestro futuro
en ventajas competitivas basadas en capital
humano de alta calidad, educado y saludable, y
en un marco legal que garantice la libertad de
producir competitivamente. Esto quiere decir que
no podemos basar nuestro desarrollo en salarios
bajos sino sen alta productividad; no podemos
basar nuestro desarrollo en una moneda
débil, sino en factores
macroeconómicos sólidos y fuertes.
En términos
prácticos, no podemos permitir que los
intereses de algunas empresas o sectores
obstaculicen la competitividad del país;
no podemos permitir que los intereses de las
dirigencias sindicales obstaculicen la movilidad
laboral que es esencial para su productividad;
no podemos permitir que los intereses de la
burocracia y los políticos obstaculicen
la producción competitiva.
Desde que se inició el
proceso de reformas en El Salvador, una de las
primeras cosas que se volvieron evidentes, fue
la necesidad de una modernización mental.
Después de vivir tantas décadas
con una economía relativamente cerrada y
dirigista; con un gobierno a veces interventor y
autoritario; una burocracia acostumbrada a
gastar sin medir costos; una clase
política forjada en el clientelismo; un
gremialismo diseñado para buscar y
mantener privilegios; un aparato judicial
entregado a los intereses políticos; y
una sociedad conforme con la frustración
de no poder cambiar estructuras aparentemente
inamovibles, nos hace darnos cuenta de que el
proceso de modernización debe comenzar
por la mentalidad del país.
Aquellas personas, de todos
los sectores y niveles, que se oponen en forma
sistemática a la apertura de la
economía hacia las fuerzas del mercado,
deben entender que el esquema es insostenible
ante el proceso de globalización que
está cobrando cada día más
velocidad e inercia en el mundo. Aquellas
economías que no se abran y se vuelvan
competitivas, van a quedar relegadas, sumiendo a
sus sociedades en el subdesarrollo y la pobreza.
Es necesario comprender que proteger
únicamente nuestros propios intereses, es
la receta para el aislamiento y el desastre;
cuando debemos luchar por los intereses del
país en un contexto general, que nos
permita la legítima búsqueda de
prosperidad en el progreso de nuestra
sociedad.
Es necesario que nuestros
gobernantes, en todos los poderes y niveles, que
en algunos casos buscan sostener estructuras
arcaicas, ineficientes, y a veces corruptas,
entiendan que la prosperidad y el desarrollo de
nuestro pueblo está en devolver la
libertad que nuestros ciudadanos se merecen y
necesitan.
Es necesario redefinir el rol
del Estado y su dimensión adecuada, hacia
la subsidiariedad y la facilitación de
los procesos productivos,
reestructurándolo para que sea efectivo
en las funciones que sí le son
legítimas. Estas funciones se deben
limitar a la seguridad, la administración
de la justicia, salud y educación
básicas, y a asegurar que el mercado sea
lo más libre posible, evitando abusos y
distorsiones que tanto daño nos han
causado en el pasado cuando no se le ha
permitido al consumidor gozar de los beneficios
de una sana y libre competencia.
No sólo se debe
racionalizar el gasto público,
también se debe racionalizar la
recaudación tributaria. El presente
esquema que permite esconder el despilfarro y
escuda a la burocracia de su responsabilidad,
debe ser sustituido por un sistema transparente
que le permita a nuestra sociedad deducir
responsabilidades y verdaderamente asignar los
costos reales del gobierno.
El sistema tributario debe
ser rediseñado hacia la justicia,
neutralidad y eficiencia, evitando las
distorsiones en los procesos de decisión
que los actuales sistemas fomentan, la
evasión que estos permiten y los costos
de recaudación que generan. Debemos todos
los salvadoreños darnos cuenta de que en
esta vida no hay almuerzo gratis, y que la
verdadera justicia se alcanza únicamente
a través de la transparencia. La
tributación debe ser orientada hacia
fomentar el ahorro y la inversión,
acelerando la creación de fuentes de
trabajo y riqueza, que es lo único que
nos va a permitir alcanzar el desarrollo y la
prosperidad.
Nuestra clase política
debe comprender que la lucha por alcanzar la
justicia y la prosperidad no se puede basar
únicamente en el clientelismo que busca
proteger intereses personales, gremiales y
sectoriales. Los políticos deben
comprender que el bienestar del país va
más allá del consenso de
intereses, que en la mayoría de veces
desemboca en algo en que nadie cree, pero nadie
se opone. Es necesario despolitizar el proceso
de reformas, y enfocarse en el aspecto
técnico, basado lógicamente en las
experiencias de otros países, pues no se
trata de reinventar la rueda sino de alcanzar el
éxito.
El sector político
tiene que meditar muy profundamente sobre su rol
en la creación de esa visión de
nación y en la construcción del
tipo de sociedad que le queremos heredar a
nuestros hijos. Los partidos políticos
tienen la opción de ser instituciones que
defienden principios o defienden intereses. Los
políticos tienen la opción de ser
forjadores de nación o mercaderes de
privilegios. Todos los salvadoreños
tenemos que escoger entre un El Salvador de
libertades o un El Salvador de
privilegios.
*Columnista de El Diario
de Hoy.