Martes 29 de junio


Los dos grandes problemas (y oportunidades) de El Salvador

Por Hermann W. Bruch

e-mail: hwbruch@sv.cciglobal.net

Estamos pasando por una coyuntura especial. La situación económica está bastante mal y, por primera vez en mucho tiempo, las autoridades de gobierno lo aceptan tácitamente y ofrecen un paquete de medidas a tomar de inmediato para tratar de revertir la situación de estancamiento.

Esta sinceración ha sido bien recibida por la mayoría de sectores, con algunas excepciones que, en este caso y por razones entendibles, no podía esperarse nada diferente. Todo esto augura bien para el país y debemos los ciudadanos tomar debida nota para dejar de seguir esperanzados en regalazos, perdonazos y medidas de corte populista como pudieran querer algunos.

Ya es tiempo de que hagamos conciencia los salvadoreños que la solución a nuestros problemas no debemos ponerla en manos de gobernantes o de regaladores de ilusiones. La solución está en nosotros mismos y en nuestra disposición a valernos de nuestro trabajo e inventiva para salir adelante. Por supuesto que esto no es viable si no existen las condiciones generales adecuadas para poner en marcha proyectos y es allí en donde los gobiernos deben aportar con soluciones de tipo estructural que propicien el sano desenvolvimiento de las iniciativas de los individuos.

En este sentido, es necesario reconocer en dónde están los problemas para poner el énfasis en la búsqueda de su solución, convirtiéndolos así en oportunidades. Ya se ha dicho hasta la saciedad que lo que el país necesita es inversión social, especialmente en materia de educación, capacitación, salud, crédito para la micro y pequeña empresa, viabilizar la agricultura entre otros. Pero es obvio que todo esto no deja de ser retórica muerta si no se sabe de dónde saldrán los recursos. Es aquí donde está el nudo gordiano.

Para echar a andar la maquinaria, es necesario tener inversión y ésta debe provenir de dos fuentes: la local y la extranjera.

El inversionista local -no me refiero únicamente al gran inversionista, sino a todo aquel que esté dispuesto a emprender un negocio, arriesgando un poco de capital propio-, no lo hace por sentir una gran inseguridad. La delincuencia, la impunidad con que operan las bandas organizadas en contra de las personas indefensas, son de los principales obstáculos que atentan en contra de una economía sana.

Pero también la inseguridad jurídica atenta contra la inversión, esta vez la extranjera, pues a ningún inversionista le va a gustar invertir en un país en donde las reglas no son claras y se buscan resquicios legales que más parecen tinterilladas, para intentar romper contratos con empresas serias extranjeras que están acostumbradas a operar dentro de un estricto marco legal (esto podría estar sucediendo en estos días). Respetar las reglas es una ley inmutable para atraer inversión extranjera y si no ponemos especial énfasis en la creación de un verdadero Estado de Derecho, seguiremos creyendo en "pajaritas preñadas", pensando que vendrán grandes inversiones a El Salvador.

Ya es tiempo de que dejemos de engañarnos y de engañar al pueblo con palabrería hueca, que trata de idolatrar índices macroeconómicos y encomios internacionales fatuos, mientras se sigue permitiendo que empresarios apátridas sigan esquilmando lo poco que queda de nuestros recursos.

Es imperativo y prioritario atender aspectos relacionados con la libertad de información, requisito básico para estimular una sana y dinámica participación en proyectos de inversión grandes. Es también imperativo y prioritario atender aspectos de seguridad ciudadana, pero reconociendo la existencia de bandas de crimen organizado arraigadas o al menos estratégicamente relacionadas con las esferas de poder político y económico. Es una tarea de grandes proporciones y hay que enfrentarla pronto, pues cada día que pasa se hace más difícil desmontar esos aparatos perversos de explotación despiadada. Veamos lo que pasa en Colombia y entendamos de una vez por todas que marchamos en esa dirección a pasos agigantados. Sólo una férrea voluntad política, unida a una amplia y decidida participación ciudadana, puede detenerla y, ojalá, revertirla.

El nuevo gobierno del licenciado Flores ha dado muestras de tener buenas intenciones en este proceso de cambio. Pero recordemos aquel sabio dicho que dice que el camino al infierno está pavimentado de buenas intenciones, por lo que es aconsejable que mandatario y mandantes se unan para llevar a cabo las transformaciones necesarias para corregir el rumbo.

Dos eventos podrían convertirse en señales inequívocas de voluntad y capacidad política: la no ratificación del actual presidente de la Corte de Cuentas y elección de una persona idónea para el cargo y, la elección del Fiscal General siguiendo el proceso tan aplaudido que sugirieron algunos diputados, de permitir que las propuestas viniesen de la sociedad civil. Luego vendrían los proyectos de la Ley de Libertad de Información y de la Ley de Libertad de Competencia. Francisco Flores y su gobierno tienen que aprovechar su luna de miel con la ciudadanía para lanzar esta verdadera ofensiva para el desarrollo.


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