Los dos grandes
problemas (y oportunidades) de El
Salvador
Por
Hermann W. Bruch
e-mail: hwbruch@sv.cciglobal.net
Estamos pasando por una
coyuntura especial. La situación
económica está bastante mal y, por
primera vez en mucho tiempo, las autoridades de
gobierno lo aceptan tácitamente y ofrecen
un paquete de medidas a tomar de inmediato para
tratar de revertir la situación de
estancamiento.
Esta sinceración ha
sido bien recibida por la mayoría de
sectores, con algunas excepciones que, en este
caso y por razones entendibles, no podía
esperarse nada diferente. Todo esto augura bien
para el país y debemos los ciudadanos
tomar debida nota para dejar de seguir
esperanzados en regalazos, perdonazos y medidas
de corte populista como pudieran querer
algunos.
Ya es tiempo de que hagamos
conciencia los salvadoreños que la
solución a nuestros problemas no debemos
ponerla en manos de gobernantes o de regaladores
de ilusiones. La solución está en
nosotros mismos y en nuestra disposición
a valernos de nuestro trabajo e inventiva para
salir adelante. Por supuesto que esto no es
viable si no existen las condiciones generales
adecuadas para poner en marcha proyectos y es
allí en donde los gobiernos deben aportar
con soluciones de tipo estructural que propicien
el sano desenvolvimiento de las iniciativas de
los individuos.
En este sentido, es necesario
reconocer en dónde están los
problemas para poner el énfasis en la
búsqueda de su solución,
convirtiéndolos así en
oportunidades. Ya se ha dicho hasta la saciedad
que lo que el país necesita es
inversión social, especialmente en
materia de educación,
capacitación, salud, crédito para
la micro y pequeña empresa, viabilizar la
agricultura entre otros. Pero es obvio que todo
esto no deja de ser retórica muerta si no
se sabe de dónde saldrán los
recursos. Es aquí donde está el
nudo gordiano.
Para echar a andar la
maquinaria, es necesario tener inversión
y ésta debe provenir de dos fuentes: la
local y la extranjera.
El inversionista local -no me
refiero únicamente al gran inversionista,
sino a todo aquel que esté dispuesto a
emprender un negocio, arriesgando un poco de
capital propio-, no lo hace por sentir una gran
inseguridad. La delincuencia, la impunidad con
que operan las bandas organizadas en contra de
las personas indefensas, son de los principales
obstáculos que atentan en contra de una
economía sana.
Pero también la
inseguridad jurídica atenta contra la
inversión, esta vez la extranjera, pues a
ningún inversionista le va a gustar
invertir en un país en donde las reglas
no son claras y se buscan resquicios legales que
más parecen tinterilladas, para intentar
romper contratos con empresas serias extranjeras
que están acostumbradas a operar dentro
de un estricto marco legal (esto podría
estar sucediendo en estos días). Respetar
las reglas es una ley inmutable para atraer
inversión extranjera y si no ponemos
especial énfasis en la creación de
un verdadero Estado de Derecho, seguiremos
creyendo en "pajaritas preñadas",
pensando que vendrán grandes inversiones
a El Salvador.
Ya es tiempo de que dejemos
de engañarnos y de engañar al
pueblo con palabrería hueca, que trata de
idolatrar índices macroeconómicos
y encomios internacionales fatuos, mientras se
sigue permitiendo que empresarios
apátridas sigan esquilmando lo poco que
queda de nuestros recursos.
Es imperativo y prioritario
atender aspectos relacionados con la libertad de
información, requisito básico para
estimular una sana y dinámica
participación en proyectos de
inversión grandes. Es también
imperativo y prioritario atender aspectos de
seguridad ciudadana, pero reconociendo la
existencia de bandas de crimen organizado
arraigadas o al menos estratégicamente
relacionadas con las esferas de poder
político y económico. Es una tarea
de grandes proporciones y hay que enfrentarla
pronto, pues cada día que pasa se hace
más difícil desmontar esos
aparatos perversos de explotación
despiadada. Veamos lo que pasa en Colombia y
entendamos de una vez por todas que marchamos en
esa dirección a pasos agigantados.
Sólo una férrea voluntad
política, unida a una amplia y decidida
participación ciudadana, puede detenerla
y, ojalá, revertirla.
El nuevo gobierno del
licenciado Flores ha dado muestras de tener
buenas intenciones en este proceso de cambio.
Pero recordemos aquel sabio dicho que dice que
el camino al infierno está pavimentado de
buenas intenciones, por lo que es aconsejable
que mandatario y mandantes se unan para llevar a
cabo las transformaciones necesarias para
corregir el rumbo.
Dos eventos podrían
convertirse en señales inequívocas
de voluntad y capacidad política: la no
ratificación del actual presidente de la
Corte de Cuentas y elección de una
persona idónea para el cargo y, la
elección del Fiscal General siguiendo el
proceso tan aplaudido que sugirieron algunos
diputados, de permitir que las propuestas
viniesen de la sociedad civil. Luego
vendrían los proyectos de la Ley de
Libertad de Información y de la Ley de
Libertad de Competencia. Francisco Flores y su
gobierno tienen que aprovechar su luna de miel
con la ciudadanía para lanzar esta
verdadera ofensiva para el
desarrollo.