Sábado 26 de junio
Los calurosos proyectos de Flores

Algunos ya estaban desesperados por el calor, cuando el presidente de la República hizo las revelaciones a la intemperie.

Oscar Tenorio

El Diario de Hoy

El presidente de la República tardó más en llegar que en anunciar sus propuestas. Por suerte, habló poco, ya que la ardiente jornada comenzaba a evaporar la tranquilidad y la paciencia.

El lugar del encuentro fue una pista de aterrizaje ubicada en el cantón Las Isletas, de San Pedro Masahuat, La Paz, que había sido acondicionada para la ocasión. El zacate estaba recién cortado y las avionetas, que en sus mejores días fumigaban algodonales, estaban guardadas en un pequeño hangar. Varios tractores habían sido estacionados al fondo del caluroso escenario.

El día había amanecido soleado, como en el esplendor del verano. Apenas eran las ocho de la mañana y el sol ya aturdía a cualquiera. Menos mal que varios empleados del gobierno habían colocado tres grandes toldos a la orilla de la pista. Todos los que llegaban, buscaban rápidamente refugio en los "oasis". Nadie se atrevía a sentarse en las sillas, colocadas a la intemperie.

Sin embargo, cuando se acercaba el inicio del evento, el maestro de ceremonias sugirió a los invitados -la mayoría "distinguidos"-: "Por favor, les pedimos llenar las sillas vacías". -"¡No hombre!, si esas sillas están hirviendo"-, dijo un señor que prefirió quedarse acurrucado debajo de uno de los toldos.

Los demás, obligados por el decoro, caminaron hacia el descampado. Unos se sentaron en las orillas de las calientes sillas de metal; otros, prefirieron seguir de pie, dándole la espalda al sol. Todos, "distinguidos" y campesinos, estaban en el crisol de las revelaciones.

¡Ufffff!

Cuando la ceremonia inició y el presidente Francisco Flores comenzó a hablar, la desesperación comenzaba a hervir. Sudor por todos lados y pañuelos mojados. Perfumes evaporados y pieles pegajosas. Sed y botellitas sin agua. Nadie podía tapar el sol con un dedo.

Como previendo cualquier queja posterior, Flores se adelantó y soltó su proverbio: "Paso encerrado en medio de gruesas cortinas y blancas paredes de Casa Presidencial. Rara vez tengo la oportunidad de ver esta realidad, por eso he venido aquí". Algunos, temerosos por una insolación, preferían ver hacia el suelo.

Para alivio de muchos, el discurso de Flores duró poco, apenas diez minutos.

Luego de los aplausos de despedida &emdash;y de alegría por regresar a la sombra&emdash;, el presidente caminó presuroso y subió a una de las viejas camionetas. De seguro, el aire acondicionado del automóvil calmaría cualquier conato de exasperación matinal.


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